sábado, 30 de enero de 2021

UNA PERSPECTIVA BÍBLICA SOBRE EL ABORTO

Recientemente en Argentina, los medios hacen eco de la reciente promulgación de una ley de aborto libre y asistido gratuitamente desde el 30 de diciembre del 2020. El hito, fue celebrado por las mismas que utilizan pañuelos lilas para manifestarse en contra de la violencia contra la mujer, pero que simultáneamente utiliza pañuelos verdes para celebrar la muerte de un inocente en el vientre a manos de su propia madre. ¡qué ironía!

 


Chile no ha sido la excepción y el suceso argentino sirvió de caldo de cultivo para parlamentarios y grupos adherentes a tan nefasta ideología.  El lobby de los grupos progresistas y las presiones de los partidos políticos que bajo la bandera del libertinaje durante los últimos días, han acelerado sus maquiavélicos planes, piden a espaldas de la gran mayoría de ciudadanos terminar con el aborto en tres causales, promulgada por el Congreso Nacional en el año 2017, y dar paso a una ley de aborto libre y gratuito, que pueda satisfacer “el derecho de las mujeres a decidir sobre su cuerpo”, debido a que es una “política de salud pública” y de “justicia social”.

 

En el ámbito valórico y particularmente lo relacionado con al aborto, la iglesia debiera y debe ser la excepción a la regla, No obstante, con mucha mayor frecuencia, encontramos personas al interior de las congregaciones, cuya línea de pensamiento ha sido permeada por el marxismo cultural y la nefasta idea de la justicia social, declarando abiertamente en algunos casos, su apoyo a la política del gobierno de turno en cuanto a temas valóricos, o en último caso, simplemente manifiestan indiferencia ante tales ideas. En este caso, tanto adherentes activos como observadores pasivos, son responsables delante de Dios y cualquiera de estos hechos es una verdadera tragedia de la cristiandad.

 

Ante tal peligro, es preciso que la iglesia no se conforme a la forma de vida y pensamiento del presente siglo malo, cuyo gobernador es el príncipe de las tinieblas quien ha cegado el entendimiento de los incrédulos para que no les resplandezca la luz de Cristo; la iglesia por tanto, en contraposición al mundo como un sistema que opera bajo el poder del maligno, debe ser la sal de la tierra y la luz del mundo, con la finalidad de actuar como preservante de la corrupción y manifestando la luz de Cristo a quienes viven en las tinieblas, y conforme a esta realidad, necesitamos entender cómo debemos afrontar nuestra responsabilidad delante de Dios, delante del gobierno civil, cómo evitar la influencia del mundo posmoderno y los intentos de sabotear el plan de redención por parte de satanás, y por último, la vida humana como un acto amoroso de Dios.

 

EL PAPEL DEL GOBIERNO CONFORME A LA PERSPECTIVA BÍBLICA Y LA RESPUESTA DEL CREYENTE

El texto clave lo encontramos en Romanos 13: “Porque los magistrados no están para infundir temor al que hace el bien, sino al malo. ¿Quieres, pues, no temer la autoridad? Haz lo bueno, y tendrás alabanza de ella; porque es servidor de Dios para tu bien. Pero si haces lo malo, teme; porque no en vano lleva la espada, pues es servidor de Dios, vengador para castigar al que hace lo malo.” Claramente, el propósito divino para establecer el gobierno es la protección del justo y castigar al malvado. En el libro de Deuteronomio, Dios dispone que haya jueces para proteger al justo y castigar al perverso, con una condición adicional: los jueces no debían torcer el derecho porque era abominación a Jehová. “Jueces y oficiales pondrás en todas tus ciudades que Jehová tu Dios te dará en tus tribus, los cuales juzgarán al pueblo con justo juicio. No tuerzas el derecho; no hagas acepción de personas, ni tomes soborno; porque el soborno ciega los ojos de los sabios, y pervierte las palabras de los justos”. (Dt. 16.18,19)

En lo tocante a la aplicación de la justicia y el derecho, el profeta Habacuc se había quejado de la prevaricación continua de quienes debían hacer cumplir la ley y no lo hacían: “¿Por qué me haces ver iniquidad, y haces que vea molestia? Destrucción y violencia están delante de mí, y pleito y contienda se levantan. Por lo cual la ley es debilitada, y el juicio no sale según la verdad; por cuanto el impío asedia al justo, por eso sale torcida la justicia. (Hab. 1.3-4)

Desde un punto de vista práctico, el papel del gobierno es garantizar la seguridad y la justicia para los que hacen bien. Pero, cuando pensamos en el no nacido ¿Dónde está la seguridad de aquellos inocentes que están en el vientre de su madre? De esta forma, vemos como los derechos fundamentales de las personas, los cuales se encuentran consagrados en la carta fundamental de la nación, señalan con absoluta claridad que se protege la vida del que está por nacer desde el momento de la concepción.

En este sentido, es totalmente inconsecuente que existan personas que a sí mismas se autoproclamen “cristianas” y voten a favor de candidatos que promueven las mismas cosas que Dios condena. Existe un peligro, pues desde la extrema izquierda hasta radicales de derecha, llamados libertarios, no tienen problema con legislar a favor del aborto. Como creyentes, no podemos votar a favor de quienes están a favor del aborto porque el rol del estado conforme al principio bíblico, es proteger al inocente (No nacidos) y castigar al culpable, y porque además, el asesinato es una afrenta al Creador, pues cada ser es creado a su imagen. 

EL ABORTO Y EL POSMODERNISMO, VERSUS LA VERDAD.

