domingo, 20 de marzo de 2011

Tragedia en Japón y los signos de los tiempos


El día 11 de marzo el pueblo nipón sufrió el más grande desastre natural del cual haya registro en dicha región. El cuarto terremoto de la historia (desde que existe registro), 9,1 grados Richter, dio paso a un tsunami devastador que hasta el momento ha cobrado la vida de alrededor de 8.450 personas, 12.931 desaparecidos y pérdidas millonaria para la tercera economía del mundo.

El asombro internacional fue evidente, ya que se considera a Japón como uno de los países más preparados para eventualidades sísmicas debido a su gran desarrollo tecnológico y su nutrida actividad telúrica por encontrarse sobre el “cinturón de fuego” del Pacífico. De igual manera el mundo se ha mantenido espectante por la emergencia nuclear generada por fallas en la planta de Fukushima, que ha generado riesgo mundial de un desastre radiactivo.

Como nunca antes en la historia el mundo ha podido palpar en toda su dimensión el dolor de esta nación gracias a la variedad de registros audiovisuales que permite a rincones muy alejados del planeta conocer en detalle lo sucedido.

Para muchos, el aumento de la actividad sísmica, las guerras y el aumento del hambre en amplias zonas del planeta son hechos aislados que de ninguna manera guardan relación con el fin de los tiempos. No obstante, quienes vivimos sin perder de vista lo que Dios nos manifestó en las Sagradas Escrituras, sabemos que el tiempo que hoy vivimos es de vital relevancia para la humanidad y en particular para la Iglesia de Cristo.


La Biblia y el futuro

“Y oiréis de guerras y rumores de guerras; mirad que no os turbéis, porque es necesario que todo esto acontezca; pero aún no es el fin. Porque se levantará nación contra nación, y reino contra reino; y habrá pestes, y hambres, y terremotos en diferentes lugares. Y todo esto será principio de dolores.”
Jesús (Mateo 24.6-8)


¿Es realmente la palabra de Dios confiable? Muchos hoy se ven influenciados por una corriente relativista, basada en el pensamiento científico que se construye sobre el humanismo secular que caracteriza nuestro tiempo.

Dicho pensamiento sostiene que si algo no es científicamente explicado, simplemente no existe. El hombre siempre anhela tener la razón sobre la realidad que puede demostrar y denosta aquello que no es capaz de comprender o explicar científicamente. Esto sucede hoy con los escritos bíblicos de tipo escatológicos. Para quienes no aceptan la Biblia como la palabra revelada de Dios son simples colecciones de mitos y ficción sobre lo que está por venir. Pero debemos saber que este intento de “las corrientes de este siglo” no se ha gestado sólo en esta generación, sino ha sido el intento que a través de los tiempos se ha orquestado para confundir al hombre y alejarlo de la verdad de la Palabra de Dios.

Afortunadamente, es sencillo comprobar quien tiene la verdad, ya que por un lado la palabra de Dios no cambia a través de los siglos y por otro la ciencia es cambiante (estado de flujo) por lo que un simple estudio de los sucedido hasta hoy puede señalarnos en quien podemos creer para lo que sucederá mañana.

Analicemos algunos ejemplos.

En 1861, la academia francesa de ciencias, publicó un folleto declarando que existían 51 hechos científicos incontrovertibles que demostraban que la Biblia no tenía valor. Hoy no existe ningún científico respetable que sostenga y defienda al menos uno de estos postulados. La ciencia está cambiando ¡La palabra de Dios no cambia!

Las antiguas civilizaciones, muchas de ellas contemporáneas al desarrollo del pueblo judío, aceptaban el concepto de la existencia de estructuras o seres que sostenían la tierra en el espacio. Los egipcios hablaban de grandes pilares, los griegos de seres gigantes, mientras que los hindúes aseguraban que el planeta era sostenido sobre los lomos de un gran elefante. Aquella era la ciencia de la época. Sin embargo, un sencillo pueblo, que no poseía grandes adelantos tecnológicos en el ámbito astronómico, conocía la realidad que hoy todos aceptamos. ¿Cómo?. Sencillo. Este pueblo era Israel y sus grandes verdades eran reveladas por Dios a través de su palabra:

“Él (Jehová) extiende el norte sobre vacío, cuelga la tierra sobre nada” (Job 26.7, entre 2000 y 1800 A. C.)

