domingo, 19 de julio de 2020

La sustitución (parte 2)


En esta ocasión, nuevamente tomaremos una porción del antiguo testamento para hablar del concepto de "sustitución penal”. Para ello, iremos a un pasaje clásico escrito hace 2700 años aproximadamente, ubicado en el capítulo 53 del profeta Isaías:

“Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido.  Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; más Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros.” (Is. 53. 4-6)

Este pasaje conocido por describir los sufrimientos del siervo de Jehová, no malgasta palabras para describir el horror de ser objeto de la ira divina a causa del pecado y está lejos de mostrar un aspecto romántico y sentimental de los  sufrimientos del Siervo de Jehová. Isaías, utiliza un lenguaje con una clara connotación judicial. La línea de pensamiento del profeta señala que la sustitución penal de Cristo identificado aquí como el “Siervo de Jehová” es una verdad incuestionable e irrefutable. La palabra ciertamente, es utilizada para dar el énfasis correspondiente al hecho que el siervo sustituto “llevó nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores”.

Se han propuesto varias ideas en cuanto a la interpretación de este texto, especialmente en lo concerniente a la esperanza de sanidad por medio del sufrimiento de Cristo. No obstante, la idea más clara pareciera ser que a causa de la encarnación del Salvador, Él mismo fue sometido por la necesidad de redención a las limitaciones y debilidades propias de la naturaleza humana. El escritor de Hebreos nos dice que Cristo también estuvo sometido a las mismas pruebas que nosotros; sólo que él jamás pecó. (Heb. 4.15, DHH) En este sentido, las escrituras clarifican que Cristo no solamente ocupó nuestro lugar en el patíbulo, sino que, como una vez más, nos clarifica el autor de Hebreos, que “era necesario que en todo fuera semejante a sus hermanos, pues sólo así podía ser un sumo sacerdote fiel y misericordioso al servicio de Dios” (Heb. 2.4 NBV); en otras palabras, el sustituto debía vivir una vida con las indisposiciones corporales propias de la naturaleza humana, como enfermedades, sueño y cansancio entre otras cosas, pero absolutamente impecable para efectuar la redención de la raza caída e interceder por su pueblo escogido. El apóstol Pablo detalla a fondo la humillación del Salvador: “el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”. (Fil. 2.6-8) El profeta nos dice que a causa de su humillación y de su condición semejante a la nuestra, “la gente lo despreció y hasta sus amigos lo abandonaron; era un hombre lleno de dolores y conocedor del sufrimiento. Y como alguien a quien otros evitan, lo despreciamos y no pensamos que fuera alguien importante”. (Is. 53.4 PDT) Para los judíos era totalmente ridículo pensar que el Mesías proemtido que salvaría a Israel y levantaría el tabernáculo caído de David, viniera en debilidad. Las escrituras dicen que ni aún sus hermanos creían en él.

Para la audiencia original, queda claro que el clímax de los sufrimientos del Siervo de Jehová, habrían ocurrido en última instancia, debido a sus propios pecados (aunque nunca pecó) y que, por consiguiente, estaba recibiendo el castigo merecido de parte de Dios. Su miopía no les permitió vislumbrar la gloria del Ungido de Jehová, quien se ofreció voluntariamente para sustituir al pueblo de su heredad, sino que por el contrario, acusaron al Mesías de blasfemia, acusaron al Señor del sábado de quebrantar el día de reposo y, acusaron a quien es Dios por sobre todas las cosas (Rom.9.5) de hacerse uno con Dios. Isaías dice que por estos motivos, Nosotros lo tuvimos por azotado, como herido por Dios y afligido (Is. 53.4 b. El apóstol Pedro dice claramente en el libro de hechos que los judíos repudiaron “al Santo y Justo, y [pidieron] que se os diera un asesino” (Hech. 3.14).

En este punto, la profecía de Isaías nos muestra un cambio radical en quienes juzgaron de una forma tan equivocada al autor de la salvación: “Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados”. (Is 53. 5). El lenguaje empleado indica una sustitución de carácter judicial. ¿Cómo sabemos esto? La palabra rebelión (pesha) significa crimen y tiene un énfasis en lo que respecta a la sublevación y anarquía, y que básicamente es el origen del pecado en un mundo que no reconoce la autoridad y soberanía indisputable de nuestro Dios. La palabra pecado usada aquí tiene una connotación judicial que alude a una sentencia o que lleva consigo una sentencia judicial. El autor señala claramente “por quienes” o “en lugar de quienes” fue efectuada la sustitución y esto debe estremecernos: “por nuestras rebeliones, por nuestros pecados, nuestra paz, fuimos nosotros curados”, nos indica que el Siervo fue castigado recibiendo la sentencia que nosotros merecíamos. ¿Cuál es la razón por la que el Siervo carga con los pecados de sus escogidos? Las escrituras nos dan varias razones, pero permítanme darle sólo una respuesta y que ha caído casi en el olvido de la mente de los evangélicos de hoy: “Más Jehová [el Padre] cargó en él [Cristo] el pecado de todos nosotros” (V. 6), y más adelante: “con todo eso, Jehová quiso quebrantarlo sujetándole a padecimiento” (V.10).

