sábado, 30 de enero de 2021

UNA PERSPECTIVA BÍBLICA SOBRE EL ABORTO

Recientemente en Argentina, los medios hacen eco de la reciente promulgación de una ley de aborto libre y asistido gratuitamente desde el 30 de diciembre del 2020. El hito, fue celebrado por las mismas que utilizan pañuelos lilas para manifestarse en contra de la violencia contra la mujer, pero que simultáneamente utiliza pañuelos verdes para celebrar la muerte de un inocente en el vientre a manos de su propia madre. ¡qué ironía!

 


Chile no ha sido la excepción y el suceso argentino sirvió de caldo de cultivo para parlamentarios y grupos adherentes a tan nefasta ideología.  El lobby de los grupos progresistas y las presiones de los partidos políticos que bajo la bandera del libertinaje durante los últimos días, han acelerado sus maquiavélicos planes, piden a espaldas de la gran mayoría de ciudadanos terminar con el aborto en tres causales, promulgada por el Congreso Nacional en el año 2017, y dar paso a una ley de aborto libre y gratuito, que pueda satisfacer “el derecho de las mujeres a decidir sobre su cuerpo”, debido a que es una “política de salud pública” y de “justicia social”.

 

En el ámbito valórico y particularmente lo relacionado con al aborto, la iglesia debiera y debe ser la excepción a la regla, No obstante, con mucha mayor frecuencia, encontramos personas al interior de las congregaciones, cuya línea de pensamiento ha sido permeada por el marxismo cultural y la nefasta idea de la justicia social, declarando abiertamente en algunos casos, su apoyo a la política del gobierno de turno en cuanto a temas valóricos, o en último caso, simplemente manifiestan indiferencia ante tales ideas. En este caso, tanto adherentes activos como observadores pasivos, son responsables delante de Dios y cualquiera de estos hechos es una verdadera tragedia de la cristiandad.

 

Ante tal peligro, es preciso que la iglesia no se conforme a la forma de vida y pensamiento del presente siglo malo, cuyo gobernador es el príncipe de las tinieblas quien ha cegado el entendimiento de los incrédulos para que no les resplandezca la luz de Cristo; la iglesia por tanto, en contraposición al mundo como un sistema que opera bajo el poder del maligno, debe ser la sal de la tierra y la luz del mundo, con la finalidad de actuar como preservante de la corrupción y manifestando la luz de Cristo a quienes viven en las tinieblas, y conforme a esta realidad, necesitamos entender cómo debemos afrontar nuestra responsabilidad delante de Dios, delante del gobierno civil, cómo evitar la influencia del mundo posmoderno y los intentos de sabotear el plan de redención por parte de satanás, y por último, la vida humana como un acto amoroso de Dios.

 

EL PAPEL DEL GOBIERNO CONFORME A LA PERSPECTIVA BÍBLICA Y LA RESPUESTA DEL CREYENTE

El texto clave lo encontramos en Romanos 13: “Porque los magistrados no están para infundir temor al que hace el bien, sino al malo. ¿Quieres, pues, no temer la autoridad? Haz lo bueno, y tendrás alabanza de ella; porque es servidor de Dios para tu bien. Pero si haces lo malo, teme; porque no en vano lleva la espada, pues es servidor de Dios, vengador para castigar al que hace lo malo.” Claramente, el propósito divino para establecer el gobierno es la protección del justo y castigar al malvado. En el libro de Deuteronomio, Dios dispone que haya jueces para proteger al justo y castigar al perverso, con una condición adicional: los jueces no debían torcer el derecho porque era abominación a Jehová. “Jueces y oficiales pondrás en todas tus ciudades que Jehová tu Dios te dará en tus tribus, los cuales juzgarán al pueblo con justo juicio. No tuerzas el derecho; no hagas acepción de personas, ni tomes soborno; porque el soborno ciega los ojos de los sabios, y pervierte las palabras de los justos”. (Dt. 16.18,19)

En lo tocante a la aplicación de la justicia y el derecho, el profeta Habacuc se había quejado de la prevaricación continua de quienes debían hacer cumplir la ley y no lo hacían: “¿Por qué me haces ver iniquidad, y haces que vea molestia? Destrucción y violencia están delante de mí, y pleito y contienda se levantan. Por lo cual la ley es debilitada, y el juicio no sale según la verdad; por cuanto el impío asedia al justo, por eso sale torcida la justicia. (Hab. 1.3-4)