La relativización de los absolutos morales, produce la degeneración de una sociedad como en los días de Habacuc. C.S. Lewis planteó que el argumento moral es la base para explicar los estándares morales objetivos y universales. Por lo tanto, si Dios no existiera, no existirían los estándares morales objetivos; pero los estándares morales existen y por lo tanto Dios existe. Lógicamente, si no hay absolutos morales todo es permitido. Como todo es relativo y sin un estándar moral supremo, entonces los gobiernos en lugar de tener estándares de justicia definidos, hoy pueden pervertir el derecho a su antojo.

Los movimientos feministas y proaborto, siguen la línea de pensamiento del mundo posmoderno. Tienen una visión distorsionada de Dios, del matrimonio, del gobierno, de la familia y del mundo que les rodea. Pero, ¿cómo llegamos tan lejos para legalizar una práctica aberrante, sin misericordia y brutal? La respuesta es esta: Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido. Profesando ser sabios, se hicieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles. (Rom. 1.21-23) La sociedad de nuestros días ha excluido a Dios de sus gobiernos y de sus propósitos personales, colocando al hombre en el lugar preeminente que a Dios le corresponde, por una razón bien simple: el ciudadano común y corriente ha sido pervertido a través de líneas de pensamiento que fomentan el escepticismo, el racionalismo y el naturalismo, llegando a la conclusión de que Dios no existe.

Sin embargo, las leyes morales apuntan a un Legislador Supremo. Si Dios no existiera, no habría absolutos morales, por lo tanto, todo es permitido. El asesinato, las violaciones, los robos, las estafas y todo tipo de delitos serían permitidos, pero no es así. Dios ha escrito en cada persona su ley moral, de modo que la conciencia de cada hombre les acusa respecto al bien y al mal. (Rom. 2.15)

Dios nos ha dado su palabra, Jesús dice mi palabra es verdad. En medio de un mundo que alaba la tolerancia y la incertidumbre, el Evangelio nos otorga certidumbre plena de las cosas que Dios aprueba y rechaza. El posmodernismo no tiene verdades absolutas, en contraste con el Evangelio que es la única verdad. Debemos actuar en consecuencia con la verdad que hemos recibido.

 


EL ABORTO COMO UN INTENTO DE OPOSICIÓN A LOS PLANES REDENTORES

Después de la caída, Dios pronunció una promesa de bendición para la redención de la humanidad: la cabeza de la serpiente sería aplastada por la simiente de la mujer. El primero que creyó en la promesa de redención y trató de evitar su cumplimiento a toda costa fue el diablo. Es así como llegamos al primer homicidio registrado en la historia de la humanidad, Caín mató a su hermano Abel porque él era la simiente piadosa de la cual vendría el redentor. No obstante, como los planes de Dios no pueden ser frustrados, a Adán y Eva le nació otro hijo llamado Set, de cuyo linaje vino Enoc, Noé, Abraham, Isaac, Jacob y los doce patriarcas, en particular Judá, David y Jesucristo como el cumplimiento de esa promesa.  

Al término del período de esclavitud en Egipto, Faraón viendo que los hebreos eran más numerosos y más fuertes que los egipcios, mandó a matar a todo varón que naciera de las mujeres hebreas diciendo: “Y habló el rey de Egipto a las parteras de las hebreas, una de las cuales se llamaba Sifra, y otra Fúa, y les dijo: Cuando asistáis a las hebreas en sus partos, y veáis el sexo, si es hijo, matadlo; y si es hija, entonces viva. Entonces Faraón mandó a todo su pueblo, diciendo: Echad al río a todo hijo que nazca, y a toda hija preservad la vida. (Ex. 1.15-16, 22). El espíritu de satanás estaba en Faraón, por lo tanto, el principio básicamente era el mismo: destruir el linaje de la simiente prometida.

En el capítulo 18 del libro de levítico, Dios entrega varios mandamientos respecto a los actos de inmoralidad y prácticas ilegales que están prohibidos, entre los que se incluyen el sacrificio de niños: “Y no des hijo tuyo para ofrecerlo por fuego a Moloc; no contamines así el nombre de tu Dios. Yo Jehová” (Lev. 18.21). La costumbre entre los pueblos paganos de Fenicia y Canaán era sacrificar niños en culto a Moloc, un dios amonita. Sin embargo, debido a la inmundicia ritual causada por el pecado, la tierra se había corrompido. La advertencia era extrema para la nación de Israel, en el sentido que no debían contaminarse con ellos, pues era una grave amenaza. Siglos más tarde, la amenaza que el pueblo incurriera en este tipo de sacrilegios se hizo una realidad, por cuya causa, las maldiciones del pacto vinieron sobre Israel y Juda, siendo ambos reinos llevados cautivos bajo el dominio de naciones paganas. No obstante, Dios preservó al remanente de Judá, quienes pudieron volver a su tierra después del exilio en Babilonia, para cumplir la promesa de redención mediante la simiente de la mujer, es a saber Cristo.

Ya bajo el dominio del imperio romano, cuando Herodes supo que el Rey de los Judíos iba a nacer en Belén, su corazón se llenó de envidia y odio. El relato de Mateo nos dice lo siguiente: “Herodes entonces, cuando se vio burlado por los magos, se enojó mucho, y mandó matar a todos los niños menores de dos años que había en Belén y en todos sus alrededores, conforme al tiempo que había inquirido de los magos. Entonces se cumplió lo que fue dicho por el profeta Jeremías, cuando dijo: Voz fue oída en Ramá, Grande lamentación, lloro y gemido; Raquel que llora a sus hijos, Y no quiso ser consolada, porque perecieron”. (Mt. 2-16-17) El intento de destrucción de la simiente prometida una vez más quedó desarticulado, pues los planes de Dios no pueden ser resistidos y Cristo, la simiente escogida y piadosa de la mujer, llevó a cabo el plan de redención de sus escogidos, el cual fue concertado desde la eternidad entre los miembros de la Trinidad.