Este es el centro del asunto. La sustitución está inseparablemente ligada a la satisfacción. Para ser un sustituto perfecto, el que sustituía debía satisfacer íntegramente al Padre. Se requería del sustituto que cumpliera cabalmente las demandas de la ley para propiciar a Dios y aplacar la ira que estaba sobre todos los pecadores y que justamente merecemos. Se requería una vida humana perfecta, una ofrenda perfecta, un sacrificio perfecto. Se requería del que efectuaba la sustitución tener vida en sí mismo (Por eso debía ser Dios mismo) para resucitar con poder y gloria y de esta manera, satisfacer al Padre y sellar la justificación de los pecadores. 

La expresión más gloriosa vertida en la agonía de la cruz es “tetelestai” o “consumado es”, todo está hecho, es el grito final de victoria por parte de nuestrom Señor. La obra vicaria de Cristo estaba terminada completamente, pero en el análisis final de este asunto, es el Padre quien entrega a su Hijo para sufrir el castigo que no le correspondía, pero que era necesario para vindicar su honor. Pablo, magistralmente hace eco de esta idea y dice “Al que no conoció pecado (Cristo), por nosotros (Dios) lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él”. (2 Cor. 5.21) Dios lo trató como un pecador, para que nosotros recibiéramos su justicia. El apóstol Juan dice: En esto consiste el amor, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó primero y nos dio a su Hijo en propiciación (un sacrificio cruento y sangriento para satisfacer su justicia y remover su ira) por nuestros pecados. Era necesario que el Hijo tomara nuestro lugar y fuera tratado como el más vil de los pecadores por su propio Padre, para lograr nuestra justificación.  
 

sábado, 23 de mayo de 2020

LA SUSTITUCIÓN (Parte 1)


El Diccionario General de la Lengua Española define la palabra “sustituir” como la acción de “ocupar [una persona o una cosa] el lugar o puesto de otra.

 

Ahora bien, hablando en términos bíblicos, la sustitución está claramente definida en las escrituras de la siguiente forma: “Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos” (Mr. 10.45).

 

La sustitución no es un concepto ajeno en las escrituras, así como tampoco, es un término exclusivamente neotestamentario.  En el libro de Éxodo, Moisés escribe: Es la víctima de la pascua de Jehová, el cual pasó por encima de las casas de los hijos de Israel en Egipto, cuando hirió a los egipcios, y libró nuestras casas. Entonces el pueblo se inclinó y adoró. (Ex. 12.27). También, en el libro de Levítico leemos lo siguiente: “Habla a los hijos de Israel y diles: Cuando alguna persona pecare por yerro en alguno de los mandamientos de Jehová sobre cosas que no se han de hacer, e hiciere alguna de ellas; si el sacerdote ungido pecare según el pecado del pueblo, ofrecerá a Jehová, por su pecado que habrá cometido, un becerro sin defecto para expiación. (Lev. 4:2-3).

 

Hasta aquí, hemos visto tanto en el antiguo como en el nuevo testamento, que la sustitución es la imagen de una víctima inocente ocupando el lugar de persona, con el propósito de sufrir su castigo y librarlo del mismo.  Una acción de esta magnitud, no sólo es loable, sino altruista. El problema más grande de toda la escritura es este: ¿Cómo Dios en su santa justicia puede otorgar misericordia a pecadores que merecen juicio? La respuesta es a través de un sustituto, un sustituto que reciba el castigo por los pecados de un transgresor, mientras que el transgresor recibe el perdón de sus pecados.

 

La práctica neotestamentaria respecto de la víctima sustitutoria, se encuentra desde la caída del hombre, cuando Dios le muestra Adán que la paga del pecado es la muerte, realizando el primer sacrificio de una víctima inocente para fabricar vestidos que cubrieran la desnudez de Adán y Eva con pieles de animales. Desde ahí, Dios mostró la necesidad de un sustituto y para ello estableció un sistema sacrificial bajo el antiguo pacto, que anticipaba el sacrificio de Cristo.