Desde un punto de vista práctico, el papel del gobierno es garantizar la seguridad y la justicia para los que hacen bien. Pero, cuando pensamos en el no nacido ¿Dónde está la seguridad de aquellos inocentes que están en el vientre de su madre? De esta forma, vemos como los derechos fundamentales de las personas, los cuales se encuentran consagrados en la carta fundamental de la nación, señalan con absoluta claridad que se protege la vida del que está por nacer desde el momento de la concepción.

En este sentido, es totalmente inconsecuente que existan personas que a sí mismas se autoproclamen “cristianas” y voten a favor de candidatos que promueven las mismas cosas que Dios condena. Existe un peligro, pues desde la extrema izquierda hasta radicales de derecha, llamados libertarios, no tienen problema con legislar a favor del aborto. Como creyentes, no podemos votar a favor de quienes están a favor del aborto porque el rol del estado conforme al principio bíblico, es proteger al inocente (No nacidos) y castigar al culpable, y porque además, el asesinato es una afrenta al Creador, pues cada ser es creado a su imagen. 

EL ABORTO Y EL POSMODERNISMO, VERSUS LA VERDAD.

La relativización de los absolutos morales, produce la degeneración de una sociedad como en los días de Habacuc. C.S. Lewis planteó que el argumento moral es la base para explicar los estándares morales objetivos y universales. Por lo tanto, si Dios no existiera, no existirían los estándares morales objetivos; pero los estándares morales existen y por lo tanto Dios existe. Lógicamente, si no hay absolutos morales todo es permitido. Como todo es relativo y sin un estándar moral supremo, entonces los gobiernos en lugar de tener estándares de justicia definidos, hoy pueden pervertir el derecho a su antojo.

Los movimientos feministas y proaborto, siguen la línea de pensamiento del mundo posmoderno. Tienen una visión distorsionada de Dios, del matrimonio, del gobierno, de la familia y del mundo que les rodea. Pero, ¿cómo llegamos tan lejos para legalizar una práctica aberrante, sin misericordia y brutal? La respuesta es esta: Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido. Profesando ser sabios, se hicieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles. (Rom. 1.21-23) La sociedad de nuestros días ha excluido a Dios de sus gobiernos y de sus propósitos personales, colocando al hombre en el lugar preeminente que a Dios le corresponde, por una razón bien simple: el ciudadano común y corriente ha sido pervertido a través de líneas de pensamiento que fomentan el escepticismo, el racionalismo y el naturalismo, llegando a la conclusión de que Dios no existe.

Sin embargo, las leyes morales apuntan a un Legislador Supremo. Si Dios no existiera, no habría absolutos morales, por lo tanto, todo es permitido. El asesinato, las violaciones, los robos, las estafas y todo tipo de delitos serían permitidos, pero no es así. Dios ha escrito en cada persona su ley moral, de modo que la conciencia de cada hombre les acusa respecto al bien y al mal. (Rom. 2.15)

Dios nos ha dado su palabra, Jesús dice mi palabra es verdad. En medio de un mundo que alaba la tolerancia y la incertidumbre, el Evangelio nos otorga certidumbre plena de las cosas que Dios aprueba y rechaza. El posmodernismo no tiene verdades absolutas, en contraste con el Evangelio que es la única verdad. Debemos actuar en consecuencia con la verdad que hemos recibido.

 


EL ABORTO COMO UN INTENTO DE OPOSICIÓN A LOS PLANES REDENTORES

Después de la caída, Dios pronunció una promesa de bendición para la redención de la humanidad: la cabeza de la serpiente sería aplastada por la simiente de la mujer. El primero que creyó en la promesa de redención y trató de evitar su cumplimiento a toda costa fue el diablo. Es así como llegamos al primer homicidio registrado en la historia de la humanidad, Caín mató a su hermano Abel porque él era la simiente piadosa de la cual vendría el redentor. No obstante, como los planes de Dios no pueden ser frustrados, a Adán y Eva le nació otro hijo llamado Set, de cuyo linaje vino Enoc, Noé, Abraham, Isaac, Jacob y los doce patriarcas, en particular Judá, David y Jesucristo como el cumplimiento de esa promesa.  