El aborto no difiere en nada a los sacrificios de infantes bajo las ordenes de Faraón o Herodes. El culto a la autopromoción, al libertinaje han reemplazado a Moloc y a Baal, la única diferencia que hoy los niños no se matan en el fuego, son asesinados en el vientre materno. Dios en su gracia redime a los niños asesinados y el aborto no es el medio para impedirlo: “Pero tú eres el que me sacó del vientre; El que me hizo estar confiado desde que estaba a los pechos de mi madre.  Sobre ti fui echado desde antes de nacer; Desde el vientre de mi madre, tú eres mi Dios. (Sal. 22:9-10). A diferencia de satanás que odia a los niños, Jesús dice: “Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de los cielos”. (Mt. 19.14)

 

DIOS ES EL AUTOR DE LA VIDA Y SANTIFICA LA VIDA DEL QUE ESTÁ POR NACER.

Para los pueblos paganos, sacrificar a sus hijos era una costumbre que Dios aborrecía. Es por eso que el ciudadano israelí rechazó el asesinato de criaturas inocentes por dos razones:

1.     Cada vida era creada por Dios a imagen y semejanza de Dios (Nephesh). Era la violación del primer mandamiento. El asesinato era un golpe contra Dios y su misma creación. Cada persona es hecha a imagen y semejanza de dios (Gen. 1:26; stgo. 3:9)

2.     La segunda razón, era porque violaba el segundo principio del resumen de la Ley “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. El 1er. mandamiento respecto a los deberes sociales fue “No matarás”.

Las escrituras nos señalan que Dios es el autor de la vida y bajo este precepto la iglesia evangélica cristiana ortodoxa, tiene convicciones no negociables respecto al aborto, debido a que es una afrenta contra el Creador supremo. Dios honra y santifica la vida del que está por nacer desde el momento de la concepción y nos enseña lo siguiente:  

1.     La concepción es un acto de Dios. Dios crea personalmente cada vida. En el Sal. 127:3, las escrituras señalan que “herencia de Jehová son los hijos; Cosa de estima el fruto del vientre”; Es Dios quien permite la concepción: “Y oró Isaac a Jehová por su mujer, que era estéril; y lo aceptó Jehová, y concibió Rebeca su mujer” (Gen. 25:21); y Dios es quien da la vida a todos: “pues él es quien da a todos vida y aliento y todas las cosas. Y de una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres, para que habiten sobre toda la faz de la tierra; y les ha prefijado el orden de los tiempos, y los límites de su habitación; (Hech. 17:24-25).

 

2.     En el lado negativo, Dios es quien no permite el nacimiento. En el texto de Gen. 20:18 vemos cómo “Jehová había cerrado completamente toda matriz de la casa de Abimelec, a causa de Sara mujer de Abraham”; este mismo principio se observa en 1° Samuel 1.5: Pero a Ana daba una parte escogida; porque amaba a Ana, aunque Jehová no le había concedido tener hijos”.  

 

3.     Cada creación es objeto del cuidado amoroso de Dios, ellos crecen en el vientre materno. En el libro de los salmos leemos: “Porque tú formaste mis entrañas; Tú me hiciste en el vientre de mi madre. Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras; Estoy maravillado, Y mi alma lo sabe muy bien.  No fue encubierto de ti mi cuerpo, Bien que en oculto fui formado, Y entretejido en lo más profundo de la tierra. Mi embrión vieron tus ojos, Y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, Sin faltar una de ellas” (Sal. 139.13-16).

 

4.     La vida, muerte y resurrección de Cristo nos enseña que Dios santifica la vida humana desde el momento de la concepción. Dios podría haber pasado por alto esos aspectos insignificantes de la vida humana y haber eximido a su hijo de esos aspectos triviales de la vida, pero no lo hizo. Dios envió a su Hijo a nacer de una mujer y tomar forma humana, para morir posteriormente como sustituto representativo de sus escogidos y vindicar su nombre a través de una poderosa resurrección para enseñarnos que Dios mismo dignifica la vida humana. Dios nos enseña que la vida humana tiene una gloria asociada a ella porque es imagen de Dios: “Y hay cuerpos celestiales, y cuerpos terrenales; pero una es la gloria de los celestiales, y otra la de los terrenales”. (1 Cor. 15.40) Esto, además nos enseña que cuando se lleve a efecto la resurrección de los muertos, la carne será restaurada a su posición de dignidad con la que Dios la creó: “Así también es la resurrección de los muertos. Se siembra en corrupción, resucitará en incorrupción. Se siembra en deshonra, resucitará en gloria; se siembra en debilidad, resucitará en poder. (1 Cor. 15.42-43)

 

5.     Dios condena a los asesinos: “El que derramare sangre de hombre, por el hombre su sangre será derramada; porque a imagen de Dios es hecho el hombre” (Gen 9:6); Dios no tiene parte con la iniquidad y aborrece a los que las practican: “Seis cosas aborrece Jehová, Y aun siete abomina su alma: Los ojos altivos, la lengua mentirosa, Las manos derramadoras de sangre inocente, El corazón que maquina pensamientos inicuos, Los pies presurosos para correr al mal (Prov. 6.16-18),

 

viernes, 29 de enero de 2021

EL DIOS TRINO


                Seguramente has entonado algunos himnos en el pasado, quizá recientemente, y dentro de estos quizás has cantado uno que dice así: “Dios en tres personas, Bendita Trinidad”. Esta línea, perteneciente al himno Santo, Santo, Santo señala una de las verdades más queridas, atesoradas y defendidas de la Iglesia a lo largo de los siglos: que ios es Uno y Trino a la vez; estamos hablando de la doctrina de la Trinidad.

