domingo, 17 de enero de 2021

LA PERSONA TEATRÓPICA DE CRISTO

 La doctrina de Cristo es amplia y requiere un estudio bíblico acabado de su persona y su obra. Como tal, habitualmente dedicamos una parte importante de nuestros esfuerzos para explicar su obra de salvación, lo que comúnmente se denomina en la teología sistemática soteriología. No obstante, el tema de estudio de este artículo comprende la persona de Cristo y su relación Trinitaria antes de su encarnación y durante su vida terrenal, lo que comúnmente se denomina en Teología sistemática Cristología.

Cristológicamente, podemos sintetizar la enseñanza sobre la doctrina de la persona de Cristo de la siguiente manera: Jesucristo era completamente Dios y completamente hombre en una persona y lo será para siempre, aplicando aquí el concepto de persona teantrópica (Theos=Dios; antropos=hombre).




Debido a que la evidencia bíblica que apoya esta afirmación es abundante, y, además constituye la base para la Soteriología (Puesto que, si Cristo no fue la persona que dijo que era, la doctrina de la salvación es una falacia); el presente artículo intenta presentar en primer lugar al Cristo divino, preexistente y eterno, y posteriormente la completa humanidad de Cristo,

 

A.     LA PREEXISTENCIA DE CRISTO.

La preexistencia de Cristo significa que Él existió antes de su nacimiento y antes de todo lo que ha sido creado (Col. 1.17). El texto bíblico nos muestra a Cristo personificado como el Logos o el Verbo. Juan, inspirado por el Espíritu Santo describe al Verbo como alguien que en el principio ya era (Juan 1.1). La apología de su preexistencia continúa y dice en segundo lugar, que aquel Verbo estaba con Dios, utilizando la preposición “con”, para referirse a alguien que estaba cara a cara o frente a frente con Dios, no en oposición, sino en una relación de completa armonía y gozo mutuo entre los miembros de la Deidad (Prov. 8.30, Is. 42.8). Finalmente, Juan nos muestra al Cristo preexistente siendo Dios mismo, teniendo gloria propia (Jn. 17.5) y siendo el resplandor de la gloria divina y la imagen misma de su sustancia (Heb. 1.3, Col. 1. 15).

 

La preexistencia de Cristo implica que Él no solo existió antes de su nacimiento o antes de la creación del universo, sino que Él siempre ha existido, eternamente. El autor de hebreos, nos dice que Jesucristo es el mismo ayer, hoy y por los siglos (Heb. 13.8), denotando no sólo su inmutabilidad, sino también su eternidad. Por lo tanto, desde un punto de vista apologético, si no hay eternidad en la persona de Cristo, entonces (a) no hay Trinidad y (b) Cristo no posee deidad, por lo tanto, no hay lugar para todos los aspectos concernientes a la salvación. Arrio, un hereje del siglo III enseñó la preexistencia de Cristo, pero no su eternidad, argumentando que si Cristo era el Hijo unigénito, debió haber tenido un principio. Esta postura es sostenida por la secta de los testigos de Jehová que niega la eternidad del Logos y lo concibe como un ser creado, ubicado jerárquicamente sobre los ángeles, pero no siendo igual a Dios.

 

La iglesia de ese entonces levantó su voz para manifestar su desaprobación y condenación a la enseñanza arriana a través de apologetas como Atanasio en el concilio de Nicea. Nosotros, por tanto, defendemos, creemos y enseñamos que Cristo es preexistente y eterno desde siempre. Como lo dice el credo niceno: creemos en un solo Señor Jesucristo, el unigénito Hijo de Dios, engendrado del Padre antes de todos los siglos; Luz de Luz, verdadero Dios de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre, y por quien todo fue hecho.

(Concilio de Nícea, 325 D.C.)
 

El Cristo preexistente es Celestial, tal como lo manifiesta el evangelio de San Juan: “Nadie subió al cielo, sino el que descendió del cielo; el Hijo del Hombre, que está en el cielo. El que de arriba viene, es sobre todos; el que es de la tierra, es terrenal, y cosas terrenales habla; el que viene del cielo, es sobre todos.” (Jn. 3.31, 31). No sólo es celestial, sino como preexistente además es el creador. Cristo estuvo involucrado en la creación de forma activa, pues el texto bíblico señala que “Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho” (Jn. 1.3); “Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él” (Col. 1.16). El Cristo preexistente se atribuyó igualdad de naturaleza con el Padre (Jn. 10.30), como también afirmó tener gloria junto a su Padre antes que el mundo fuese (Jn. 17.5); y el apóstol Pablo dejó en claro que Jesucristo era de la misma naturaleza que Dios (Fil. 2.6). Cristo tiene los mismos atributos de Dios, como lo señala el apóstol Pablo en la carta a los Colosenses 2.9, cuando dice “En Él habita toda la plenitud de la Deidad”.

