lunes, 24 de febrero de 2020

LA PROPICIACIÓN


A menudo, pensamos y reflexionamos respecto de la muerte de Cristo desde una perspectiva humana. Las escrituras hacen referencia a esta verdad en múltiples pasajes como: Rom. 8:5 “…Cristo murió por nosotros”; 1 Cor. 15:3 “Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las escrituras”; Rom. 8:32 “el que no escatimó ni a su propio hijo, sino que lo entregó por todos nosotros”, entre otros. Es verdad, Cristo murió en lugar de hombres viles y perversos como nosotros.

No obstante, un aspecto olvidado respecto al sacrificio de Cristo es que, antes que todas las cosas, la muerte de Jesús fue un sacrificio para Dios. Durante la salida de los hijos de Israel de la tierra de Egipto, Dios ordenó a Moisés establecer un sistema sacrificial continuo para el pueblo, con diferentes ordenanzas, tipificando y anticipando un sacrificio perfecto.

Un aspecto esencial de las ofrendas y holocaustos tiene relación con la forma en que debían presentarse y a quien debían ser dedicadas. Por lo tanto, si hay una verdad que enseñaba el antiguo testamento respecto al sistema de sacrificios establecidos bajo el antiguo pacto, es que estos eran ofrecidos a Jehová. (Lev. 1:9, 13, 17; 2:2, 3, 9, 10,16; 3:5, 11, 16; 4:35, 5:13) Dios estableció un sistema de sacrificios para demostrar que la verdadera apreciación espiritual de sacrificio según las Escrituras, jamás conducirá al hombre a la exaltación de una justicia propia, sino que le llevará a una profunda humildad para reconocer el plan divino de la salvación por medio de un Sustituto[1].

Este sistema de sacrificios y ofrendas por el pecado tenía por objeto aplacar la ira de Dios, de modo que es Dios quien debe ser propiciado para satisfacer su justicia. En su libro Descubriendo el glorioso Evangelio, el pastor y misionero Paul D. Washer señala que “La palabra “propiciación” viene del verbo en latín propiciare, que significa “propiciar, apaciguar, o hacer favorable”. En el Nuevo Testamento en español, la palabra “propiciación” se traduce de la palabra griega hilasmós, que se refiere a un sacrificio que satisface las demandas de la justicia de Dios y apacigua su ira”[2] .

La razón por la cual Dios establece un sistema de sacrificios es para mostrar que la paga del pecado es muerte (Rom. 6:23), con un alto sentido gráfico que el alma que pecare morirá (Ez. 18:4, 20); que Dios en su misericordia estaba derramando gracia a través del sacrificio de un sustituto (Lev. 5, 17, 23); el hombre no puede ni tiene méritos para vivir una vida perfecta delante de un Dios Santo (Gal. 3:11); y lo más importante, que esos sacrificios tendrían su fin con la aparición del Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no pueden quitar el pecado (Heb, 10:4) ni hacer perfectos a los que los ofrecen. (Cp. 10:1)

En la biblia, Dios es alabado y exaltado principalmente por dos características de su carácter: su justicia y su misericordia. A priori, no hay razón para objetar tan grande verdad, sin embargo, presentan el principal problema de las escrituras: ¿cómo un Dios justo puede ser misericordioso y justo a la vez? En Éxodo 34:6-7 leemos: Y pasando Jehová por delante de él, proclamó: !!Jehová! !!Jehová! fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad; 7 que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado, y que de ningún modo tendrá por inocente al malvado. Este texto muestra ambos atributos de Dios, pero también nos presenta una evidente contradicción. Si lee con detención, habrá notado que el Señor se complace en hacer misericordia y perdonar todo tipo de pecados, pero que de ninguna manera tendrá por inocente al culpable.

Alguien podría argumentar: “si Dios es misericordioso, entonces no es justo porque perdona todo tipo de pecados”. Por otra parte, “si Dios destruye al pecador aplicando su justicia, dejaría de ser misericordioso”. Entonces, ¿cómo podemos compatibilizar bíblicamente ambas realidades? La respuesta de Dios para satisfacer su justicia y ser misericordioso a la vez, está en la cruz de Cristo.

En contexto con lo expresado recientemente, el nuevo testamento señala que Dios puso a su hijo en propiciación por nuestros pecados (Rom. 3:25; 1 Juan 2:2; 4:10), es decir, un sacrificio cruento que tenía por objeto satisfacer las demandas de la santa ley de Dios y su justicia, para remover la ira de Dios que debía recibir cada uno de nosotros a causa de nuestras iniquidades, transgresiones y perversiones.

Sin embargo, en su propósito eterno y por su gran amor, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y bajo la ley, para redimir a los que estaban bajo la ley (Gal. 4:4), pero Cristo por su parte, obediente y voluntariamente, se sometió al propósito eterno de redención establecido por el Padre, llevando a cabo su obra de salvación de una forma perfecta en su vida de obediencia, así como también, en su muerte vicaria y sustitutoria en lugar de los pecadores, quienes no podían vivir la vida que vivió Cristo ni tampoco soportar la muerte que Cristo padeció.

En la literatura pagana, se puede apreciar el esfuerzo que el hombre realiza para apaciguar o propiciar a una deidad ofendida. No obstante, lo glorioso del Evangelio es que es el propio Hijo de Dios quien propició o satisfizo la justicia del Padre removiendo la ira de Dios contra los pecadores. ¿Cómo lo hizo? tomando mi lugar y el lugar de cada uno de sus escogidos en la cruz.

El apóstol Pablo describe esta realidad bajo la dirección del Espíritu Santo magistralmente: “al que no conoció pecado, por nosotros (Dios) lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Cor. 5:21); “Cristo nos redimió de la maldición de la ley hecho por nosotros maldición, porque escrito está: maldito todo aquel que es colgado en un madero” (Gal. 3:13); “siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús. (2 Cor. 3:24-26).

Cuando Cristo está a punto de expirar exclamó con fuerza: !Consumado es!. La obra de redención que Dios había ordenado estaba cumplida, las exigencias de una vida perfecta de obediencia y justicia habían sido cumplidas, el sacrificio por el pecado de los hombres había sido hecho por el verdadero Cordero sin mancha que prefiguraba la ley, quien por sí mismo, sólo una vez y por su propia sangre, se ha presentado como una ofrenda de grato olor delante del Padre. Cristo no sólo fue el sacrificio, sino el sumo sacerdote fiel y verdadero cuya ofrenda de sí mismo, una vida perfecta de obediencia y sin pecado, fue el sacrificio final, aceptable y completo delante de Dios, no hay necesidad de más sacrificios porque Cristo “habiendo ofrecido una vez y para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios” (Heb. 10:12) La expiación nunca más fue necesaria porque Dios quedó satisfecho o “propiciado”.       




[1] Eugenio Danyans, Conociendo a Jesús en el Antiguo Testamento. Clie, Barcelona, España, 2008. p. 366.
[2] Paul D. Washer, Descubriendo el Glorioso Evangelio. Gratia Mediae, New Albany, USA, 2016, p. 72.

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