                Una doctrina es un límite; podemos ilustrarla con la imagen de una cancha de futbol, el juego tiene validez dentro de una línea rectangular que demarca el límite donde los jugadores pueden desenvolverse, cuando el balón sale de esta línea fuera de cancha es el equipo contrario quien comienza la jugada. De igual modo una doctrina funciona como un límite al “juego” de la especulación y el pensamiento para no ir más allá cayendo en la herejía (que sería jugar fuera de cancha) y por tanto, estar en contra de la enseñanza bíblica.

                Es justamente esto lo que sucede con la doctrina de la Trinidad. En su formulación histórica esta doctrina sostiene que Dios es uno en esencia y tres en persona. Y la Iglesia lo ha confesado desde el principio mediante la fórmula del bautismo “en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”. Pero al igual que con el resto de la doctrina cristiana el reto para la Iglesia consistió en poder explicar en qué consiste la Trinidad ante los que la acusaban de adorar a más de un Dios, o de aquellos que consideraban que Jesús es un mero hombre, o los otros que decían que el Espíritu Santo es solo un poder que emana de Dios. Pero también debía clarificar ante los incrédulos quien era el Dios en quien creía, por qué era diferente de la fe monoteísta del judaísmo y de la especulación filosófica griega. Por todo esto la Iglesia necesitó clarificar esta doctrina y al hacerlo ganó en fe y en un conocimiento más profundo de Dios, pero no fue para nada fácil, se necesitó de las mentes más agudas y poderosas de la Iglesia, en un lapso de cuatro siglos, en constante conflicto interno y externo para llegar a un entendimiento que fuera fiel a la Escritura, satisficiera los requerimientos de la razón e inteligencia, y mantuviera la unidad de la verdadera fe.

 

Historia y definición de la Doctrina de la Trinidad

                La Iglesia comenzó su ministerio en el seno de la comunidad judía, sus miembros fueron en principio judíos por lo que al igual que estos la fe de la primitiva comunidad cristiana fue en la unidad absoluta de Dios tal como fue revelado en Deuteronomio 6:4[1]. Con esto también estuvo de acuerdo Jesús pues el evangelio de Marcos muestra claramente que al ser consultado respecto al primer mandamiento el Señor respondió con la misma cita de Deuteronomio[2]. Sin embargo, el Señor mismo se identificó como Hijo de Dios, igual al Padre[3] y que procedía de Él y a El volvía[4], y también hablo del Espíritu Santo como el consolador que enviaría a sus discípulos[5], y finalmente en la Gran Comisión señaló la igualdad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo al poner a los tres en la misma frase y con la misma importancia en el bautismo en Mateo 28:19.

                De esta manera los apóstoles y discípulos del Señor comenzaron confesando la unidad absoluta de Dios, por un lado, y que este Dios uno es Padre, Hijo y Espíritu Santo a la vez, en otras palabras, los apóstoles no aprendieron la doctrina de la Santísima Trinidad de forma dogmática o teórica, sino experimentalmente, por medio de los hechos de la revelación que habían presenciado[6].

                Solo cuando la Iglesia se enfrentó a la herejía en pleno siglo II fue que comenzó la necesidad de comprender y explicar de forma ortodoxa este misterio. Cuando arreciaba la lucha contra el gnosticismo comenzó la especulación y definición de las relaciones entre el Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo. Se alzó un grupo preocupado por mantener la unidad de Dios o “monarquía” divina frente al postulado gnóstico de la multitud de eones en los cuales Dios se manifiesta. Estos monarquistas, acentuaron en extremo la unidad de Dios llegando a afirmar que no existe distinción entre el Padre y el Hijo pues esto significaba destruir la monarquía o unidad divina.

                Esta tendencia en acentuar la unidad de Dios se dividió en dos extremos: a un grupo se les conoce como “monarquianos dinámicos”, y al otro extremo “monarquianos modalistas”. El primer grupo monarquiano “dinámico” acentuaba la unidad de Dios señalando que la divinidad de Jesucristo era solo una fuerza impersonal (el termino griego dynamis significa fuerza) que lo habitaba y que procedía de Dios. Teodoto es el nombre de uno de los primeros monarquianos de esta clase quien se negaba a darle a Jesús el título de “Hijo de Dios”. Esta doctrina fue condenada por la iglesia de Roma en el año 195 pero continuó desarrollándose hasta alcanzar su plenitud en la persona de Pablo de Samosata obispo de Antioquia en el 260.

                Pero la tendencia monarquiana que planteó el mayor desafío a la Iglesia fue el “monarquianismo modalista”; este no negaba la divinidad de Cristo sino que la subsumía en la del Padre haciendo, por consiguiente, que los padecimientos de Cristo también fueran padecidos por el Padre. Los más antiguos representantes de esta herejía fueron Noeto de Esmirna y Práxeas y llego a su culminación con Sabelio por lo que a esta doctrina también se le llama “Sabelianismo”. Según Sabelio Dios es uno solo por lo que la distinción entre el Padre y el Hijo no existe. Dios es <<Hijo-Padre>> de tal manera que las “Personas” de la Deidad (Padre, Hijo y Espíritu Santo) no son más que fases o modos (de ahí modalismo) en las que Dios se reveló. Primero revelándose como Padre en la creación y al dar la Ley a su pueblo; luego revelándose como Hijo en la encarnación; y como el Espíritu Santo en la regeneración y santificación. De esta forma las tres personas eran reducidas a una.

                Pero quizá la herejía más conocida de aquellos días, y la que más influencia tuvo posteriormente fue la de Arrio. Él enseñaba que hubo un tiempo en el cual Jesús no existía. Dios el Padre creo al Hijo, y por medio de este creó al mundo. Arrio concluyó que solo puede haber un Dios eterno y que Jesús debía tener un principio. Dios creo a Cristo y lo exaltó a un estado divino después de su resurrección. De aquí que Cristo es Dios eterno desde su creación en adelante; tiene principio pero no fin. Esta es la herejía que siguen enseñando los Testigos de Jehová. 

