sábado, 23 de mayo de 2020

LA SUSTITUCIÓN (Parte 1)


El Diccionario General de la Lengua Española define la palabra “sustituir” como la acción de “ocupar [una persona o una cosa] el lugar o puesto de otra.

 

Ahora bien, hablando en términos bíblicos, la sustitución está claramente definida en las escrituras de la siguiente forma: “Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos” (Mr. 10.45).

 

La sustitución no es un concepto ajeno en las escrituras, así como tampoco, es un término exclusivamente neotestamentario.  En el libro de Éxodo, Moisés escribe: Es la víctima de la pascua de Jehová, el cual pasó por encima de las casas de los hijos de Israel en Egipto, cuando hirió a los egipcios, y libró nuestras casas. Entonces el pueblo se inclinó y adoró. (Ex. 12.27). También, en el libro de Levítico leemos lo siguiente: “Habla a los hijos de Israel y diles: Cuando alguna persona pecare por yerro en alguno de los mandamientos de Jehová sobre cosas que no se han de hacer, e hiciere alguna de ellas; si el sacerdote ungido pecare según el pecado del pueblo, ofrecerá a Jehová, por su pecado que habrá cometido, un becerro sin defecto para expiación. (Lev. 4:2-3).

 

Hasta aquí, hemos visto tanto en el antiguo como en el nuevo testamento, que la sustitución es la imagen de una víctima inocente ocupando el lugar de persona, con el propósito de sufrir su castigo y librarlo del mismo.  Una acción de esta magnitud, no sólo es loable, sino altruista. El problema más grande de toda la escritura es este: ¿Cómo Dios en su santa justicia puede otorgar misericordia a pecadores que merecen juicio? La respuesta es a través de un sustituto, un sustituto que reciba el castigo por los pecados de un transgresor, mientras que el transgresor recibe el perdón de sus pecados.

 

La práctica neotestamentaria respecto de la víctima sustitutoria, se encuentra desde la caída del hombre, cuando Dios le muestra Adán que la paga del pecado es la muerte, realizando el primer sacrificio de una víctima inocente para fabricar vestidos que cubrieran la desnudez de Adán y Eva con pieles de animales. Desde ahí, Dios mostró la necesidad de un sustituto y para ello estableció un sistema sacrificial bajo el antiguo pacto, que anticipaba el sacrificio de Cristo.

 

¿Qué propósito tenían los sacrificios bajo el antiguo pacto? Una respuesta rápida a la pregunta, sería mostrar la gravedad del pecado y la necesidad que los mismos fueran expiados o cubiertos por medio de la sangre del sacrificio derramada. Para ello, Dios estableció un sistema complejo de ofrendas diarias, semanales, mensuales, anuales y ocasionales las cuales se encuentran detalladas en los primeros cinco capítulos del libro de Levítico, las que, mediante un ritual explícito en el que la persona que ofrecía el sacrificio, ponía sus manos sobre la víctima simbolizando la transferencia de los pecados y luego procedía a sacrificar el becerro, dando a entender que la víctima ocupaba su lugar. Posteriormente, el sacerdote rociaba el altar con la sangre de la víctima sustituta para “expiar” o cubrir el pecado del transgresor, porque “sin derramamiento de sangre, no se hace remisión de pecados”. (Heb. 9.22)

 

En este sentido, es necesario recordar que la vida de la carne está en la sangre, y yo (Dios) os la he dado para hacer expiación sobre el altar por nuestras almas, y la misma sangre hará expiación de la persona(Lev. 17.11), dando a entender que el énfasis no está en la sangre que corre por las venas, sino el símbolo de la vida terminada por la sangre que es derramada, que simboliza una muerte violenta. Por otra parte, el texto nos recuerda que la sangre hace expiación, entendiendo que la expiación trae vida por medio de la sangre derramada, señalando de forma explícita que una vida debe morir, y una víctima sustituta toma su lugar para ser sacrificada.

 

Ahora bien, el texto deja en claro que “Dios ha dado la sangre para hacer expiación en el altar por nuestras almas”, por lo tanto, el énfasis del texto no sólo está en la sangre derramada sino también, en quién proporciona la sangre para expiación, quedando absolutamente claro que los sacrificios no son un recurso provisto por el hombre, sino un medio de expiación dado por Dios mismo.

 

Continuando en el A.T., el relato de éxodo 12-14, concerniente a la pascua, nos muestra una revelación que Dios hace de sí mismo a su pueblo Israel. En primer lugar, Jehová se reveló como el Juez y la plaga de la muerte de los primogénitos era su trasfondo. En segundo término, Jehová se reveló como el Redentor. En el décimo día del mes de Nisan, los israelitas debían seleccionar un cordero, macho de un año, sin defecto y sacrificarlo en el día catorce del mes. La sangre del sacrificio será untada en un hisopo y los dinteles y los postes de las puertas eran pintados con la sangre de la víctima. Dios había anunciado que el ángel de la muerte pasaría ejecutando el juicio sobre los egipcios. Esa noche nadie debía salir de sus casas, ya que estaban al amparo de la sangre rociada y el Señor había prometido pasar por alto toda casa señalada con la sangre y protegerla de la destrucción. En tercer lugar, Dios se reveló a Israel como el Dios del pacto, los había redimido para hacer de ellos su pueblo y la pascua tenía un objetivo claro: “recordar la bondad de Jehová perpetuamente”.

 

Es la víctima de la pascua de Jehová, el cual pasó por encima de las casas de los hijos de Israel en Egipto, cuando hirió a los egipcios, y libró nuestras casas. Entonces el pueblo se inclinó y adoró. (Ex. 12.27).

 

El mensaje es claro. Ellos habían sido librados de la muerte por medio de la muerte de los corderos pascuales, El apóstol Pablo dice que “nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros” (1 Cor. 5.7); el Juez y el Salvador son la misma persona. “Dios salió por en medio de Egipto y pasó por “encima” de las casas de los israelitas para protegerlos”, mostrando que Dios en Cristo nos salva de su propio juicio. Por otra parte, el relato de la liberación de Israel nos muestra que, para alcanzar la salvación fue y es a través de un sustituto que muriera en su lugar. Finalmente, no se puede enajenar la sustitución de la sangre rociada después de haberla derramado, dando a entender que tenía que haber una apropiación individual de la provisión divina; Dios tenía que ver la sangre antes de salvar a la familia. De esta forma la familia es comprada (redimida) por Dios para ser un pueblo consagrado para Él y para su gloria.