Al término del período de esclavitud en Egipto, Faraón viendo que los hebreos eran más numerosos y más fuertes que los egipcios, mandó a matar a todo varón que naciera de las mujeres hebreas diciendo: “Y habló el rey de Egipto a las parteras de las hebreas, una de las cuales se llamaba Sifra, y otra Fúa, y les dijo: Cuando asistáis a las hebreas en sus partos, y veáis el sexo, si es hijo, matadlo; y si es hija, entonces viva. Entonces Faraón mandó a todo su pueblo, diciendo: Echad al río a todo hijo que nazca, y a toda hija preservad la vida. (Ex. 1.15-16, 22). El espíritu de satanás estaba en Faraón, por lo tanto, el principio básicamente era el mismo: destruir el linaje de la simiente prometida.

En el capítulo 18 del libro de levítico, Dios entrega varios mandamientos respecto a los actos de inmoralidad y prácticas ilegales que están prohibidos, entre los que se incluyen el sacrificio de niños: “Y no des hijo tuyo para ofrecerlo por fuego a Moloc; no contamines así el nombre de tu Dios. Yo Jehová” (Lev. 18.21). La costumbre entre los pueblos paganos de Fenicia y Canaán era sacrificar niños en culto a Moloc, un dios amonita. Sin embargo, debido a la inmundicia ritual causada por el pecado, la tierra se había corrompido. La advertencia era extrema para la nación de Israel, en el sentido que no debían contaminarse con ellos, pues era una grave amenaza. Siglos más tarde, la amenaza que el pueblo incurriera en este tipo de sacrilegios se hizo una realidad, por cuya causa, las maldiciones del pacto vinieron sobre Israel y Juda, siendo ambos reinos llevados cautivos bajo el dominio de naciones paganas. No obstante, Dios preservó al remanente de Judá, quienes pudieron volver a su tierra después del exilio en Babilonia, para cumplir la promesa de redención mediante la simiente de la mujer, es a saber Cristo.

Ya bajo el dominio del imperio romano, cuando Herodes supo que el Rey de los Judíos iba a nacer en Belén, su corazón se llenó de envidia y odio. El relato de Mateo nos dice lo siguiente: “Herodes entonces, cuando se vio burlado por los magos, se enojó mucho, y mandó matar a todos los niños menores de dos años que había en Belén y en todos sus alrededores, conforme al tiempo que había inquirido de los magos. Entonces se cumplió lo que fue dicho por el profeta Jeremías, cuando dijo: Voz fue oída en Ramá, Grande lamentación, lloro y gemido; Raquel que llora a sus hijos, Y no quiso ser consolada, porque perecieron”. (Mt. 2-16-17) El intento de destrucción de la simiente prometida una vez más quedó desarticulado, pues los planes de Dios no pueden ser resistidos y Cristo, la simiente escogida y piadosa de la mujer, llevó a cabo el plan de redención de sus escogidos, el cual fue concertado desde la eternidad entre los miembros de la Trinidad.

El aborto no difiere en nada a los sacrificios de infantes bajo las ordenes de Faraón o Herodes. El culto a la autopromoción, al libertinaje han reemplazado a Moloc y a Baal, la única diferencia que hoy los niños no se matan en el fuego, son asesinados en el vientre materno. Dios en su gracia redime a los niños asesinados y el aborto no es el medio para impedirlo: “Pero tú eres el que me sacó del vientre; El que me hizo estar confiado desde que estaba a los pechos de mi madre.  Sobre ti fui echado desde antes de nacer; Desde el vientre de mi madre, tú eres mi Dios. (Sal. 22:9-10). A diferencia de satanás que odia a los niños, Jesús dice: “Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de los cielos”. (Mt. 19.14)

 

DIOS ES EL AUTOR DE LA VIDA Y SANTIFICA LA VIDA DEL QUE ESTÁ POR NACER.