                ¿Cómo reaccionó la Iglesia ante estos desafíos? Como dijimos el cristianismo demoró aproximadamente cuatro siglos en formular una doctrina de la Trinidad fiel a la Escritura y a la tradición heredada de los apóstoles. Nuestros hermanos partieron por hacer una distinción en el término esencia, persona, subsistencia y existencia. La palabra griega para esencia es ousia, entonces se preguntaron ¿Cuál es la esencia, ousia, de Dios? La esencia de la Deidad es lo que Dios es en sí; dicho de otro modo, Dios es uno en la esencia de su Ser, o en su naturaleza constitucional, no puede estar una parte en un lugar y otra parte en otro lugar. Dios es un solo Ser.




                Definiendo lo que es esencia se continuó con el término persona: la Biblia señala la existencia de Padre, Hijo y Espíritu Santo; tres personas, por lo que para preservar la enseñanza bíblica de la unidad de Dios y la existencia de tres personas en la deidad se procedió a considerar la unidad de Dios en su esencia reconociendo también que era trino en su persona; de ahí la frase: “Dios es uno en esencia y tres en persona”. Reconociendo esto, ahora, se debía evitar sugerir que alguna de las personas de la trinidad fueran menos que las otras. La Biblia enseña claramente que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo poseen la plenitud de la deidad, que el Padre es completamente Dios, el Hijo también es completamente Dios y el Espíritu Santo también es completamente Dios. Ninguna persona de la Deidad es menos que la otra, por lo que surge la pregunta de ¿cómo se diferencian las personas de la Deidad? ¿Cómo se distinguen? Aquí se echó mano al siguiente término, el de subsistencia. Una subsistencia en la Divinidad es una diferencia real no esencial (no en la ousia) entre las personas de la Deidad. No es que cada una sea distinta en su ser o esencia sino que son distintas en su subsistencia, en su “forma de existir dentro de la Deidad”; una existe como Padre, otra como hijo, y otra como espíritu Santo, pero no son tres existencias separadas. Finalmente llegamos al término Existir: Dios existe, no como nosotros sino que la Divinidad es plenamente existente, Él no puede llegar a ser sino que Es eternamente, en forma plena y absoluta.

Pero la Biblia también enseña que cada persona de la Trinidad tiene características diferentes y la iglesia procedió a conocer cómo son diferentes y se relacionan entre sí. Esto es de la siguiente forma: El Padre es el Creador de todas las cosas. El Hijo fue engendrado del Padre, no creado. Él es la Palabra, la sabiduría y la imagen del Padre. El Espíritu es el eterno poder que procede del Padre y del Hijo, Así, el Padre no es el Hijo, y el Hijo no es ni el Espíritu ni el Padre. No fue el Padre quien murió en la cruz, sino el Hijo. Ni fue el Padre el que descendió como paloma sobre Jesús en su bautismo, sino el Espíritu. Así, el Padre es llamado nuestro Creador, el Hijo, nuestro Salvador y el Espíritu nuestro Santificador.

                La Iglesia intentó definir correctamente, de acuerdo a lo revelado por Dios en la Escritura, qué es esto de la Trinidad. Debió hacerlo para evitar el error de la herejía, pero sobre todo por el mandato del Señor de escudriñar en sus misterios pues esto es gloria del hombre. Se confeccionaron símbolos o Credos en los que se expuso esta y otras doctrinas necesarias de la Fe de forma fiel a la Biblia.

                Aunque esta doctrina no se declara en forma explícita, implícitamente proviene de las escrituras, por lo tanto, constituye una enseñanza bíblica y se deduce del estudio del texto bíblico. En el caso del Antiguo Testamento, este enfatiza la unidad, singularidad y pluralidad de personas de la Deidad que nos permiten la revelación posterior de la Trinidad de Dios, por ejemplo:

1.       La unidad de Dios como lo dice el Shema de Deuteronomio 6.4, llegó a ser la confesión básica de fe del judaísmo, que puede ser traducida “El Señor nuestro Dios es un Señor”, o “El Señor nuestro Dios, el Señor solamente”. Ésta última traducción enfatiza la singularidad de Dios, que tiene por objetivo excluir toda forma de politeísmo.

 

2.       La pluralidad de Dios utilizando la palabra hebrea Elohim o el Señor, la cual, denota grandeza y supremacía ilimitada de Dios. La misma palabra hebrea es utilizada por Dios con pronombres plurales y verbos plurales en Gen. 1.26; 3.22 y 11.7, las que parecen indicar distinciones de personas.

 

3.       Las apariciones del Ángel de Jehová mencionado como Dios, pero diferenciado de Él. (Gen. 16.7-13; 18.1-21; 18.1-28) Al llamar “Dios” al Ángel de Jehová, nos indica que hay distinciones de personas dentro de la Deidad.

 

4.       Las distinciones de personas y oficios en algunos pasajes del A.T. apoya la doctrina bíblica de la Trinidad. Por ejemplo, a Jehová se le distingue de Jehová o de Dios: “Entonces Jehová hizo llover sobre Sodoma y sobre Gomorra azufre y fuego de parte de Jehová desde los cielos”. Del mismo modo, en Isaías 48.16, el versículo nos muestra claramente a una persona diferente de Dios y del Espíritu Santo hablando: “Acercaos a mí, oíd esto: desde el principio no hablé en secreto; desde que eso se hizo, allí estaba yo; y ahora me envió Jehová el Señor, y su Espíritu”. Nuevamente, el profeta Isaías en 59.20, hace una distinción entre el redentor y Dios: “Y vendrá el Redentor a Sion, y a los que se volvieren de la iniquidad en Jacob, dice Jehová”.

 

Del mismo modo, la contribución que hace el Nuevo Testamento respecto a esta doctrina es clara, aunque al igual que en el nuevo testamento, es implícita y sin mencionar la palabra Trinidad. No obstante, al igual que en el A.T., tenemos pasajes que clarifican la claridad de la doctrina.

