jueves, 26 de diciembre de 2019

¡ CELEBREMOS NAVIDAD!


La controversia se ha instalado y el escepticismo ha dado paso a la incredulidad. Un grupo de personas inclina su oído para atender a la tradición y otros, para dar crédito a teorías conspirativas y a las tan populares “fake news” o noticias falsas; lo cierto es que el testimonio de las escrituras respecto al nacimiento de Cristo en la aldea de Belén ha quedado en un segundo plano y las discusiones respecto a la fecha del nacimiento de Cristo ha tomado la delantera en muchos círculos liberales, agnósticos, y aún entre los evangélicos de hoy. En tal caso, bien haría echar un vistazo a las evidencias bíblicas e históricas que rodean el nacimiento del Salvador.

En primer lugar, nos encontramos con algunas de las profecías cumplidas respecto al carácter mesiánico de Cristo:

-         El profeta Isaías anunció el nacimiento de Cristo: Por tanto, el Señor mismo os dará señal: He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel (Que traducido es Dios con nosotros). También nos dice: “Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz”.

 
-         El profeta Miqueas nos dice que nacería en Belén de Judea: Pero tú, Belén Efrata, pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel; y sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad.

Este último punto es de vital importancia para la argumentación de este artículo, porque el cronista y médico Lucas, quien escribe el libro de Los Hechos y el evangelio que lleva su nombre, señala que el nacimiento de Cristo se realizó en los días en que Augusto César era el emperador. A su vez, el imperio romano tenía gobernaciones y la gobernación que tenía jurisdicción sobre la región de Galilea y Judea, estaba a cargo de Cirenio, gobernador de Siria. (Lc. 2.1-2)

La tradición de los censos según el imperio romano, debía hacerse en las ciudades de origen. No obstante, Herodes el grande sabía que un censo bajo estas condiciones podría generar una revuelta de los judíos con el imperio romano, razón por la cual, el censo ordenado por Augusto César se llevó a cabo bajo el criterio judío, es decir, cada tribu en su lugar de origen. Debido a que las 10 tribus del norte fueron dispersadas y nunca más volvieron a sus tierras después del exilio por los asirios, los habitantes de Galilea y de otras regiones cercanas los cuales eran judíos en su mayoría, tuvieron que regresar a Judea para ser censados.

Dicho esto, el viaje desde Galilea a Judea sería de por lo menos 3 días, un viaje más largo de lo habitual ya que los judíos galileos marchaban por la región de Perea, es decir por el desierto y la llanura del Jordán evitando a toda costa, transitar por Samaria [1].

José y María, ambos descendientes directos del Rey David iniciaron su viaje hasta Belén, un viaje que para José debió haber tenido una motivación especial, ya que quiso dejar secretamente a María cuando se halló que había concebido del Espíritu Santo, pero como dice la escritura, avisado por el Señor que el fruto del vientre de María era nacido de Dios, recibió no sólo a María, sino que también, recibió a Jesús como su legítimo hijo.

La escritura no lo dice, pero personalmente creo que Dios le mostró a José su plan soberano relacionado con el Reino eterno prometido en los pactos abrahámico y davídico, las circunstancias que rodearon la maldición de Conías o Jeconías en lo concerniente a la privación de su descendencia para ocupar el trono de David debido a la maldición que pesaba sobre él (Jer. 22:24-30), y la forma cómo Dios sin faltar a su palabra a David y sin quitar la maldición que pesaba sobre el linaje de Conías, permite que a través del nacimiento milagroso y virginal de Jesucristo por medio de María, sin tener la descendencia genética de José, Jesús sea el heredero legítimo al trono de David.

Por otra parte, al examinar las evidencias históricas, Alfred Edersheim comenta en su libro “la vida y los tiempos de Jesús el Mesías” lo siguiente:

“Ahora ya no hay nada que esconder, sino mucho que revelar, aunque la manera de hacerlo sería extrañamente incongruente con el modo de pensar judaico. Y, con todo, la tradición judía puede demostrarse aquí útil e ilustrativa. El que el Mesías había de nacer en Belén (Consignado En el Talmud y en la Midrash) era una convicción establecida. Igualmente lo era la creencia de que Él se revelaría desde la Migdal Eder, “la torre del ganado” (Targum Pseudo-Jon. sobre Génesis 35:21). Esta Migdal Eder no era la torre de vigía para los ganados ordinarios que pastaban por los yermos más allá de Belén, sino los que yacían cerca de la ciudad, junto a la carretera de Jerusalén. Un pasaje en la Mishnah (Sheck. vii. 4) nos lleva a la conclusión de que los ganados que pastaban allí, estaban destinados al sacrificio en el Templo. De hecho, la Mishnah (Baba K. vii. 7) prohíbe expresamente guardar ganados por toda la tierra de Israel, excepto en los yermos; y los únicos ganados que podían pastar en otros sitios, eran los destinados a los servicios del Templo”.[2]