Otro ejemplo lo vemos cuando observamos la realidad científica en los inicios del siglo XV. En aquella época, la ciencia sostenía con “seguridad” que la tierra era plana. Quien pensara lo contrario, era considerado un necio, por no aceptar las “irrefutables evidencias” que la ciencia de la época presentaba como argumento. Muchos “sabios” de aquel entonces advirtieron a un inquieto Cristóbal Colón (1492) sobre el peligro que conllevaba navegar más allá de los límites conocidos, ya que era posible encontrarse con los “bordes” del planeta. Si aquellos hombres hubiesen dado la relevancia que merece la palabra de Dios no habrían caído en lo que hoy consensuamos como un gran error. El profeta Isaías, 800 años A.C., sin ninguna imagen satelital nos revela una gran verdad:

“Él está sentado sobre el circulo de la tierra…” (Isaías 40.22)

Otro gran ejemplo lo provee la expresión Bíblica que señala la imposibilidad de contar las estrellas. Bien, un astrónomo y científico llamado Hiparco, dijo: Señores, la Biblia está errada, pues las estrellas sí se pueden contar y son 1.022. Doscientos cincuenta años después, aquella supuesta verdad fue puesta en duda de manera parcial, cuando Tolomeo postuló que sí era cierto que se podían contar, pero, que en realidad eran 1.056 estrellas. Trescientos años después Galileo inventó el telescopio y el hombre comenzó a desarrollar el conocimiento del universo creado por Dios. Hace ya alrededor de una década, el consenso científico internacional admitió que contar las estrellas es como contar cada grano de arena de cada costa del planeta. ¡Imposible! Una vez más la Biblia tenía la razón:

“Como no puede ser contado el ejército del cielo, ni la arena del mar se puede medir, así multiplicaré la descendencia de David mi siervo, y los levitas que me sirven.” (Jeremías 33.22)

Por último, consideremos una verdad fisiológica que hoy todos conocemos: la sangre recorre todo nuestro cuerpo y es el mecanismo para nutrir cada célula de nuestro organismo y permitir así su sobrevivencia. Esta verdad no siempre fue reconocida; la circulación sanguínea por todo el cuerpo, recién fue descrita en 1628 por el Dr. William Harvey. George Washington, el connotado estadista norteamericano murió desangrado, ya que desconocimiento del comportamiento de la sangre en su época hizo que los médicos hicieran sangrar diversas partes de su cuerpo para evitar un envenenamiento masivo, creyendo que la sangre circulaba de manera independiente por los diferentes segmentos del cuerpos, sin sospechar que estaban propiciando una baja del flujo sanguíneo a nival general lo que finalmente produjo su muerte.
Lejos de un pabellón quirúrgico y de un sofisticado laboratorio de investigación científica, Dios le reveló a su pueblo esta verdad por allá por el año 1444 A.C.:

“Porque la vida de toda carne es su sangre; por tanto he dicho a los hijos de Israel: no comeréis la sangre de ninguna carne, porque la vida de toda carne es su grande.” (Levítico 17.1)

En todos estos ejemplo, la Palabra de Dios demostró su veracidad por sobre el conocimiento del hombre. ¿Podremos confiar entonces, en que lo que la Biblia describe sucederá? ¡Absolutamente!. La Biblia es avalada por su exactitud histórica, por su unidad (escrita por 40 autores, en un período de 1600 años y en 3 idiomas diferentes), por sus profecías cumplidas (Jesús solamente cumplió más de 300 profecías), por su calidad de eterna y por su poder transformador.



Los signos de los tiempos

Comúnmente la expresión “los signos de los tiempos” se usa para describir ciertos acontecimientos o ciertas situaciones que preceden o señalan la segunda venida de Cristo. En este concepto la orientación primaria de estos signos es hacia el futuro, particularmente hacia los acontecimientos que rodean la Parusía.

“Más él (Jesús) respondiendo, le dijo: Cuando anochese, decís: Buen tiempo; porque el cielo tiene arreboles. Y por la mañana: Hoy habrá tempestad; porque tiene arreboles el cielo nublado. ¡Hipócritas! Que sabéis distinguir el aspecto del cielo ¡más las señales de los tiempos no podéis!” (Mateo 16.2-3)

Las palabras griegas aquí empleadas designan una significativa señal dada por Dios, que indica lo que Dios ha hecho o está haciendo o que está a punto de hacer.

“Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados y a los pobres es anunciado el evangelio.” (Mateo 11.5)

En base a estos “signos de los tiempos” los líderes judíos deberían haberse dado cuenta de que el suceso grande y decisivo de la historia ya había ocurrido con la venida del Mesías. Su negativa a discernir estos signos era su condenación.

Es cierto, por supuesto, que los “signos de los tiempos” respecto a los que hablaba Jesús, también apuntaban hacia el futuro. Si estos líderes continuaban negándose a aceptar a Jesús como el Mesías, a ellos y a sus seguidores les esperaba el juicio futuro.

En el “discurso del monte de los Olivos” registrado en Mateo 24, Marcos 13 y Lucas 21, Jesús menciona varios signos que tenían su cumplimiento inicial en el momento de la destrucción del templo de Jerusalén y culminan manifestándose en el tiempo de su regreso. Estos “signos de los tiempos” llaman a la iglesia a estar velando constantemente.

Una forma errónea de ver estos “signos de los tiempos” es pensar en ellos sólo en términos de sucesos anormales, espectaculares o catastróficos. Si los signos del regreso de Cristo son de este tipo ¿para qué tendríamos que estar siempre velando?. Jesús mismo advirtió sobre este modo de entender los dignos cuando dijo a los fariseos: “El reino de Dios no vendrá con advertencia, ni dirán: Helo aquí, o helo allí; porque he aquí el reino de Dios está entre vosotros” (Lucas 17.20-21). Las palabras de Cristo no están dirigidas en contra de “ver” los signos, sino en contra de una espectativa del reino orientada hacia lo espectacular y lo insólito, y que descuide, por lo tanto, el elemento de una decisión personal.

Otro modo erróneo de comprender “los signos de los tiempos” es el de tratar de usarlos como una manera de fijar la hora exacta del regreso de Cristo. Se han hecho tales intentos a lo largo de toda la historia cristiana. En 1818, por ejemplo, después de dos años de estudio, William Miller llegó a la conclusión de que Cristo regresaría en algún momento entre el 21 de marzo de 1843 y el 21 de marzo de 1844. Cristo mismo condenó tales intentos cuando dijo que nadie conoce el día o la hora de su regreso, ni siquiera el Hijo (Mr. 13.32; Mt. 24.36). “Los signos de los tiempos” nos hablan de la certeza de la segunda venida, pero no divulgan su fecha precisa.

Un último modo erróneo de entender “los signos de los tiempos” es el intento de construir una agenda exacta de sucesos futuros. Este intento ha sido característico de muchos movimientos sectarios de orientación escatológica. La profecía bíblica es muy diferente de la historia. No tiene la intención de darnos un conocimiento del futuro de la forma como la historia no da conocimiento del pasado. Un ejemplo de esto es que en el primer advenimiento de Cristo, nadie supo con exactitud como se cumplirían estas profecías hasta que cristo había llegado. Si creyentes hasta como el propio Juan el Bautista pudieron tener problemas con las predicciones acerca de la primera venida de Cristo ¿qué garantía tenemos ahora de que los creyentes no tendremos dificultades con las predicciones de su segunda venida?. Tenemos plena seguridad que todas las predicciones bíblicas acerca del regreso de Jesús y el fin del mundo se cumplirán, pero no sabemos exactamente cómo serán cumplidas.

Discernir “los signos de los tiempos”, por lo tanto, tiene implicaciones importantes para nuestra conducta diaria. Significa que debemos estar “aprovechando bien el tiempo porque los días son malos” (Efesios 5.16). “Andar como hijos de luz” (Efesios 5.8).

El observar “los signos de los tiempos” demanda nuestra decisión. Por medio de estos signos Dios sigue llamando al hombre a creer en jesús y ser salvos. Por su parte, cuando un creyente presta atención a “los signos de los tiempos”, se transforman en anuncios alegres de que el Señor está en su trono y que su regreso está cercano.

Animémonos al verificar que la palabra empeñada por Jesús se cumple cada día y velemos a diario pues su regreso es inminente. Lo sucedido hace un año en nuestra tierra, lo sucedido hoy en Japón y tantos otros ejemplos, son invitaciones gloriosas a velar y creer que Dios, a través de su palabra, no errará, y aquello que nos prometió se cumplirá.

“El que da testimonio de estas cosas dice: Ciertamente vengo en breve. Amén; sí, ven, Señor Jesús” (Apocalipsis 22.20)