Por ejemplo, respecto a la evidencia de la unidad de Dios, el Nuevo Testamento recalca que hay un solo Dios verdadero, como lo explica claramente 1° Cor. 8.4-6 “Acerca, pues, de las viandas que se sacrifican a los ídolos, sabemos que un ídolo nada es en el mundo, y que no hay más que un Dios. Pues aunque haya algunos que se llamen dioses, sea en el cielo, o en la tierra (como hay muchos dioses y muchos señores), para nosotros, sin embargo, sólo hay un Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas, y nosotros somos para él; y un Señor, Jesucristo, por medio del cual son todas las cosas, y nosotros por medio de él.”

En cuanto a la certidumbre del aspecto trino, debemos señalar que en cuanto al Padre se reconoce como Dios. Por ejemplo, en la oración modelo, Jesucristo llama Padre nuestro a Dios (Mt. 6.9). Esta postura no tiene contradicción y es ampliamente afirmada en varios pasajes del nuevo testamento.

Del mismo modo, Jesucristo se reconoce a sí mismo como Dios, teniendo atributos que sólo Dios tiene, como la omnipotencia, omnisciencia, eternidad. Pero también, tiene autoridad para perdonar pecados (Mr. 2.1-12) y resucitar a los muertos (Jn. 12.9). La declaración que Pablo hace en Romanos 9.5, no deja lugar a dudas respecto a la naturaleza divina de Cristo: “de quienes son los patriarcas, y de los cuales, según la carne, vino Cristo, el cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos. Amén”. (Para un estudio más detallado acerca de la Deidad de Cristo, puede visitar el siguiente link: http://vision-biblica.cmvida.cl/2021/01/la-persona-teatropica-de-cristo.html?m=0)

La evidencia bíblica es abrumadora para confirmar esta doctrina cardinal. Sin embargo, uno de los aspectos centrales de la doctrina bíblica de la Trinidad, se encuentran contemplados en el pacto que los teólogos han denominado el “pacto de la redención”, donde desde la eternidad pasada, el Padre, en amor decide enviar a su Hijo para redimir a los pecadores que Él ha escogido para su propia gloria, para que sean parte de un pueblo santo. Por su parte, el Hijo, en amor y completa sumisión a la voluntad del Padre, decide revestirse de humanidad y pagar el precio del rescate de sus escogidos, imputándoles su justicia por medio de su vida perfecta de obediencia, muriendo como sustituto vicario en la cruz y resucitando al tercer día para confirmar su victoria; y finalmente, el Espíritu Santo aplicando y haciendo efectivas las bendiciones redentoras de la vida, muerte y resurrección de Cristo, siendo la garantía del creyente hasta el momento de la glorificación y su unión definitiva con Cristo.

La Trinidad en una doctrina capital de la fe cristiana. De hecho, podemos diferir sobre cuando vendrá Cristo, si el bautismo es por inmersión o por aspersión, pero quien niegue que Dios es trino está negando la esencia del cristianismo y ya no puede ser llamado cristiano. Que Dios nos preserve del error y nos ayude a seguir sus caminos, escudriñar las Escrituras y crecer en el conocimiento de la gloria de Dios. Si hacemos esto de corazón Él bendecirá nuestra búsqueda y se alegrará que le queramos conocer.

Dios te Bendiga.



[1] Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es.

[2] Jesús le respondió: El primer mandamiento de todos es: Oye, Israel; el Señor nuestro Dios, el Señor uno es.

[3] Yo y el Padre uno somos.

[4] Salí de Padre, y he venido al mundo; otra vez dejo el mundo, y voy al Padre.

[5] Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre:

[6] Trenchard, E. (1976) Estudios de Doctrina Bíblica. Editorial Portavoz, Grand Rapids, Michigan, p. 44

domingo, 17 de enero de 2021

LA PERSONA TEATRÓPICA DE CRISTO

 La doctrina de Cristo es amplia y requiere un estudio bíblico acabado de su persona y su obra. Como tal, habitualmente dedicamos una parte importante de nuestros esfuerzos para explicar su obra de salvación, lo que comúnmente se denomina en la teología sistemática soteriología. No obstante, el tema de estudio de este artículo comprende la persona de Cristo y su relación Trinitaria antes de su encarnación y durante su vida terrenal, lo que comúnmente se denomina en Teología sistemática Cristología.

Cristológicamente, podemos sintetizar la enseñanza sobre la doctrina de la persona de Cristo de la siguiente manera: Jesucristo era completamente Dios y completamente hombre en una persona y lo será para siempre, aplicando aquí el concepto de persona teantrópica (Theos=Dios; antropos=hombre).




Debido a que la evidencia bíblica que apoya esta afirmación es abundante, y, además constituye la base para la Soteriología (Puesto que, si Cristo no fue la persona que dijo que era, la doctrina de la salvación es una falacia); el presente artículo intenta presentar en primer lugar al Cristo divino, preexistente y eterno, y posteriormente la completa humanidad de Cristo,

 

A.     LA PREEXISTENCIA DE CRISTO.

La preexistencia de Cristo significa que Él existió antes de su nacimiento y antes de todo lo que ha sido creado (Col. 1.17). El texto bíblico nos muestra a Cristo personificado como el Logos o el Verbo. Juan, inspirado por el Espíritu Santo describe al Verbo como alguien que en el principio ya era (Juan 1.1). La apología de su preexistencia continúa y dice en segundo lugar, que aquel Verbo estaba con Dios, utilizando la preposición “con”, para referirse a alguien que estaba cara a cara o frente a frente con Dios, no en oposición, sino en una relación de completa armonía y gozo mutuo entre los miembros de la Deidad (Prov. 8.30, Is. 42.8). Finalmente, Juan nos muestra al Cristo preexistente siendo Dios mismo, teniendo gloria propia (Jn. 17.5) y siendo el resplandor de la gloria divina y la imagen misma de su sustancia (Heb. 1.3, Col. 1. 15).

