miércoles, 1 de mayo de 2019

Un llamado para el liderazgo espiritual


La enseñanza acerca de los líderes está en el corazón del nuevo testamento. Es de suma importancia que los que ejercen el liderazgo en la Iglesia, sean pastores, obispos, diáconos o presbíteros, lo hagan desde una perspectiva bíblica, con un alto nivel espiritual. En la primera carta a Timoteo, el Señor establece principios atemporales para el ejercicio del liderazgo en la iglesia. ¿Cuál es la razón? Contar con líderes competentes e integrales, en el ámbito del ser, del saber y del hacer.


Las escrituras proveen la enseñanza central para que al igual que Éfeso, la iglesia posea un liderazgo de alto nivel. En este contexto, Pablo presenta una verdad que necesita ser observada en la iglesia de nuestros días, ya que hoy no todas las personas presentan motivos correctos para ejercer el ministerio pastoral. Algunos lo hacen para mantener la estabilidad económica, otros para obtener renombre y fama. Sin embargo, en el tiempo del apóstol Pablo, quien ejercía la labor pastoral era desprestigiado, rechazado y a causa de la persecución, los líderes arriesgaban sus vidas.


La iglesia de ayer y hoy necesita líderes bíblicos competentes, que comprendan como deben conducir sus vidas “en la casa de Dios, que es la iglesia del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad”. (1 Tim. 3:15) Es por eso que a continuación, se describen algunas características que deben ser observadas para el ejercicio del ministerio pastoral:


1.    No todas las personas son llamados a ser pastores, obispos o cualquier otra posición de liderazgo. Un requisito esencial para el llamado al liderazgo de la iglesia local es que sea un hombre: “Si alguno”, en el sentido de masculinidad y como lo corrobora el texto más adelante “marido de una sola mujer”.  


2.    El hombre que anhela o desea liderar, es caracterizado por un deseo ardiente en su vida y por una disciplina exterior. Para él el ministerio no es la mejor opción, es la única opción. No hay otra cosa que pueda hacer con su vida que lo pueda satisfacer. Por consiguiente, trabaja con diligencia a fin de prepararse para ser competente para el servicio. Aunque algunos pueden recibir el llamado tardíamente en la vida, desde ese momento en adelante no harán otra cosa, sino servir.


3.    Tener autoridad sobre la iglesia no es tarea insignificante, sino más bien una seria responsabilidad. Hebreos 13:17 advierte que los líderes deben dar cuenta a Dios por cuán fielmente han guiado, mientras que Santiago añade que, como enseñan, afrontan un juicio más severo (Stg. 3:1).


4.    La obra de predicar y dirigir la iglesia, que el Señor compró con su sangre, es el llamamiento más elevado, mayor y más glorioso al que alguna persona haya sido llamada jamás. El oficio del ministro cristiano, correctamente comprendido, es el más honorable e importante que cualquier hombre en todo el mundo pueda alguna vez tener; ¡y será uno de los asombros y empleos de la eternidad considerar las razones por las cuales la sabiduría y la bondad de Dios asignaron tal función al hombre imperfecto y culpable.


5.    El ministerio es obra, una obra exigente y de por vida. El ministerio no es una ocupación de nueve a cinco en la que uno puede terminar y olvidarse de ella cada noche. Su trabajo es perpetuo y dependiente de un esfuerzo máximo y del poder de Cristo obrando en el hombre. Pablo le advirtió a Timoteo que no impusiera “con ligereza las manos a ninguno, ni [participara] en pecados ajenos” (1 Tim. 5:22). Los que ordenan a un hombre indigno al ministerio, comparten el pecado por su pecado. La iglesia primitiva tomaba muy en serio la ordenación. En Hechos 13:2 y 14:23 leemos que la oración y ayuno acompañaban al acto de apartar a los hombres para el ministerio. Se hizo en los primeros años por los apóstoles (Hch. 14:23) y luego por los ancianos de cada congregación.


Así que la autoridad espiritual comienza con un llamamiento divino. Hombres, impulsados por una pasión interior, buscan activamente servir en la iglesia. La congregación o confirma o rechaza ese llamamiento, basándose en si la persona cumple o no con la norma que ha delineado el Espíritu en 3:2-7.

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