 

¿Qué propósito tenían los sacrificios bajo el antiguo pacto? Una respuesta rápida a la pregunta, sería mostrar la gravedad del pecado y la necesidad que los mismos fueran expiados o cubiertos por medio de la sangre del sacrificio derramada. Para ello, Dios estableció un sistema complejo de ofrendas diarias, semanales, mensuales, anuales y ocasionales las cuales se encuentran detalladas en los primeros cinco capítulos del libro de Levítico, las que, mediante un ritual explícito en el que la persona que ofrecía el sacrificio, ponía sus manos sobre la víctima simbolizando la transferencia de los pecados y luego procedía a sacrificar el becerro, dando a entender que la víctima ocupaba su lugar. Posteriormente, el sacerdote rociaba el altar con la sangre de la víctima sustituta para “expiar” o cubrir el pecado del transgresor, porque “sin derramamiento de sangre, no se hace remisión de pecados”. (Heb. 9.22)

 

En este sentido, es necesario recordar que la vida de la carne está en la sangre, y yo (Dios) os la he dado para hacer expiación sobre el altar por nuestras almas, y la misma sangre hará expiación de la persona(Lev. 17.11), dando a entender que el énfasis no está en la sangre que corre por las venas, sino el símbolo de la vida terminada por la sangre que es derramada, que simboliza una muerte violenta. Por otra parte, el texto nos recuerda que la sangre hace expiación, entendiendo que la expiación trae vida por medio de la sangre derramada, señalando de forma explícita que una vida debe morir, y una víctima sustituta toma su lugar para ser sacrificada.

 

Ahora bien, el texto deja en claro que “Dios ha dado la sangre para hacer expiación en el altar por nuestras almas”, por lo tanto, el énfasis del texto no sólo está en la sangre derramada sino también, en quién proporciona la sangre para expiación, quedando absolutamente claro que los sacrificios no son un recurso provisto por el hombre, sino un medio de expiación dado por Dios mismo.

 

Continuando en el A.T., el relato de éxodo 12-14, concerniente a la pascua, nos muestra una revelación que Dios hace de sí mismo a su pueblo Israel. En primer lugar, Jehová se reveló como el Juez y la plaga de la muerte de los primogénitos era su trasfondo. En segundo término, Jehová se reveló como el Redentor. En el décimo día del mes de Nisan, los israelitas debían seleccionar un cordero, macho de un año, sin defecto y sacrificarlo en el día catorce del mes. La sangre del sacrificio será untada en un hisopo y los dinteles y los postes de las puertas eran pintados con la sangre de la víctima. Dios había anunciado que el ángel de la muerte pasaría ejecutando el juicio sobre los egipcios. Esa noche nadie debía salir de sus casas, ya que estaban al amparo de la sangre rociada y el Señor había prometido pasar por alto toda casa señalada con la sangre y protegerla de la destrucción. En tercer lugar, Dios se reveló a Israel como el Dios del pacto, los había redimido para hacer de ellos su pueblo y la pascua tenía un objetivo claro: “recordar la bondad de Jehová perpetuamente”.

 

Es la víctima de la pascua de Jehová, el cual pasó por encima de las casas de los hijos de Israel en Egipto, cuando hirió a los egipcios, y libró nuestras casas. Entonces el pueblo se inclinó y adoró. (Ex. 12.27).

 

El mensaje es claro. Ellos habían sido librados de la muerte por medio de la muerte de los corderos pascuales, El apóstol Pablo dice que “nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros” (1 Cor. 5.7); el Juez y el Salvador son la misma persona. “Dios salió por en medio de Egipto y pasó por “encima” de las casas de los israelitas para protegerlos”, mostrando que Dios en Cristo nos salva de su propio juicio. Por otra parte, el relato de la liberación de Israel nos muestra que, para alcanzar la salvación fue y es a través de un sustituto que muriera en su lugar. Finalmente, no se puede enajenar la sustitución de la sangre rociada después de haberla derramado, dando a entender que tenía que haber una apropiación individual de la provisión divina; Dios tenía que ver la sangre antes de salvar a la familia. De esta forma la familia es comprada (redimida) por Dios para ser un pueblo consagrado para Él y para su gloria.
 

 

martes, 7 de abril de 2020

La justificación por la fe: la acrópolis de la fe cristiana.


La justificación por la fe: la acrópolis de la fe cristiana.

“Siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús. (Rom. 3:23-26)

Con el fin de dirigir su atención a las grandes palabras que se encuentran en el capítulo 3, versículo 25 y 26, de la epístola de Pablo a los Romanos, quiero recordarle nuevamente que, en muchos sentidos, no hay versículos más importantes en todo el alcance y esfera de las Escrituras, que estos dos versículos. En ellos tenemos la afirmación clásica de la gran doctrina central de la Expiación, los consideraremos muy cuidadosa y detalladamente. Algunos han descrito esto como “La acrópolis de la fe cristiana”.