 

La preexistencia de Cristo implica que Él no solo existió antes de su nacimiento o antes de la creación del universo, sino que Él siempre ha existido, eternamente. El autor de hebreos, nos dice que Jesucristo es el mismo ayer, hoy y por los siglos (Heb. 13.8), denotando no sólo su inmutabilidad, sino también su eternidad. Por lo tanto, desde un punto de vista apologético, si no hay eternidad en la persona de Cristo, entonces (a) no hay Trinidad y (b) Cristo no posee deidad, por lo tanto, no hay lugar para todos los aspectos concernientes a la salvación. Arrio, un hereje del siglo III enseñó la preexistencia de Cristo, pero no su eternidad, argumentando que si Cristo era el Hijo unigénito, debió haber tenido un principio. Esta postura es sostenida por la secta de los testigos de Jehová que niega la eternidad del Logos y lo concibe como un ser creado, ubicado jerárquicamente sobre los ángeles, pero no siendo igual a Dios.

 

La iglesia de ese entonces levantó su voz para manifestar su desaprobación y condenación a la enseñanza arriana a través de apologetas como Atanasio en el concilio de Nicea. Nosotros, por tanto, defendemos, creemos y enseñamos que Cristo es preexistente y eterno desde siempre. Como lo dice el credo niceno: creemos en un solo Señor Jesucristo, el unigénito Hijo de Dios, engendrado del Padre antes de todos los siglos; Luz de Luz, verdadero Dios de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre, y por quien todo fue hecho.

(Concilio de Nícea, 325 D.C.)
 

El Cristo preexistente es Celestial, tal como lo manifiesta el evangelio de San Juan: “Nadie subió al cielo, sino el que descendió del cielo; el Hijo del Hombre, que está en el cielo. El que de arriba viene, es sobre todos; el que es de la tierra, es terrenal, y cosas terrenales habla; el que viene del cielo, es sobre todos.” (Jn. 3.31, 31). No sólo es celestial, sino como preexistente además es el creador. Cristo estuvo involucrado en la creación de forma activa, pues el texto bíblico señala que “Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho” (Jn. 1.3); “Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él” (Col. 1.16). El Cristo preexistente se atribuyó igualdad de naturaleza con el Padre (Jn. 10.30), como también afirmó tener gloria junto a su Padre antes que el mundo fuese (Jn. 17.5); y el apóstol Pablo dejó en claro que Jesucristo era de la misma naturaleza que Dios (Fil. 2.6). Cristo tiene los mismos atributos de Dios, como lo señala el apóstol Pablo en la carta a los Colosenses 2.9, cuando dice “En Él habita toda la plenitud de la Deidad”.

 

La evidencia de la eternidad del Cristo preexistente no sólo está contenida en los escritos del nuevo testamento, sino también en los del antiguo testamento. El profeta Miqueas dijo que “sus salidas son desde la eternidad” (Miq. 5.3)De la misma manera, el profeta Isaías profetizó que sería llamado “Padre eterno” (Is. 9.6). Por tanto, la escritura da testimonio y constituyen la evidencia de la eternidad de Jesucristo.

 

Antes de la encarnación, el Cristo preexistente manifestó su actividad como creador, siendo la causa por la cual, todas las cosas son creadas y por quien todas subsisten, demostrando su eterno poder y también llevando a cabo la creación para sus propios propósitos, conforme a su prerrogativa divina, actuando no solo al comienzo de la creación, sino sustentándola a través de los tiempos con su presencia y poder.  (Col. 1.16-17)

 

Del mismo modo, el Cristo preexistente tuvo apariciones antes de su encarnación en el antiguo testamento como el Ángel de Jehová, hablando como Dios, identificándose a sí mismo como Dios, recibiendo adoración como Dios. Uno de los pasajes claves en estas apariciones del Cristo preexistente en el antiguo testamento, llamadas Teofanías o Cristofanías, aparece en el libro de Éxodo: “Y Jehová descendió en la nube, y estuvo allí con él, proclamando el nombre de Jehová. Y pasando Jehová por delante de él, proclamó: !!Jehová! !!Jehová! fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad” (Ex. 34.5-6)El hecho que las Cristofanías cesaran después de la encarnación, deja de manifiesto que Él es miembro de la Trinidad.

 

B.      LA PERSONA DEL CRISTO ENCARNADO

El Cristo preexistente, no solamente es divino sino también humano. Particularizando aún más, Cristo es totalmente Dios y totalmente hombre. Juan escribe que el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros (Jn. 1.14). Por lo tanto, cuando hablamos de la encarnación, estamos hablando de la segunda persona eterna de la Trinidad revestido de naturaleza humana, con las limitaciones del ser humano, pero sin pecado, tal como lo señala el autor de hebreos (4.15)

 

El Dios hecho carne fue anunciado a través de los profetas. Isaías, por ejemplo, lo cita como el Dios fuerte (Is. 6.9) o “el gibbor”, como una referencia a la deidad y que tiene como significado héroe, cuya característica principal es que es Dios es el héroe. ¡Qué definición acerca de su propia naturaleza! También lo cita como Emanuel (7.14), que traducido es Dios con nosotros, y enfatiza primordialmente que el nacimiento del Niño a través de la virgen, trae a Dios a morar con su pueblo.

En este sentido, la encarnación se produce mediante el anuncio y posterior consumación del nacimiento virginal. En otras palabras, el nacimiento virginal fue el medio para la encarnación. Fue el ángel Gabriel quien anunció a María que concebiría del Espíritu Santo diciendo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el santo Niño que nacerá será llamado Hijo de Dios. (Lc. 1.35) Aquí, la acción trinitaria queda manifestada en el nacimiento del Santo Hijo de Dios por el poder del Espíritu Santo y a María siendo cubierta por Dios mismo.