Para los pueblos paganos, sacrificar a sus hijos era una costumbre que Dios aborrecía. Es por eso que el ciudadano israelí rechazó el asesinato de criaturas inocentes por dos razones:

1.     Cada vida era creada por Dios a imagen y semejanza de Dios (Nephesh). Era la violación del primer mandamiento. El asesinato era un golpe contra Dios y su misma creación. Cada persona es hecha a imagen y semejanza de dios (Gen. 1:26; stgo. 3:9)

2.     La segunda razón, era porque violaba el segundo principio del resumen de la Ley “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. El 1er. mandamiento respecto a los deberes sociales fue “No matarás”.

Las escrituras nos señalan que Dios es el autor de la vida y bajo este precepto la iglesia evangélica cristiana ortodoxa, tiene convicciones no negociables respecto al aborto, debido a que es una afrenta contra el Creador supremo. Dios honra y santifica la vida del que está por nacer desde el momento de la concepción y nos enseña lo siguiente:  

1.     La concepción es un acto de Dios. Dios crea personalmente cada vida. En el Sal. 127:3, las escrituras señalan que “herencia de Jehová son los hijos; Cosa de estima el fruto del vientre”; Es Dios quien permite la concepción: “Y oró Isaac a Jehová por su mujer, que era estéril; y lo aceptó Jehová, y concibió Rebeca su mujer” (Gen. 25:21); y Dios es quien da la vida a todos: “pues él es quien da a todos vida y aliento y todas las cosas. Y de una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres, para que habiten sobre toda la faz de la tierra; y les ha prefijado el orden de los tiempos, y los límites de su habitación; (Hech. 17:24-25).

 

2.     En el lado negativo, Dios es quien no permite el nacimiento. En el texto de Gen. 20:18 vemos cómo “Jehová había cerrado completamente toda matriz de la casa de Abimelec, a causa de Sara mujer de Abraham”; este mismo principio se observa en 1° Samuel 1.5: Pero a Ana daba una parte escogida; porque amaba a Ana, aunque Jehová no le había concedido tener hijos”.  

 

3.     Cada creación es objeto del cuidado amoroso de Dios, ellos crecen en el vientre materno. En el libro de los salmos leemos: “Porque tú formaste mis entrañas; Tú me hiciste en el vientre de mi madre. Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras; Estoy maravillado, Y mi alma lo sabe muy bien.  No fue encubierto de ti mi cuerpo, Bien que en oculto fui formado, Y entretejido en lo más profundo de la tierra. Mi embrión vieron tus ojos, Y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, Sin faltar una de ellas” (Sal. 139.13-16).

 

4.     La vida, muerte y resurrección de Cristo nos enseña que Dios santifica la vida humana desde el momento de la concepción. Dios podría haber pasado por alto esos aspectos insignificantes de la vida humana y haber eximido a su hijo de esos aspectos triviales de la vida, pero no lo hizo. Dios envió a su Hijo a nacer de una mujer y tomar forma humana, para morir posteriormente como sustituto representativo de sus escogidos y vindicar su nombre a través de una poderosa resurrección para enseñarnos que Dios mismo dignifica la vida humana. Dios nos enseña que la vida humana tiene una gloria asociada a ella porque es imagen de Dios: “Y hay cuerpos celestiales, y cuerpos terrenales; pero una es la gloria de los celestiales, y otra la de los terrenales”. (1 Cor. 15.40) Esto, además nos enseña que cuando se lleve a efecto la resurrección de los muertos, la carne será restaurada a su posición de dignidad con la que Dios la creó: “Así también es la resurrección de los muertos. Se siembra en corrupción, resucitará en incorrupción. Se siembra en deshonra, resucitará en gloria; se siembra en debilidad, resucitará en poder. (1 Cor. 15.42-43)

 

5.     Dios condena a los asesinos: “El que derramare sangre de hombre, por el hombre su sangre será derramada; porque a imagen de Dios es hecho el hombre” (Gen 9:6); Dios no tiene parte con la iniquidad y aborrece a los que las practican: “Seis cosas aborrece Jehová, Y aun siete abomina su alma: Los ojos altivos, la lengua mentirosa, Las manos derramadoras de sangre inocente, El corazón que maquina pensamientos inicuos, Los pies presurosos para correr al mal (Prov. 6.16-18),

 

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