La historia de la iglesia muestra muy claramente, que estos versículos han sido el medio que Dios El Espíritu Santo ha usado para traer muchas almas de las tinieblas a la luz, y para dar a muchos pobres pecadores, el primer conocimiento salvador y su primera certidumbre de salvación.

Déjeme recordarle otra vez lo que el pasaje dice. Es la continuación de lo que el apóstol ha estado diciendo en el versículo 24. Es la gran buena nueva de que ahora es posible para nosotros, ser “justificados gratuitamente por su gracia, por la redención que es en Cristo Jesús”. En otras palabras, ahora hay un camino de salvación aparte de la ley, el cual no depende de nuestra observancia a la misma. Este es el camino gratuito que es en Cristo.

Dios nos ha rescatado en Cristo, y estos versículos 25 y 26 explican cómo este rescate ha tenido lugar. Pero, ¿Por qué tuvo que pasar algo como esto? ¿Cómo ocurrió algo así? En este capítulo, el apóstol ya ha considerado dos de las grandes palabras que explican esto. Ellas son las palabras “propiciación” y “sangre”. Ya nos ha dicho que la redención adquirida en esta manera, viene a nosotros a través de la instrumentalidad de la fe.

Pero el apóstol no se detiene en esto, él dice algo más. Veamos nuevamente la afirmación: “Al cual Dios ha propuesto en propiciación por la fe en su sangre, para manifestación de su justicia, atento a haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar su justicia en este tiempo: para que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús” (Rom. 3:25-26). ¿Por qué el apóstol continuó hasta decir todo esto? ¿Por qué no lo dejó en su primera afirmación? ¿Cuál es el significado de esta afirmación adicional?

Aquí está, obviamente, algo que es de vital interés para nosotros, nos lo dice de una vez; que la muerte del Señor Jesucristo en el calvario no fue un accidente, sino que fue la obra de Dios. Fue Dios quien “propuso a Cristo” allí. Cuán a menudo la gloria completa de la cruz es perdida cuando los hombres la sentimentalizan de alguna manera y dicen: “Oh, Él fue tan bueno con el mundo, Él era tan puro. Sus enseñanzas fueron tan maravillosas; y los crueles hombres le crucificaron”. Si nuestra opinión de la cruz de Cristo es tal que nos hace sentir lástima por Él, esto significa que nunca la hemos visto verdaderamente.

Es Dios quien le “ha propuesto”. No fue un accidente, sino algo deliberado. De hecho, el apóstol Pedro predicando en el día de Pentecostés, dijo que todo había pasado por el “determinado consejo y providencia de Dios” (Hech. 2:23). Dios le “ha propuesto”.

Este término también enfatiza el carácter público de la acción. Es un gran acto público de Dios. Dios ha hecho aquí algo en público, en la escena de la historia del mundo, con la finalidad de que esto pudiera ser visto, que pudiera mirarse y ser recordado de una vez y para siempre. Esta fue la acción más pública que jamás hubiera tenido lugar. De este modo Dios ha propuesto a Jesucristo públicamente, como una propiciación por la fe en su sangre.

En otras palabras, lo que esto significa es, que se ha manifestado el camino de Dios para hacer justos a los hombres, el camino de Dios para dar a los hombres justicia.

Pero en el versículo 25 no significa esto. En este versículo dice que Dios ha hecho algo a través de lo cual, Él manifiesta su justicia; no la justicia que Él nos da a nosotros, sino más bien la justicia como uno de sus atributos gloriosos. Esto significa la equidad de Dios, significa la rectitud judicial de Dios, significa la esencia moral, santa, justa y recta del carácter de Dios. Él dice nuevamente en el siguiente versículo (vers.26): “... para que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe (al que cree) de Jesús”. Es decir, en la cruz Dios está declarando su propia rectitud, su propio carácter justo, su propia esencial e inherente rectitud y justicia.

La siguiente frase es “atento a haber pasado por alto”. Dios está declarando su justicia “con respecto a”, “a cuenta de” la remisión de los pecados pasados.

Vea la palabra “remisión” en su Versión Autorizada y encontrará que esta palabra es usada varias veces; pero si usted se toma la molestia de buscar la palabra usada en el griego, usted hará un muy interesante descubrimiento acerca de la palabra que el apóstol usó aquí (la cual es traducida como “remisión” en la versión en inglés), descubrirá que este es el único lugar donde fue usada en todo el Nuevo Testamento. El apóstol Pablo no la usó en ningún otro lugar y nadie más la usó del todo. Hay otra palabra que es traducida también como “remisión”, y en sus varias formas, usted puede encontrarla 17 veces en el Nuevo Testamento; pero esta palabra la cual tenemos aquí en el vers. 25, es usada solamente una vez y en realidad no significa “remisión”, sino que significa “pretermisión”.

