domingo, 19 de julio de 2020

La sustitución (parte 2)


En esta ocasión, nuevamente tomaremos una porción del antiguo testamento para hablar del concepto de "sustitución penal”. Para ello, iremos a un pasaje clásico escrito hace 2700 años aproximadamente, ubicado en el capítulo 53 del profeta Isaías:

“Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido.  Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; más Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros.” (Is. 53. 4-6)

Este pasaje conocido por describir los sufrimientos del siervo de Jehová, no malgasta palabras para describir el horror de ser objeto de la ira divina a causa del pecado y está lejos de mostrar un aspecto romántico y sentimental de los  sufrimientos del Siervo de Jehová. Isaías, utiliza un lenguaje con una clara connotación judicial. La línea de pensamiento del profeta señala que la sustitución penal de Cristo identificado aquí como el “Siervo de Jehová” es una verdad incuestionable e irrefutable. La palabra ciertamente, es utilizada para dar el énfasis correspondiente al hecho que el siervo sustituto “llevó nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores”.

Se han propuesto varias ideas en cuanto a la interpretación de este texto, especialmente en lo concerniente a la esperanza de sanidad por medio del sufrimiento de Cristo. No obstante, la idea más clara pareciera ser que a causa de la encarnación del Salvador, Él mismo fue sometido por la necesidad de redención a las limitaciones y debilidades propias de la naturaleza humana. El escritor de Hebreos nos dice que Cristo también estuvo sometido a las mismas pruebas que nosotros; sólo que él jamás pecó. (Heb. 4.15, DHH) En este sentido, las escrituras clarifican que Cristo no solamente ocupó nuestro lugar en el patíbulo, sino que, como una vez más, nos clarifica el autor de Hebreos, que “era necesario que en todo fuera semejante a sus hermanos, pues sólo así podía ser un sumo sacerdote fiel y misericordioso al servicio de Dios” (Heb. 2.4 NBV); en otras palabras, el sustituto debía vivir una vida con las indisposiciones corporales propias de la naturaleza humana, como enfermedades, sueño y cansancio entre otras cosas, pero absolutamente impecable para efectuar la redención de la raza caída e interceder por su pueblo escogido. El apóstol Pablo detalla a fondo la humillación del Salvador: “el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”. (Fil. 2.6-8) El profeta nos dice que a causa de su humillación y de su condición semejante a la nuestra, “la gente lo despreció y hasta sus amigos lo abandonaron; era un hombre lleno de dolores y conocedor del sufrimiento. Y como alguien a quien otros evitan, lo despreciamos y no pensamos que fuera alguien importante”. (Is. 53.4 PDT) Para los judíos era totalmente ridículo pensar que el Mesías proemtido que salvaría a Israel y levantaría el tabernáculo caído de David, viniera en debilidad. Las escrituras dicen que ni aún sus hermanos creían en él.

Para la audiencia original, queda claro que el clímax de los sufrimientos del Siervo de Jehová, habrían ocurrido en última instancia, debido a sus propios pecados (aunque nunca pecó) y que, por consiguiente, estaba recibiendo el castigo merecido de parte de Dios. Su miopía no les permitió vislumbrar la gloria del Ungido de Jehová, quien se ofreció voluntariamente para sustituir al pueblo de su heredad, sino que por el contrario, acusaron al Mesías de blasfemia, acusaron al Señor del sábado de quebrantar el día de reposo y, acusaron a quien es Dios por sobre todas las cosas (Rom.9.5) de hacerse uno con Dios. Isaías dice que por estos motivos, Nosotros lo tuvimos por azotado, como herido por Dios y afligido (Is. 53.4 b. El apóstol Pedro dice claramente en el libro de hechos que los judíos repudiaron “al Santo y Justo, y [pidieron] que se os diera un asesino” (Hech. 3.14).

En este punto, la profecía de Isaías nos muestra un cambio radical en quienes juzgaron de una forma tan equivocada al autor de la salvación: “Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados”. (Is 53. 5). El lenguaje empleado indica una sustitución de carácter judicial. ¿Cómo sabemos esto? La palabra rebelión (pesha) significa crimen y tiene un énfasis en lo que respecta a la sublevación y anarquía, y que básicamente es el origen del pecado en un mundo que no reconoce la autoridad y soberanía indisputable de nuestro Dios. La palabra pecado usada aquí tiene una connotación judicial que alude a una sentencia o que lleva consigo una sentencia judicial. El autor señala claramente “por quienes” o “en lugar de quienes” fue efectuada la sustitución y esto debe estremecernos: “por nuestras rebeliones, por nuestros pecados, nuestra paz, fuimos nosotros curados”, nos indica que el Siervo fue castigado recibiendo la sentencia que nosotros merecíamos. ¿Cuál es la razón por la que el Siervo carga con los pecados de sus escogidos? Las escrituras nos dan varias razones, pero permítanme darle sólo una respuesta y que ha caído casi en el olvido de la mente de los evangélicos de hoy: “Más Jehová [el Padre] cargó en él [Cristo] el pecado de todos nosotros” (V. 6), y más adelante: “con todo eso, Jehová quiso quebrantarlo sujetándole a padecimiento” (V.10).

Este es el centro del asunto. La sustitución está inseparablemente ligada a la satisfacción. Para ser un sustituto perfecto, el que sustituía debía satisfacer íntegramente al Padre. Se requería del sustituto que cumpliera cabalmente las demandas de la ley para propiciar a Dios y aplacar la ira que estaba sobre todos los pecadores y que justamente merecemos. Se requería una vida humana perfecta, una ofrenda perfecta, un sacrificio perfecto. Se requería del que efectuaba la sustitución tener vida en sí mismo (Por eso debía ser Dios mismo) para resucitar con poder y gloria y de esta manera, satisfacer al Padre y sellar la justificación de los pecadores. 

La expresión más gloriosa vertida en la agonía de la cruz es “tetelestai” o “consumado es”, todo está hecho, es el grito final de victoria por parte de nuestrom Señor. La obra vicaria de Cristo estaba terminada completamente, pero en el análisis final de este asunto, es el Padre quien entrega a su Hijo para sufrir el castigo que no le correspondía, pero que era necesario para vindicar su honor. Pablo, magistralmente hace eco de esta idea y dice “Al que no conoció pecado (Cristo), por nosotros (Dios) lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él”. (2 Cor. 5.21) Dios lo trató como un pecador, para que nosotros recibiéramos su justicia. El apóstol Juan dice: En esto consiste el amor, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó primero y nos dio a su Hijo en propiciación (un sacrificio cruento y sangriento para satisfacer su justicia y remover su ira) por nuestros pecados. Era necesario que el Hijo tomara nuestro lugar y fuera tratado como el más vil de los pecadores por su propio Padre, para lograr nuestra justificación.