 

La evidencia de la eternidad del Cristo preexistente no sólo está contenida en los escritos del nuevo testamento, sino también en los del antiguo testamento. El profeta Miqueas dijo que “sus salidas son desde la eternidad” (Miq. 5.3)De la misma manera, el profeta Isaías profetizó que sería llamado “Padre eterno” (Is. 9.6). Por tanto, la escritura da testimonio y constituyen la evidencia de la eternidad de Jesucristo.

 

Antes de la encarnación, el Cristo preexistente manifestó su actividad como creador, siendo la causa por la cual, todas las cosas son creadas y por quien todas subsisten, demostrando su eterno poder y también llevando a cabo la creación para sus propios propósitos, conforme a su prerrogativa divina, actuando no solo al comienzo de la creación, sino sustentándola a través de los tiempos con su presencia y poder.  (Col. 1.16-17)

 

Del mismo modo, el Cristo preexistente tuvo apariciones antes de su encarnación en el antiguo testamento como el Ángel de Jehová, hablando como Dios, identificándose a sí mismo como Dios, recibiendo adoración como Dios. Uno de los pasajes claves en estas apariciones del Cristo preexistente en el antiguo testamento, llamadas Teofanías o Cristofanías, aparece en el libro de Éxodo: “Y Jehová descendió en la nube, y estuvo allí con él, proclamando el nombre de Jehová. Y pasando Jehová por delante de él, proclamó: !!Jehová! !!Jehová! fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad” (Ex. 34.5-6)El hecho que las Cristofanías cesaran después de la encarnación, deja de manifiesto que Él es miembro de la Trinidad.

 

B.      LA PERSONA DEL CRISTO ENCARNADO

El Cristo preexistente, no solamente es divino sino también humano. Particularizando aún más, Cristo es totalmente Dios y totalmente hombre. Juan escribe que el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros (Jn. 1.14). Por lo tanto, cuando hablamos de la encarnación, estamos hablando de la segunda persona eterna de la Trinidad revestido de naturaleza humana, con las limitaciones del ser humano, pero sin pecado, tal como lo señala el autor de hebreos (4.15)

 

El Dios hecho carne fue anunciado a través de los profetas. Isaías, por ejemplo, lo cita como el Dios fuerte (Is. 6.9) o “el gibbor”, como una referencia a la deidad y que tiene como significado héroe, cuya característica principal es que es Dios es el héroe. ¡Qué definición acerca de su propia naturaleza! También lo cita como Emanuel (7.14), que traducido es Dios con nosotros, y enfatiza primordialmente que el nacimiento del Niño a través de la virgen, trae a Dios a morar con su pueblo.

En este sentido, la encarnación se produce mediante el anuncio y posterior consumación del nacimiento virginal. En otras palabras, el nacimiento virginal fue el medio para la encarnación. Fue el ángel Gabriel quien anunció a María que concebiría del Espíritu Santo diciendo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el santo Niño que nacerá será llamado Hijo de Dios. (Lc. 1.35) Aquí, la acción trinitaria queda manifestada en el nacimiento del Santo Hijo de Dios por el poder del Espíritu Santo y a María siendo cubierta por Dios mismo.

 

Con respecto al nacimiento virginal, el apóstol Levi o Mateo, indica en la genealogía del evangelio lleva su nombre, que el Cristo nació de María, Mujer de José. Es interesante notar que la biblia no señala a Jesús siendo engendrado bajo la línea la línea de José, reforzando la verdad de las escrituras que señala que fue concebido por la acción del Espíritu Santo. El gran apóstol Pablo dice en la carta a los Gálatas 4.4 “Pero venido el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley”. Estos dos versos tienen como objetivo, aportar una evidencia extraordinaria respecto a la naturaleza teantrópica de Cristo, con repercusiones cósmicas para los efectos del cumplimiento del pacto de redención.

 

Mateo comienza su evangelio con una genealogía magnífica: “Libro de la genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham” (Mt. 1.1); el propósito para ello, era revelar que Jesucristo era el cumplimiento de los pactos davídico y abrahámico, al ser el heredero legítimo al Trono de David y la simiente prometida en la que todas las familias de la tierra serían bendecidas.

