jueves, 31 de octubre de 2019

LA EXPIACIÓN

DEFINICIÓN
 

Ø  Expiación: Pago o reparación de las culpas mediante la realización de algún sacrificio. Y algunos sinónimos serían: purificación, sacrificio, pena, castigo.


I.- PECADO DE ADAN

 
Dios es Creador y el hombre es creación de sus manos y obra de sus planes eternos. En la desobediencia y pecado de Adán la humanidad entera se hizo merecedora de la paga del pecado y estan separados o destituidos de la Gloria de Dios. (Romanos 8:23-26)

De esta forma la muerte pasó a todos los hombres, si bien Adán no fue muerto inmediatamente por su pecado, pero a través de su pecado la muerte se instauró en este mundo.
La muerte se presenta en tres manifestaciones claras:

1.    Muerte espiritual o separación de Dios (Ef. 2:1, 2; 4:18); 
2.    Muerte física (He. 9:27); y 
3.    Muerte eterna (llamada también la segunda muerte), que incluye no solo separación eterna de Dios, sino tormento eterno en el lago de fuego (Ap. 20:1115). 

Por cuanto la humanidad entera existía en los lomos de Adán, y mientras la procreación heredó su condición caída o depravada, puede decirse que todos pecaron en él. Muertos en vuestros delitos y pecados, debido a su naturaleza pecaminosa (Mt. 12:35; 15:18–19)

Desde el primer momento que Adan pecó, se siente apartado de Dios y la vergüenza de su pecado le lleva a esconderse y a buscar la forma de presentarse ante Dios, busca como cubrir su vergüenza con hojas de higera, que de alguna manera representan, las formas en que el hombre hasta el dia de hoy busca en actos religiosos presentarse ante Dios.

Pero Dios realiza el primer sacrificio para cubrir el pecado del hombre, esto al cubrirles con las pieles de animal. Desde entonces en la historia Biblica la forma en que Dios pemitió a los hombres solicitar el perdón de sus pecados están asociados a sacrificios.

II.- SACRIFICIO DEL PRIMOGENITO
 “Jon Levenson, erudito judío que enseña en Harvard, ha escrito The Death and Resurrection of the Beloved Son (La muerte y la resurrección del hijo amado).

En la cultura judía, dado que todos formaban parte de una familia, y nadie vivía de espaldas a ella, todos intentaban alcanzar aquellas cosas para el clan al completo, en la antigüedad todas las esperanzas y los sueños de un hombre y de su familia descansaban sobre el hijo primogénito. También debemos recordar la antigua ley de la primogenitura. El hijo mayor se quedaba con la mayor parte de la herencia y de la riqueza, de modo que la familia no perdiese el lugar que ocupaba en la sociedad.

Levenson sostiene que solamente podemos entender el mandamiento de Dios a Abraham si lo vemos según este trasfondo cultural. La Biblia afirma repetidamente que, debido al pecado de los israelitas, las vidas de sus primogénitos estaban condenadas automáticamente, aunque podrían ser redimidos por medio de los sacrificios regulares (Éx. 22:29; 34:20), del servicio en el tabernáculo entre los levitas (Nm. 3:40-41) o del pago de un rescate al tabernáculo y a los sacerdotes (Nm. 3:46-48). Cuando Dios trajo el juicio sobre Egipto por esclavizar a los israelitas, su castigo definitivo fue arrebatar las vidas de sus primogénitos. Las vidas de estos estaban condenadas debido a los pecados de las familias y de la nación. El hijo primogénito era la familia. Por lo tanto, cuando Dios dijo a los israelitas que la vida del primogénito le pertenecía a menos que se pagase un rescate, decía, de la forma más vívida posible en aquellas culturas, que cualquier familia de este mundo tenía una deuda pendiente con la justicia eterna: la deuda del pecado.

Todo esto es esencial para interpretar la orden que Dios dio a Abraham”
Abraham obedeció a Dios confiado y con una fe certera de que la promesa de Dios se cumpliría, aunque sin duda, no sabía cómo Dios podría responder a su justicia, sabía que su familia necesitaba ser libre del pecado, pero también sabía y conocía el amor eterno de Jehová quien cumpliría su promesa. “Sé que Dios es tan santo como misericordioso. No sé cómo podrá ser ambas cosas, pero sé que lo hará”. Abraham obedeció y fue.

Cuando levantó su mano y tomó el cuchillo para degollar a su hijo. (Génesis 22:9-10), en aquel mismo instante, la voz de Dios descendió hasta él desde los cielos: “¡Abraham, Abraham!”.  “Heme aquí”, respondió desde el precipicio.  temes a Dios, por cuanto no me rehusaste tu hijo, tu único" v. 12. Y, en aquel momento, Abraham vio un carnero atrapado por los cuernos en un arbusto. Abraham desató a Isaac y sacrificó al animal en lugar de su hijo.

Y este acto de fe le fue contado por justicia (Genesis 15:4-5) Dios tomó su propia justicia y la acreditó a favor de Abraham como si fuera suya. Dios hizo esto porque Abraham creyó en él. Abraham fue un hombre de fe, pero la fe no debe considerarse como una obra meritoria. Nunca es el fundamento de la justificación, sino tan solo el canal a través del cual es recibida, y también es un regalo de Dios (Ef. 2:8).