Esta es una palabra importante y debemos examinarla. ¿Qué significa “pretermisión”? ¿Qué significa “pretermitir pecados” en distinción de “remitir pecados”? Esta es una palabra que fue usada en la Ley Romana. Cuando uno la encuentra en la Ley Romana, generalmente es usada en este sentido: Se refiere a una persona que ha hecho un testamento y ha dejado a alguien fuera de su testamento.

Esto significa, si usted quiere, “pasar por alto”. Aquel hombre dio algo a todos sus parientes y amigos, pero pasó por alto a uno, esto es pretermitir. Esta es la palabra que es usada aquí en el vers. 25, “pasar por alto”, “excusar”, “no hacer caso de”, “permitir que pase sin notarlo”, “ignorar intencionalmente”. Estos son los significados que fueron dados a esta importante palabra la cual el apóstol deliberadamente escogió en este versículo.

La siguiente frase que veremos es “los pecados pasados”. “Atento a haber pasado por alto los pecados pasados”. Tomando la Versión autorizada usted podría llegar a la conclusión que el apóstol está diciendo, que Dios pasa por alto los pecados “pasados”, los pecados pasados de cualquiera; por ejemplo: mis pecados pasados, sus pecados pasados, “los pecados pasados” en general.

Pero esto no es lo que el apóstol estaba diciendo, esto no es lo que él quería decir. Una mejor traducción aquí podría ser: “pecados que fueron cometidos antiguamente”. Él se está refiriendo a un tiempo muy definido. Este es el tiempo que él contrasta en el siguiente versículo, con “en este tiempo” (vers. 26). Hubo aquel tiempo, luego este tiempo. Él dice: ‘Dios ha propuesto a Cristo, en propiciación por la fe en su sangre, para manifestación de su justicia, atento a haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados que fueron cometidos antiguamente, con la mira de manifestar su justicia en este tiempo...’

 
¿Qué es lo que él está viendo atrás? Él está viendo atrás hacia la Antigua Dispensación. Él está diciendo que Dios pasó por alto pecados bajo la antigua dispensación, bajo el pacto antiguo, en los tiempos del Antiguo Testamento. Su punto es que Dios ha hecho esto, y ahora ha propuesto a Cristo para hacer algo, acerca de lo que El hizo en aquel entonces.

Esto nos trae a la última palabra que tenemos que considerar, la cual es la palabra “paciencia” o “indulgencia”. ¿Qué es la paciencia o indulgencia? Paciencia significa ‘autorefrenamiento’ (autocontrol), significa ‘discrepancia permitida’, ‘tolerancia’. ¿Qué es lo que exactamente está diciendo aquí el apóstol? Dice: “A quien Dios ha propuesto, en propiciación por la fe en su sangre, para manifestación de su justicia, atento a haber pasado por alto, en su autorefrenamiento o paciencia, los pecados que fueron cometidos antiguamente...”

 ¿Qué quiere decir esto? Lo que Pablo está diciéndonos es que este acto público que Dios decretó y consumó en el calvario, tiene relación también con las acciones de Dios bajo la dispensación del Antiguo Testamento, cuando Dios intencionalmente no hizo caso, cuando Dios pasó por alto, por su autorefrenamiento y paciencia, los pecados de su pueblo de aquel tiempo.

Pero, ¿Qué es lo que todo esto significa? Podemos responder en una manera muy interesante a esta pregunta, viendo la misma clase de afirmación en otros lugares en el Nuevo Testamento.

¿Recuerda usted cómo habló el apóstol Pablo a la congregación de los estoicos, los epicúreos y otros en Atenas? El informe nos es dado en el capítulo 17 del libro de Los Hechos de los Apóstoles, comenzando particularmente en el versículo 30. El apóstol elaborando su argumento dice: “Empero Dios, habiendo disimulado los tiempos de esta ignorancia, ahora denuncia a todos los hombres en todos los lugares que se arrepientan” (Hech. 17:30).

Lo que el apóstol está diciendo es que, bajo el antiguo pacto, bajo la antigua dispensación, no hubo provisión para tratar con los pecados en un sentido radical. Eran simplemente medios pasajeros, como lo fueron, que duraron hasta el tiempo señalado. Estos antiguos sacrificios y ofrendas daban cierta clase de purificación de la carne, proporcionaban una purificación ceremonial, hacían apta a la persona para acudir a Dios en oración. Pero no había sacrificio bajo el Antiguo Testamento que tratara realmente con el pecado. Todo lo que estos sacrificios hacían era señalar hacía adelante, al sacrificio que había de venir, el cual realmente trataría con el pecado, limpiando las conciencias de las obras muertas y reconciliando verdaderamente al hombre con Dios.