A pesar que el rabinismo judío mantenía un estricto monopolio sobre el cambio monetario y la venta de los corderos “sin defecto” destinados para los servicios del templo, providencialmente, Dios permitió que el nacimiento de su amado Hijo se llevara a cabo en el lugar donde pastaban los corderos para el sacrificio, concluyendo que el Cristo era el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, un cordero sin mancha y sin contaminación, ya destinado desde antes de la fundación del mundo y la ofrenda perfecta que establecía la ley para los sacrificios continuos en el templo.

 
Edersheim, comenta además:

“El mismo pasaje de la Mishnah también lleva a inferir que estos ganados pastaban allí «durante todo el año», puesto que se dice que estaban en el campo treinta días antes de la Pascua: esto es, en el mes de febrero, cuando en Palestina cae la lluvia en mayor cantidad. Así, la tradición judía, en una forma vaga, captó la primera revelación del Mesías desde la Migdal Eder, donde los pastores velaban los ganados del Templo todo el año. No hay necesidad de poner énfasis sobre el profundo significado simbólico de una coincidencia así.

Fue, pues, entonces, en aquella “noche de invierno” el 25 de diciembre que los pastores velaban los ganados destinados a los servicios sacrificiales, en el mismo lugar consagrado por la tradición como el punto en que el Mesías tenía que ser revelado por primera vez.  No hay razón adecuada para poner en duda la exactitud histórica de esta fecha. Las objeciones que se le hacen me parece a mí que no tienen base histórica. El tema ha sido discutido en un artículo por Cassel en Herzog, Real-Eneye. xvii., pp. 588-594. Pero nos llega una evidencia curiosa de origen judío. En la adición a la Megillath Taanith (ed. Varsov., p. 20 a) el 9." de Tebheth está marcado como día de ayuno, y se añade que la razón para ello no se especifica. Ahora bien, los cronistas judíos han fijado este día como el del nacimiento de Cristo, y es notable que, entre los años 500 y 816 d. de J.e. el veinticinco de diciembre cayó no menos de doce veces en el 9." de Tebheth. Si el 9." de Tebheth, o 25 de diciembre, era considerado como el día del nacimiento de Cristo, podemos entender el encubrimiento del mismo. Comp. Zunz, Ritus d. Synag. Gottesd., p. 126”.[3]

 

La única respuesta ante el cúmulo de evidencias que rodean el nacimiento del Salvador, es la adoración y la gratitud. No es solamente el hecho que Cristo naciera un 25 de diciembre o la fecha que sea, a pesar que las evidencias nos apuntan hacia esa fecha, es el acto de amor y bondad de Dios para salvar a una humanidad que no podía ni tendrá otra esperanza de salvación que no sea por medio de Cristo que nos motiva a adorar y a reconocer la importancia de este magnífico evento. Necesitábamos un Salvador, un obediente de la ley, uno que tomara nuestro lugar, alguien que nos representara e intercediera por nosotros delante del Padre, uno nacido de mujer y bajo la ley para redimirnos de la maldición de la ley, alguien que fuera Dios y al mismo tiempo hombre, y he aquí, el milagro de la encarnación y el nacimiento virginal. Cristo, hijo de David, Hijo de Abraham, Hijo de Dios, el Verbo encarnado, excelso y glorioso es su nombre, los ángeles lo reconocieron adorando con la más famosa de las doxologías “¡Gloria a Dios en las alturas, Y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!”.

 

“Oh noche divina,

nació Jesús”

 





[1] Judíos y samaritanos no se trataban entre sí, porque los samaritanos se mezclaron con los gentiles de modo que corrompieron la naturaleza del Israel étnico.
[2] Alfred Edersheim. (1988). La vida y los tiempos de Jesús el Mesías. Barcelona: CLIE, p. 225.
[3] [3] Alfred Edersheim. (1988). La vida y los tiempos de Jesús el Mesías. Barcelona: CLIE, p. 226.
 

martes, 3 de diciembre de 2019

RECONCILIACIÓN.

