martes, 3 de diciembre de 2019

RECONCILIACIÓN.

La reconciliación es el «restablecimiento de la concordia y la amistad entre dos o más partes enemistadas». ​Reconciliación para Filippo Aureli y Frans de Waal en su libro Natural Conflict Resolution es: «Reunión amistosa post-conflictual entre previos oponentes que restaura una relación social alterada por el conflicto. En este sentido, la reconciliación es un mecanismo de resolución de conflictos.

En las escrituras la palabra para reconciliación es el griego “katallasso” que quiere decir, volver a reunir en una relación a dos partes que estaban separadas; es la restauración de la unidad o armonía donde debe haber armonía, pero donde el alejamiento o conflicto es el hecho presente.

El asunto de la reconciliación es transversal para la iglesia cristiana, puesto que de este concepto se derivan algunas verdades que serán descritas a continuación:

1.   En primer término, la reconciliación es antecedida por el conflicto. Este conflicto entre Dios y los hombres tiene su origen en el pecado transmitido por Adán a cada persona de la raza humana. Adán pecó, por ende, la raza humana fue contaminada por el pecado y la corrupción, lo que produjo la repulsión e indignación del Eterno Dios. Alguien podría decir: Dios no está enemistado con nadie, porque Dios es amor. Sin embargo, debemos señalar que al mismo tiempo que Dios es amor, también es un Dios justo.  Las escrituras señalan que Dios está airado contra el pecador todos los días (Sal. 7:11); el Señor aborrece a todos los que hacen iniquidad (Sal. 5:5); el profeta Nahúm describe a Dios como “Dios celoso y vengador es el SEÑOR; vengador es el SEÑOR e irascible. El SEÑOR se venga de sus adversarios, y guarda rencor a sus enemigos” (Nah. 1:2), entre muchas otras citas.

 

Ahora bien, es necesario aclarar que aquellos calificativos que reflejan un aspecto negativo en nuestro carácter, en Dios resultan un aspecto positivo y digno de elogio y reconocimiento por una sencilla razón: Dios es Santo y nosotros no, Dios es justo y nosotros no; por lo tanto, su ira, su celo y su venganza, tienen que ver necesariamente con la aversión y repulsión de parte del Señor a todo lo pecaminoso y corrupto, por lo tanto, en este sentido, concluimos dos cosas importantes: la primera es que Dios no necesita reconciliarse con el hombre, sino que el hombre necesita ser reconciliado con Dios; y la segunda conclusión derivada de la primera, es que el hombre por sus propios méritos no puede ser reconciliado con Dios, por lo tanto, esto nos lleva a nuestra próxima observación.

 

2.   El hombre necesita reconciliarse con Dios: el hombre está inhabilitado moralmente para reconciliarse con Dios por sus propios esfuerzos, méritos u obras, debido el hombre por naturaleza es aborrecedor de Dios, en cuanto a sus actos, omisiones y pensamientos, los cuales van de continuo al mal y aún cuando tengan la intención de promover actos altruistas, estas buenas acciones están manchadas por el pecado. Desde la planta del pie hasta la cabeza no hay en él cosa sana, sino herida, hinchazón y podrida llaga (Is. 1:6) todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia (Is. 64:6)

 

Así como el pecado es inherente al hombre, el hombre no puede cambiar su naturaleza por su propia voluntad, esta verdad está contenida en las escrituras, las cuales señalan lo siguiente: ¿Mudará el etíope su piel, y el leopardo sus manchas? Así también, ¿podréis vosotros hacer bien, estando habituados a hacer mal? (Jer. 13:23); Como está escrito: No hay justo, ni aun uno; No hay quien entienda, No hay quien busque a Dios.  Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno. (Rom. 3.10-12)

 

Si lo que señala la Biblia respecto a la inhabilidad moral del hombre para reconciliarse por sí mismo con Dios es cierto, entonces es igualmente cierto que el hombre necesita un reconciliador. Este reconciliador no podía ser un ángel, ni tampoco un profeta, debía ser un hombre de carne y hueso, sin pecado, que pudiera apartar la ira, la culpa y el castigo que nuestros pecados merecen, actuando como sustituto de los hombres frente a Dios. Pero, aquel que venía a salvar a los hombres, no podía ser cualquier hombre, sino que debía ser Dios mismo, porque Dios es celoso y no comparte su gloria con nadie. Las escrituras son claras al señalar que el oficio salvador es sólo del Señor. (Sal. 3:8; Jon. 2:9; Is. 33:22).