Esto nos deja con un problema. Dios siempre se ha revelado a sí mismo como un Dios que aborrece el pecado. Él ha anunciado que castigaría el pecado, y que el castigo del pecado era la muerte. Él ha anunciado que el derramaría su ira sobre el pecado y sobre los pecadores. Y, sin embargo, aquí estaba Dios por siglos, aparentemente, y de toda apariencia, yendo atrás acerca de Sus propias afirmaciones y de acerca de Su propia Palabra. El parecía no estar castigando el pecado. Él estaba pasándolo por alto del todo. ¿Acaso Dios ha cesado de estar preocupado por estas cosas? ¿Acaso Dios ha venido a ser indiferente hacia el mal moral? ¿Cómo puede Dios pasar por alto el pecado de esta manera? Este fue el problema. Y fue un verdadero problema. Es claro que la sangre de los toros y de los machos cabríos, y las cenizas de la becerra no podían realmente perdonar el pecado. Y, sin embargo, Dios pasaba por alto estos pecados. ¿Cómo podía El hacer esto?

¿Qué es lo que justifica esta “paciencia de Dios”?

Ahora, dice el apóstol, Dios nos ha realmente explicado lo que El hizo en público delante del mundo entero, en la escena y teatro del mundo entero, con Cristo en el calvario. Él retuvo su ira a través de siglos y no la reveló completamente entonces; pero ahora, Él la ha revelado completamente. Él lo ha declarado ahora. Pablo dice, “con la mira de manifestar” (Rom. 3:26), y repetiré que, ésta era una de las cosas que estaban ocurriendo en la cruz.

En la cruz, en el monte calvario, Dios estaba dando una explicación pública de lo que Él había estado haciendo a través de los siglos. Y a través de ello, al mismo tiempo, Él estaba vindicando su propio eternal carácter de justicia y santidad.

¿Cómo hizo Dios exactamente esto? ¿Cómo ha hecho Dios esto en el calvario? ¿Cómo ha vindicado El su carácter? ¿Cómo ha dado Dios una explicación de su “haber pasado por alto” los pecados en el tiempo antiguo, de su autorefrenamiento y tolerancia? Hay una sola manera en la cual Él podría hacer esto. Dios ha afirmado que aborrece el pecado, que El castigará el pecado, que el derramará su ira sobre el pecado, y sobre todos aquellos culpables de pecado. Por lo tanto, a menos que Dios pueda probar que ha hecho esto, entonces Él no es justo. Y lo que el apóstol está diciendo es que, precisamente en el calvario Dios ha hecho esto. Él ha mostrado que aún aborrece el pecado, que Él lo va a castigar, que Él debe castigarlo, que El derramará su ira sobre El. ¿Cómo mostró esto en el calvario? Lo que Dios hizo en el calvario fue derramar sobre su unigénito y amado Hijo, su ira contra el pecado. La ira de Dios que debería haber venido sobre usted y sobre mí debido a que nuestros pecados eran sobre El.

Dios tenía que vindicar lo que Él había estado haciendo en el pasado bajo el antiguo pacto. Pero Él tenía algo más que hacer, nos dice en el versículo 26: “Con la mira de manifestar su justicia en ESTE TIEMPO”. Él ya nos ha explicado cómo es que Dios pudo pasar por alto todos esos pecados en el pasado. Pero, ¿Cómo trata con el pecado ahora? ¿Cómo tratará con los pecados en el futuro? La respuesta está también allí en la cruz del monte calvario. La enseñanza en otras palabras es esta: La cruz en el calvario, la muerte del Señor Jesucristo, tal como el apóstol Juan señala en su Primera Epístola (1Jn.2:2), “es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo”.

Esta es la cuestión, y la respuesta es que la cruz es la vindicación de Dios. La cruz es la vindicación del carácter de Dios. La cruz no solamente nos muestra el amor de Dios más gloriosamente que ninguna otra cosa, también nos muestra su rectitud, su justicia, su santidad, y toda la gloria de sus eternos atributos. Todos ellos pueden verse brillando juntos allí en la cruz. Si usted no los ve allí a todos ellos, usted no ha visto la cruz. Este es el “por qué” debemos rechazar totalmente la así llamada “teoría de la influencia moral” de la expiación.