III.- FIESTA DE LA EXPIACIÓN
En el temible Día de la Expiación, el judío, literalmente, o vivía o moría, de acuerdo a la voluntad de Dios: “El día décimo de este mes séptimo tendrá lugar el Día de la Expiación; celebraréis una asamblea santa, ayunaréis y presentaréis ofrendas al Señor.”

Levítico 23:27

Este era un día para la confesión. Israel debía "afligir su alma" de forma individual y ser consciente de su pecado nacional. Este era el día en el que el Sumo Sacerdote de Israel entraba en el temible Lugar Santísimo, donde Dios mismo habitaba.  La Santidad de Dios requiere un sacrificio de sangre para cubrir el pecado. La paga del pecado es la muerte porque rechazar a Dios y rechazar Sus leyes no son cosas livianas, merecen la muerte.

Pero Dios, en su infinita misericordia dispuso que su pueblo tuviese una salida a esta muerte inevitable, la confesión de pecado y el arrepentimiento acompañado de un sacrificio y el derramamiento de sangre (de un animal). Una vez al año el sumo sacerdote intercedía por todo el pueblo por el perdón de sus pecados. Si Dios aceptaba el sacrificio, el sacerdote vivía y si no fuese aceptada, el sacerdote moriría.

IV.- JESÚS EL CORDERO DE DIOS QUE QUITA EL PECADO DEL MUNDO
Tenemos la certeza de que somos libres de condenación “Porque, así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados”. (1ºCorintios 15:22)

El libro de Hebreos lo llama el mediador de un nuevo y mejor pacto (He. 8:6; 9:15; 12:24). Las personas no pueden acercarse a Dios por medio de ningún otro mediador, ni pueden alcanzar la salvación por otros medios.

Todas las familias del mundo pueden expiar sus pecados en el primogénito de toda Creación. En lugar del hijo de Abraham. El carnero fue ofrecido como sustituto de Isaac, como muestra de la ofrenda que Dios en su misericordia ofrecería a la humanidad.

Como lo declaró Juan el Bautista: “El siguiente día vio Juan a Jesús que venía a él, y dijo: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29) De esta manera, el cordero ilustra la expiación sustitutiva de Cristo. Aunque todas las familias del mundo merecían la muerte, Cristo tomó el castigo, como el Sustituto perfecto para todos los que creerían en él.

Jesús, en la cruz, derramó su propia sangre para cubrir nuestro pecado. Él expió nuestros pecados; Él pagó el precio. Y lo hizo una vez para siempre. Ya no hace falta hacer el sacrifico de un animal en nuestro lugar porque es el propio Hijo de Dios Altísimo, es quien se ha sacrificado por todo aquel que cree, para librar de la muerte y dar redención y salvación.

"Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros. Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca

cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente”

En la Obra de Cristo en la cruz se alcanzó todo lo que Dios desde el principio decidió como canal para alcanzar al hombre, El profeta Isaías escribió: “Porque yo soy Dios, y no hay otro Dios, y nada hay semejante a mí, que anuncio lo por venir desde el principio, y desde la antigüedad lo que aún no era hecho; que digo: Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero” (Is. 46:9b-10). Por lo tanto, podemos orar con la confianza de que Dios salvará a todos aquellos a quienes Él ha escogido para la redención desde antes de que empezara el mundo (cp. Jn. 17:12; Hch. 13:48).

La muerte de Cristo como cordero inmolado es la obra, perfecta que satisface la justicia de Dios, es suficiente para toda la humanidad, pues en ella son borrados todos nuestros pecados. 14 Anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz, 15 y despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz.”
 
Si buscáramos en el Nuevo Testamento sobre el cumplimiento del Día de la Expiación sería en vano. Esta es la única fiesta que no es cumplida por la Iglesia, porque la Iglesia no debe ninguna expiación. La Iglesia no es inocente, por supuesto, pero es exonerada. Jesús pagó los pecados de cada uno de nosotros.

VI.- NUESTRO DESAFÍO COMO PUEBLO DE DIOS
Reflejar la plenitud de la expiación de Cristo, motivándonos a orar con más fervor y confianza por los inconversos. Todas las personas, sin que se den cuenta, se ven beneficiadas por el carácter completamente suficiente de la obra expiatoria de Cristo (Mt. 5:45; Hch. 14:17). Su muerte sustitutiva, por la cual fue sacrificado en nuestro lugar para llevar nuestros pecados a fin de satisfacer la justicia de Dios, es suficiente para toda la humanidad.).  Sin embargo, es eficaz solo en quienes creen en Cristo y su sacrificio.

Debemos orar y buscar las estrategias para compartir esta maravillosa verdad, que en Cristo Jesús todos pueden alcanzar el perdón de sus pecados, las personas pueden acercarse al padre solo a través de Jesucristo hombre (1 ti. 2:5).no existe ningún otro mediador, ni buenas obras, ni las practicas religiosas o legalistas, ni la meditación trascendental.

Es urgente que le pidamos a Dios que los corazones de los pecadores acepten la declaración de Jesús: 

 

Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí

(Jn. 14:6).