 

El Cristo encarnado tiene completa deidad. Cristo posee atributos que sólo Dios tiene. Recordemos que en Juan 8.58, Jesucristo afirmó existir desde la eternidad pasada: “Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, yo soy”; Jesucristo dejó en evidencia que conoce cosas que se podían conocer sólo si fuese omnisciente. La mujer samaritana dice de Cristo: “Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será éste el Cristo?” (Jn. 4.29).

 

Así también, demostró su omnipotencia actuando sobre la naturaleza, sobre la enfermedad, Jesucristo demostró su poder sobre la muerte resucitando a la hija de Jairo y a Lázaro, y por supuesto, demostró su poder al levantarse de la tumba y resucitar al tercer día.

 

El Cristo encarnado demostró su deidad al hacer obras que sólo Dios hace, como por ejemplo otorgar el perdón de pecados, dar vida espiritual y resucitar a los muertos.

 

Así también tuvo títulos y nombres propios de la Deidad. El título “Hijo de Dios” en relación al Cristo encarnado, se aplica para señalar que Jesús es “de la orden de Dios” y refleja su entera deidad. Por ejemplo, el título “Hijo del Hombre” aparece 88 veces en el nuevo testamento. La descripción “Hijo de Hombre” era un título Mesiánico descrito en Daniel 7.13-14, a quien le fue dado dominio, la gloria, y el reino. Cuando Jesús usaba esta frase en relación a Sí mismo, Él se estaba adjudicando la profecía del “Hijo del Hombre”. El Cristo encarnado manifestó abiertamente “ser uno con el Padre”, como nos lo señala Juan 10.30.

 

El Cristo encarnado recibió la adoración de los ángeles en su nacimiento; durante su presentación en el templo, provoca el gozo y la admiración del justo y piadoso Simeón, quien dice “ahora han visto mis ojos tu salvación…luz para revelación a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel” (Lc. 2.30,32); recibió la adoración del ciego de nacimiento cuando fue sanado; y la aclamación de las multitudes durante su entrada triunfal en Jerusalén.

 

En su perfecta Deidad, cristo fue completamente hombre. Tuvo un cuerpo humano, tuvo alma y espíritu, exhibió las características de las debilidades humanas, es decir, tuvo hambre, sueño, cansancio, se entristeció por la muerte de su amigo Lázaro, pero nunca pecó.

 

La persona teantrópica de Cristo es asombrosa. No podemos con nuestras mentes finitas concebir de forma precisa, cómo la naturaleza divina se une con la humana en la persona de Cristo. Como dice el salmista: “tal conocimiento es demasiado alto para mí, no lo puedo entender”. El escéptico encontrará aquí una razón más para continuar en su incredulidad. Pero, para los que hemos creído que “Él es el Cristo”, aún cuando no podamos comprender de forma perfecta cómo ambas naturalezas pudieron cohabitar en una sola persona, nos rendimos en adoración al Dios trino, porque si un solo punto de la doctrina Cristológica falla, entonces no hay doctrina soteriológica que valga la pena creer.

 

Por tanto, nos unimos a aquellos apologistas y padres de la iglesia que se reunieron en Calcedonia y proclamaron este credo que se mantiene hasta nuestros días:

 

Nosotros, entonces, siguiendo a los santos Padres, todos de común consentimiento, enseñamos a los hombres a confesar a Uno y el mismo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, el mismo perfecto en Deidad y también perfecto en humanidad; verdadero Dios y verdadero hombre, de cuerpo y alma racional; cosubstancial (coesencial) con el Padre de acuerdo a la Deidad, y cosubstancial con nosotros de acuerdo a la Humanidad; en todas las cosas como nosotros, sin pecado; engendrado del Padre antes de todas las edades, de acuerdo a la Deidad; y en estos postreros días, para nosotros, y por nuestra salvación, nacido de la virgen María, de acuerdo a la Humanidad; uno y el mismo, Cristo, Hijo, Señor, Unigénito, para ser reconocido en dos naturalezas, inconfundibles, incambiables, indivisibles, inseparables; por ningún medio de distinción de naturalezas desaparece por la unión, más bien es preservada la propiedad de cada naturaleza y concurrentes en una Persona y una Sustancia, no partida ni dividida en dos personas, sino uno y el mismo Hijo, y Unigénito, Dios, la Palabra, el Señor Jesucristo; como los profetas desde el principio lo han declarado con respecto a Él, y como el Señor Jesucristo mismo nos lo ha enseñado, y el Credo de los Santos Padres que nos ha sido dado. AMEN

 

(Concilio de Calcedonia, 451 D.C.)

 

 

 

 

 

 

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