 Todos estos atributos están y deben ser vistos brillando como diamantes en su carácter eternal, y todos deben ser mostrados. En la cruz todos ellos son manifestados.

 ¿Cómo puede Dios ser justo y justificar al impío? La respuesta es que Él puede, debido a que en la cruz ha castigado los pecados de los pecadores impíos en su propio Hijo. Él ha derramado Su ira sobre El, “...el castigo de nuestra paz sobre él; y por su llaga fuimos nosotros curados” (Isa.53:5). Dios ha hecho lo que dijo que El haría; Él ha castigado el pecado. El proclamó esto por todas partes a través de todo el Antiguo Testamento, y Él ha hecho lo que dijo que El haría. Él ha mostrado que Él es justo y recto. Él ha hecho en la cruz una declaración pública de esto. Él es justo y puede justificar, debido a que, habiendo castigado a otro en nuestro lugar, Él puede perdonarnos gratuitamente. Y Él lo hace así.

Este es el mensaje del versículo 24: “Siendo justificados (considerados, declarados, pronunciados ‘justos’) gratuitamente por su gracia, por la redención (el rescate) que es en Cristo Jesús; al cual Dios ha propuesto en propiciación por la fe en su sangre” (Rom. 3:24-25). De este modo el declara su justicia por haber pasado por alto estos pecados en su tiempo de autorefrenamiento. “Con la mira de manifestar” su justicia entonces, y ahora, y siempre al perdonar pecados. De esta manera Él es, el único y al mismo tiempo, el justo y el que justifica al que es de la fe de Jesús.

Tal es la grande, gloriosa y maravillosa afirmación. Asegúrese de que éste sea su punto de vista, y de que su entendimiento de la cruz, incluya la totalidad de ella. Examine su punto de vista acerca de la cruz. Donde está la afirmación acerca de “manifestar su justicia” y siga adelante, póngalo en su pensamiento: ¿Es esto algo que usted simplemente se salta y dice: ‘Bien, no sé qué es lo que esto quiere decir; todo lo que yo sé es que Dios es amor y que El perdona’? Pero, usted debería saber el significado de esto, porque esta es una parte esencial del glorioso Evangelio.
 
(D. Martyn Lloyd Jones)

lunes, 24 de febrero de 2020

LA PROPICIACIÓN


A menudo, pensamos y reflexionamos respecto de la muerte de Cristo desde una perspectiva humana. Las escrituras hacen referencia a esta verdad en múltiples pasajes como: Rom. 8:5 “…Cristo murió por nosotros”; 1 Cor. 15:3 “Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las escrituras”; Rom. 8:32 “el que no escatimó ni a su propio hijo, sino que lo entregó por todos nosotros”, entre otros. Es verdad, Cristo murió en lugar de hombres viles y perversos como nosotros.

No obstante, un aspecto olvidado respecto al sacrificio de Cristo es que, antes que todas las cosas, la muerte de Jesús fue un sacrificio para Dios. Durante la salida de los hijos de Israel de la tierra de Egipto, Dios ordenó a Moisés establecer un sistema sacrificial continuo para el pueblo, con diferentes ordenanzas, tipificando y anticipando un sacrificio perfecto.

Un aspecto esencial de las ofrendas y holocaustos tiene relación con la forma en que debían presentarse y a quien debían ser dedicadas. Por lo tanto, si hay una verdad que enseñaba el antiguo testamento respecto al sistema de sacrificios establecidos bajo el antiguo pacto, es que estos eran ofrecidos a Jehová. (Lev. 1:9, 13, 17; 2:2, 3, 9, 10,16; 3:5, 11, 16; 4:35, 5:13) Dios estableció un sistema de sacrificios para demostrar que la verdadera apreciación espiritual de sacrificio según las Escrituras, jamás conducirá al hombre a la exaltación de una justicia propia, sino que le llevará a una profunda humildad para reconocer el plan divino de la salvación por medio de un Sustituto[1].

Este sistema de sacrificios y ofrendas por el pecado tenía por objeto aplacar la ira de Dios, de modo que es Dios quien debe ser propiciado para satisfacer su justicia. En su libro Descubriendo el glorioso Evangelio, el pastor y misionero Paul D. Washer señala que “La palabra “propiciación” viene del verbo en latín propiciare, que significa “propiciar, apaciguar, o hacer favorable”. En el Nuevo Testamento en español, la palabra “propiciación” se traduce de la palabra griega hilasmós, que se refiere a un sacrificio que satisface las demandas de la justicia de Dios y apacigua su ira”[2] .