La reconciliación es el «restablecimiento de la concordia y la amistad entre dos o más partes enemistadas». ​Reconciliación para Filippo Aureli y Frans de Waal en su libro Natural Conflict Resolution es: «Reunión amistosa post-conflictual entre previos oponentes que restaura una relación social alterada por el conflicto. En este sentido, la reconciliación es un mecanismo de resolución de conflictos.

En las escrituras la palabra para reconciliación es el griego “katallasso” que quiere decir, volver a reunir en una relación a dos partes que estaban separadas; es la restauración de la unidad o armonía donde debe haber armonía, pero donde el alejamiento o conflicto es el hecho presente.

El asunto de la reconciliación es transversal para la iglesia cristiana, puesto que de este concepto se derivan algunas verdades que serán descritas a continuación:

1.   En primer término, la reconciliación es antecedida por el conflicto. Este conflicto entre Dios y los hombres tiene su origen en el pecado transmitido por Adán a cada persona de la raza humana. Adán pecó, por ende, la raza humana fue contaminada por el pecado y la corrupción, lo que produjo la repulsión e indignación del Eterno Dios. Alguien podría decir: Dios no está enemistado con nadie, porque Dios es amor. Sin embargo, debemos señalar que al mismo tiempo que Dios es amor, también es un Dios justo.  Las escrituras señalan que Dios está airado contra el pecador todos los días (Sal. 7:11); el Señor aborrece a todos los que hacen iniquidad (Sal. 5:5); el profeta Nahúm describe a Dios como “Dios celoso y vengador es el SEÑOR; vengador es el SEÑOR e irascible. El SEÑOR se venga de sus adversarios, y guarda rencor a sus enemigos” (Nah. 1:2), entre muchas otras citas.

 

Ahora bien, es necesario aclarar que aquellos calificativos que reflejan un aspecto negativo en nuestro carácter, en Dios resultan un aspecto positivo y digno de elogio y reconocimiento por una sencilla razón: Dios es Santo y nosotros no, Dios es justo y nosotros no; por lo tanto, su ira, su celo y su venganza, tienen que ver necesariamente con la aversión y repulsión de parte del Señor a todo lo pecaminoso y corrupto, por lo tanto, en este sentido, concluimos dos cosas importantes: la primera es que Dios no necesita reconciliarse con el hombre, sino que el hombre necesita ser reconciliado con Dios; y la segunda conclusión derivada de la primera, es que el hombre por sus propios méritos no puede ser reconciliado con Dios, por lo tanto, esto nos lleva a nuestra próxima observación.

 

2.   El hombre necesita reconciliarse con Dios: el hombre está inhabilitado moralmente para reconciliarse con Dios por sus propios esfuerzos, méritos u obras, debido el hombre por naturaleza es aborrecedor de Dios, en cuanto a sus actos, omisiones y pensamientos, los cuales van de continuo al mal y aún cuando tengan la intención de promover actos altruistas, estas buenas acciones están manchadas por el pecado. Desde la planta del pie hasta la cabeza no hay en él cosa sana, sino herida, hinchazón y podrida llaga (Is. 1:6) todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia (Is. 64:6)

 

Así como el pecado es inherente al hombre, el hombre no puede cambiar su naturaleza por su propia voluntad, esta verdad está contenida en las escrituras, las cuales señalan lo siguiente: ¿Mudará el etíope su piel, y el leopardo sus manchas? Así también, ¿podréis vosotros hacer bien, estando habituados a hacer mal? (Jer. 13:23); Como está escrito: No hay justo, ni aun uno; No hay quien entienda, No hay quien busque a Dios.  Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno. (Rom. 3.10-12)

 

Si lo que señala la Biblia respecto a la inhabilidad moral del hombre para reconciliarse por sí mismo con Dios es cierto, entonces es igualmente cierto que el hombre necesita un reconciliador. Este reconciliador no podía ser un ángel, ni tampoco un profeta, debía ser un hombre de carne y hueso, sin pecado, que pudiera apartar la ira, la culpa y el castigo que nuestros pecados merecen, actuando como sustituto de los hombres frente a Dios. Pero, aquel que venía a salvar a los hombres, no podía ser cualquier hombre, sino que debía ser Dios mismo, porque Dios es celoso y no comparte su gloria con nadie. Las escrituras son claras al señalar que el oficio salvador es sólo del Señor. (Sal. 3:8; Jon. 2:9; Is. 33:22).