 

Con respecto al nacimiento virginal, el apóstol Levi o Mateo, indica en la genealogía del evangelio lleva su nombre, que el Cristo nació de María, Mujer de José. Es interesante notar que la biblia no señala a Jesús siendo engendrado bajo la línea la línea de José, reforzando la verdad de las escrituras que señala que fue concebido por la acción del Espíritu Santo. El gran apóstol Pablo dice en la carta a los Gálatas 4.4 “Pero venido el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley”. Estos dos versos tienen como objetivo, aportar una evidencia extraordinaria respecto a la naturaleza teantrópica de Cristo, con repercusiones cósmicas para los efectos del cumplimiento del pacto de redención.

 

Mateo comienza su evangelio con una genealogía magnífica: “Libro de la genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham” (Mt. 1.1); el propósito para ello, era revelar que Jesucristo era el cumplimiento de los pactos davídico y abrahámico, al ser el heredero legítimo al Trono de David y la simiente prometida en la que todas las familias de la tierra serían bendecidas.

 

El Cristo encarnado tiene completa deidad. Cristo posee atributos que sólo Dios tiene. Recordemos que en Juan 8.58, Jesucristo afirmó existir desde la eternidad pasada: “Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, yo soy”; Jesucristo dejó en evidencia que conoce cosas que se podían conocer sólo si fuese omnisciente. La mujer samaritana dice de Cristo: “Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será éste el Cristo?” (Jn. 4.29).

 

Así también, demostró su omnipotencia actuando sobre la naturaleza, sobre la enfermedad, Jesucristo demostró su poder sobre la muerte resucitando a la hija de Jairo y a Lázaro, y por supuesto, demostró su poder al levantarse de la tumba y resucitar al tercer día.

 

El Cristo encarnado demostró su deidad al hacer obras que sólo Dios hace, como por ejemplo otorgar el perdón de pecados, dar vida espiritual y resucitar a los muertos.

 

Así también tuvo títulos y nombres propios de la Deidad. El título “Hijo de Dios” en relación al Cristo encarnado, se aplica para señalar que Jesús es “de la orden de Dios” y refleja su entera deidad. Por ejemplo, el título “Hijo del Hombre” aparece 88 veces en el nuevo testamento. La descripción “Hijo de Hombre” era un título Mesiánico descrito en Daniel 7.13-14, a quien le fue dado dominio, la gloria, y el reino. Cuando Jesús usaba esta frase en relación a Sí mismo, Él se estaba adjudicando la profecía del “Hijo del Hombre”. El Cristo encarnado manifestó abiertamente “ser uno con el Padre”, como nos lo señala Juan 10.30.

 

El Cristo encarnado recibió la adoración de los ángeles en su nacimiento; durante su presentación en el templo, provoca el gozo y la admiración del justo y piadoso Simeón, quien dice “ahora han visto mis ojos tu salvación…luz para revelación a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel” (Lc. 2.30,32); recibió la adoración del ciego de nacimiento cuando fue sanado; y la aclamación de las multitudes durante su entrada triunfal en Jerusalén.

 

En su perfecta Deidad, cristo fue completamente hombre. Tuvo un cuerpo humano, tuvo alma y espíritu, exhibió las características de las debilidades humanas, es decir, tuvo hambre, sueño, cansancio, se entristeció por la muerte de su amigo Lázaro, pero nunca pecó.

 

La persona teantrópica de Cristo es asombrosa. No podemos con nuestras mentes finitas concebir de forma precisa, cómo la naturaleza divina se une con la humana en la persona de Cristo. Como dice el salmista: “tal conocimiento es demasiado alto para mí, no lo puedo entender”. El escéptico encontrará aquí una razón más para continuar en su incredulidad. Pero, para los que hemos creído que “Él es el Cristo”, aún cuando no podamos comprender de forma perfecta cómo ambas naturalezas pudieron cohabitar en una sola persona, nos rendimos en adoración al Dios trino, porque si un solo punto de la doctrina Cristológica falla, entonces no hay doctrina soteriológica que valga la pena creer.

 

Por tanto, nos unimos a aquellos apologistas y padres de la iglesia que se reunieron en Calcedonia y proclamaron este credo que se mantiene hasta nuestros días:

 

Nosotros, entonces, siguiendo a los santos Padres, todos de común consentimiento, enseñamos a los hombres a confesar a Uno y el mismo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, el mismo perfecto en Deidad y también perfecto en humanidad; verdadero Dios y verdadero hombre, de cuerpo y alma racional; cosubstancial (coesencial) con el Padre de acuerdo a la Deidad, y cosubstancial con nosotros de acuerdo a la Humanidad; en todas las cosas como nosotros, sin pecado; engendrado del Padre antes de todas las edades, de acuerdo a la Deidad; y en estos postreros días, para nosotros, y por nuestra salvación, nacido de la virgen María, de acuerdo a la Humanidad; uno y el mismo, Cristo, Hijo, Señor, Unigénito, para ser reconocido en dos naturalezas, inconfundibles, incambiables, indivisibles, inseparables; por ningún medio de distinción de naturalezas desaparece por la unión, más bien es preservada la propiedad de cada naturaleza y concurrentes en una Persona y una Sustancia, no partida ni dividida en dos personas, sino uno y el mismo Hijo, y Unigénito, Dios, la Palabra, el Señor Jesucristo; como los profetas desde el principio lo han declarado con respecto a Él, y como el Señor Jesucristo mismo nos lo ha enseñado, y el Credo de los Santos Padres que nos ha sido dado. AMEN

 

(Concilio de Calcedonia, 451 D.C.)