La razón por la cual Dios establece un sistema de sacrificios es para mostrar que la paga del pecado es muerte (Rom. 6:23), con un alto sentido gráfico que el alma que pecare morirá (Ez. 18:4, 20); que Dios en su misericordia estaba derramando gracia a través del sacrificio de un sustituto (Lev. 5, 17, 23); el hombre no puede ni tiene méritos para vivir una vida perfecta delante de un Dios Santo (Gal. 3:11); y lo más importante, que esos sacrificios tendrían su fin con la aparición del Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no pueden quitar el pecado (Heb, 10:4) ni hacer perfectos a los que los ofrecen. (Cp. 10:1)

En la biblia, Dios es alabado y exaltado principalmente por dos características de su carácter: su justicia y su misericordia. A priori, no hay razón para objetar tan grande verdad, sin embargo, presentan el principal problema de las escrituras: ¿cómo un Dios justo puede ser misericordioso y justo a la vez? En Éxodo 34:6-7 leemos: Y pasando Jehová por delante de él, proclamó: !!Jehová! !!Jehová! fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad; 7 que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado, y que de ningún modo tendrá por inocente al malvado. Este texto muestra ambos atributos de Dios, pero también nos presenta una evidente contradicción. Si lee con detención, habrá notado que el Señor se complace en hacer misericordia y perdonar todo tipo de pecados, pero que de ninguna manera tendrá por inocente al culpable.

Alguien podría argumentar: “si Dios es misericordioso, entonces no es justo porque perdona todo tipo de pecados”. Por otra parte, “si Dios destruye al pecador aplicando su justicia, dejaría de ser misericordioso”. Entonces, ¿cómo podemos compatibilizar bíblicamente ambas realidades? La respuesta de Dios para satisfacer su justicia y ser misericordioso a la vez, está en la cruz de Cristo.

En contexto con lo expresado recientemente, el nuevo testamento señala que Dios puso a su hijo en propiciación por nuestros pecados (Rom. 3:25; 1 Juan 2:2; 4:10), es decir, un sacrificio cruento que tenía por objeto satisfacer las demandas de la santa ley de Dios y su justicia, para remover la ira de Dios que debía recibir cada uno de nosotros a causa de nuestras iniquidades, transgresiones y perversiones.

Sin embargo, en su propósito eterno y por su gran amor, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y bajo la ley, para redimir a los que estaban bajo la ley (Gal. 4:4), pero Cristo por su parte, obediente y voluntariamente, se sometió al propósito eterno de redención establecido por el Padre, llevando a cabo su obra de salvación de una forma perfecta en su vida de obediencia, así como también, en su muerte vicaria y sustitutoria en lugar de los pecadores, quienes no podían vivir la vida que vivió Cristo ni tampoco soportar la muerte que Cristo padeció.

En la literatura pagana, se puede apreciar el esfuerzo que el hombre realiza para apaciguar o propiciar a una deidad ofendida. No obstante, lo glorioso del Evangelio es que es el propio Hijo de Dios quien propició o satisfizo la justicia del Padre removiendo la ira de Dios contra los pecadores. ¿Cómo lo hizo? tomando mi lugar y el lugar de cada uno de sus escogidos en la cruz.

El apóstol Pablo describe esta realidad bajo la dirección del Espíritu Santo magistralmente: “al que no conoció pecado, por nosotros (Dios) lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Cor. 5:21); “Cristo nos redimió de la maldición de la ley hecho por nosotros maldición, porque escrito está: maldito todo aquel que es colgado en un madero” (Gal. 3:13); “siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús. (2 Cor. 3:24-26).

Cuando Cristo está a punto de expirar exclamó con fuerza: !Consumado es!. La obra de redención que Dios había ordenado estaba cumplida, las exigencias de una vida perfecta de obediencia y justicia habían sido cumplidas, el sacrificio por el pecado de los hombres había sido hecho por el verdadero Cordero sin mancha que prefiguraba la ley, quien por sí mismo, sólo una vez y por su propia sangre, se ha presentado como una ofrenda de grato olor delante del Padre. Cristo no sólo fue el sacrificio, sino el sumo sacerdote fiel y verdadero cuya ofrenda de sí mismo, una vida perfecta de obediencia y sin pecado, fue el sacrificio final, aceptable y completo delante de Dios, no hay necesidad de más sacrificios porque Cristo “habiendo ofrecido una vez y para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios” (Heb. 10:12) La expiación nunca más fue necesaria porque Dios quedó satisfecho o “propiciado”.       




[1] Eugenio Danyans, Conociendo a Jesús en el Antiguo Testamento. Clie, Barcelona, España, 2008. p. 366.
[2] Paul D. Washer, Descubriendo el Glorioso Evangelio. Gratia Mediae, New Albany, USA, 2016, p. 72.