 

En la historia de la humanidad hay sólo un hombre que cumple el perfil y las exigencias para reconciliar al hombre: Jesucristo el Hijo de Dios. El es verdadero Dios y verdadero hombre, tan real es su humanidad como su deidad. El escritor de Juan dice de Cristo: En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.  Este era en el principio con Dios. Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad. (Juan 1:1,2,14); …Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres (Fil. 2:5-7)

 

 

3.   Dios toma la iniciativa para reconciliarnos con Él: Sería iluso creer de alguna forma que la iniciativa de reconciliación proviene del hombre. Al respecto el apóstol Pablo escribe “No hay quien busque a Dios” (Rom. 3.11), esto muestra la corrupción moral y el deseo natural del hombre de ir contra la voluntad de Dios.

No obstante, las escrituras dicen lo siguiente: En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados (1 Juan 4:10). Este texto contiene las siguientes implicancias

a.      Fue su santo amor por el hombre perdido que permitió la reconciliación. Por amor Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, bajo la ley para redimir a los que estaban bajo la maldición de la ley. Cristo vino en estado de humillación, dejó voluntariamente su trono de gloria y descendió a lo vil, para rescatar a lo vil y hacer de ellos un pueblo para su gloria y alabanza.

b.     Dios envió a su Hijo y lo dio en propiciación por nuestros pecados, esto es el sacrificio cruento de un sustituto para satisfacer la justicia de Dios y aplacar su ira sobre nosotros. Esto no es igual que en la mitología griega donde los hombres comunes y corrientes hacían algo para aplacar la ira de los dioses. En el evangelio, Cristo quien es uno con el Padre, el Verbo encarnado, la imagen misma de la gloria de Dios, fue quien propició a Dios, satisfizo su justicia y removió la ira de Dios sobre nosotros y la llevó sobre su cuerpo, sufriendo él mismo nuestros pecados y nuestros yerros. El profeta Isaías dice que Él fue herido por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados, el castigo de nuestra paz fue sobre Él y por sus llagas fuimos curados. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual, por su camino, más Jehová cargó en Él, el pecado de todos nosotros.

El apóstol Pablo resume esta gran verdad de la siguiente forma: Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo…que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados. El mismo apóstol Pablo describe la reconciliación como uno de los resultados de la justificación: “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor JesucristoPorque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida. Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en Dios por el Señor nuestro Jesucristo, por quien hemos recibido ahora la reconciliación. (Rom. 5:1, 10-11); “Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo. Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación, aboliendo en su carne las enemistades, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz, y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades. (Ef. 2:13-16)

 

4.   SOMOS MINISTROS DE RECONCILIACIÓN.

La reconciliación recibida como resultado de la justificación (Es decir la declaración legal de Dios sobre nosotros quien nos declara justos, no en base a nuestros méritos, sino en los méritos de Cristo) hace que por medio de la gracia de Dios, proclamemos el glorioso Evangelio de nuestro Salvador Jesucristo.

 

El apóstol Pablo dice en la 2da. Carta a los hermanos de Corinto:

“Por tanto, conociendo el temor del Señor, persuadimos a los hombres, pero a Dios somos manifiestos... Pues el amor de Cristo nos apremia, habiendo llegado a esta conclusión: que Uno murió por todos, y por consiguiente, todos murieron. Y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para Aquel que murió y resucitó por ellos y todo esto procede de Dios, quien nos reconcilió con Él mismo por medio de Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; es decir, que Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo con Él mismo, no tomando en cuenta a los hombres sus transgresiones, y nos ha encomendado a nosotros la palabra de la reconciliación.  Por tanto, somos embajadores de Cristo, como si Dios rogara por medio de nosotros, en nombre de Cristo les rogamos: ¡Reconcíliense con Dios! Al que no conoció pecado, lo hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él.

 

Como parte del pueblo redimido, tenemos el enorme privilegio de ser embajadores de Cristo, no para promover ideologías, ni filosofías huecas, ni pensamientos humanos; somos llamados a predicar el Evangelio para que los hombres puedan reconciliarse con Dios, para que puedan disfrutar de una nueva vida en Cristo, para que sus pecados sean borrados y el Espíritu Santo haga morada en ellos.