 

En la historia de la humanidad hay sólo un hombre que cumple el perfil y las exigencias para reconciliar al hombre: Jesucristo el Hijo de Dios. El es verdadero Dios y verdadero hombre, tan real es su humanidad como su deidad. El escritor de Juan dice de Cristo: En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.  Este era en el principio con Dios. Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad. (Juan 1:1,2,14); …Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres (Fil. 2:5-7)

 

 

3.   Dios toma la iniciativa para reconciliarnos con Él: Sería iluso creer de alguna forma que la iniciativa de reconciliación proviene del hombre. Al respecto el apóstol Pablo escribe “No hay quien busque a Dios” (Rom. 3.11), esto muestra la corrupción moral y el deseo natural del hombre de ir contra la voluntad de Dios.

No obstante, las escrituras dicen lo siguiente: En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados (1 Juan 4:10). Este texto contiene las siguientes implicancias

a.      Fue su santo amor por el hombre perdido que permitió la reconciliación. Por amor Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, bajo la ley para redimir a los que estaban bajo la maldición de la ley. Cristo vino en estado de humillación, dejó voluntariamente su trono de gloria y descendió a lo vil, para rescatar a lo vil y hacer de ellos un pueblo para su gloria y alabanza.

b.     Dios envió a su Hijo y lo dio en propiciación por nuestros pecados, esto es el sacrificio cruento de un sustituto para satisfacer la justicia de Dios y aplacar su ira sobre nosotros. Esto no es igual que en la mitología griega donde los hombres comunes y corrientes hacían algo para aplacar la ira de los dioses. En el evangelio, Cristo quien es uno con el Padre, el Verbo encarnado, la imagen misma de la gloria de Dios, fue quien propició a Dios, satisfizo su justicia y removió la ira de Dios sobre nosotros y la llevó sobre su cuerpo, sufriendo él mismo nuestros pecados y nuestros yerros. El profeta Isaías dice que Él fue herido por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados, el castigo de nuestra paz fue sobre Él y por sus llagas fuimos curados. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual, por su camino, más Jehová cargó en Él, el pecado de todos nosotros.

El apóstol Pablo resume esta gran verdad de la siguiente forma: Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo…que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados. El mismo apóstol Pablo describe la reconciliación como uno de los resultados de la justificación: “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor JesucristoPorque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida. Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en Dios por el Señor nuestro Jesucristo, por quien hemos recibido ahora la reconciliación. (Rom. 5:1, 10-11); “Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo. Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación, aboliendo en su carne las enemistades, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz, y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades. (Ef. 2:13-16)

 

4.   SOMOS MINISTROS DE RECONCILIACIÓN.

La reconciliación recibida como resultado de la justificación (Es decir la declaración legal de Dios sobre nosotros quien nos declara justos, no en base a nuestros méritos, sino en los méritos de Cristo) hace que por medio de la gracia de Dios, proclamemos el glorioso Evangelio de nuestro Salvador Jesucristo.

 

El apóstol Pablo dice en la 2da. Carta a los hermanos de Corinto:

“Por tanto, conociendo el temor del Señor, persuadimos a los hombres, pero a Dios somos manifiestos... Pues el amor de Cristo nos apremia, habiendo llegado a esta conclusión: que Uno murió por todos, y por consiguiente, todos murieron. Y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para Aquel que murió y resucitó por ellos y todo esto procede de Dios, quien nos reconcilió con Él mismo por medio de Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; es decir, que Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo con Él mismo, no tomando en cuenta a los hombres sus transgresiones, y nos ha encomendado a nosotros la palabra de la reconciliación.  Por tanto, somos embajadores de Cristo, como si Dios rogara por medio de nosotros, en nombre de Cristo les rogamos: ¡Reconcíliense con Dios! Al que no conoció pecado, lo hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él.

 

Como parte del pueblo redimido, tenemos el enorme privilegio de ser embajadores de Cristo, no para promover ideologías, ni filosofías huecas, ni pensamientos humanos; somos llamados a predicar el Evangelio para que los hombres puedan reconciliarse con Dios, para que puedan disfrutar de una nueva vida en Cristo, para que sus pecados sean borrados y el Espíritu Santo haga morada en ellos.

 

Es una muestra de gracia inmerecida, el hecho que Dios haya llamado a hombres viles y miserables para ser portadores del mensaje más poderoso y glorioso de este universo, ser ministros de reconciliación.


 

 

 

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