 

Es una muestra de gracia inmerecida, el hecho que Dios haya llamado a hombres viles y miserables para ser portadores del mensaje más poderoso y glorioso de este universo, ser ministros de reconciliación.


 

 

 

jueves, 31 de octubre de 2019

LA EXPIACIÓN

DEFINICIÓN
 

Ø  Expiación: Pago o reparación de las culpas mediante la realización de algún sacrificio. Y algunos sinónimos serían: purificación, sacrificio, pena, castigo.


I.- PECADO DE ADAN

 
Dios es Creador y el hombre es creación de sus manos y obra de sus planes eternos. En la desobediencia y pecado de Adán la humanidad entera se hizo merecedora de la paga del pecado y estan separados o destituidos de la Gloria de Dios. (Romanos 8:23-26)

De esta forma la muerte pasó a todos los hombres, si bien Adán no fue muerto inmediatamente por su pecado, pero a través de su pecado la muerte se instauró en este mundo.
La muerte se presenta en tres manifestaciones claras:

1.    Muerte espiritual o separación de Dios (Ef. 2:1, 2; 4:18); 
2.    Muerte física (He. 9:27); y 
3.    Muerte eterna (llamada también la segunda muerte), que incluye no solo separación eterna de Dios, sino tormento eterno en el lago de fuego (Ap. 20:1115). 

Por cuanto la humanidad entera existía en los lomos de Adán, y mientras la procreación heredó su condición caída o depravada, puede decirse que todos pecaron en él. Muertos en vuestros delitos y pecados, debido a su naturaleza pecaminosa (Mt. 12:35; 15:18–19)

Desde el primer momento que Adan pecó, se siente apartado de Dios y la vergüenza de su pecado le lleva a esconderse y a buscar la forma de presentarse ante Dios, busca como cubrir su vergüenza con hojas de higera, que de alguna manera representan, las formas en que el hombre hasta el dia de hoy busca en actos religiosos presentarse ante Dios.

Pero Dios realiza el primer sacrificio para cubrir el pecado del hombre, esto al cubrirles con las pieles de animal. Desde entonces en la historia Biblica la forma en que Dios pemitió a los hombres solicitar el perdón de sus pecados están asociados a sacrificios.

II.- SACRIFICIO DEL PRIMOGENITO
 “Jon Levenson, erudito judío que enseña en Harvard, ha escrito The Death and Resurrection of the Beloved Son (La muerte y la resurrección del hijo amado).

En la cultura judía, dado que todos formaban parte de una familia, y nadie vivía de espaldas a ella, todos intentaban alcanzar aquellas cosas para el clan al completo, en la antigüedad todas las esperanzas y los sueños de un hombre y de su familia descansaban sobre el hijo primogénito. También debemos recordar la antigua ley de la primogenitura. El hijo mayor se quedaba con la mayor parte de la herencia y de la riqueza, de modo que la familia no perdiese el lugar que ocupaba en la sociedad.

Levenson sostiene que solamente podemos entender el mandamiento de Dios a Abraham si lo vemos según este trasfondo cultural. La Biblia afirma repetidamente que, debido al pecado de los israelitas, las vidas de sus primogénitos estaban condenadas automáticamente, aunque podrían ser redimidos por medio de los sacrificios regulares (Éx. 22:29; 34:20), del servicio en el tabernáculo entre los levitas (Nm. 3:40-41) o del pago de un rescate al tabernáculo y a los sacerdotes (Nm. 3:46-48). Cuando Dios trajo el juicio sobre Egipto por esclavizar a los israelitas, su castigo definitivo fue arrebatar las vidas de sus primogénitos. Las vidas de estos estaban condenadas debido a los pecados de las familias y de la nación. El hijo primogénito era la familia. Por lo tanto, cuando Dios dijo a los israelitas que la vida del primogénito le pertenecía a menos que se pagase un rescate, decía, de la forma más vívida posible en aquellas culturas, que cualquier familia de este mundo tenía una deuda pendiente con la justicia eterna: la deuda del pecado.

Todo esto es esencial para interpretar la orden que Dios dio a Abraham”
Abraham obedeció a Dios confiado y con una fe certera de que la promesa de Dios se cumpliría, aunque sin duda, no sabía cómo Dios podría responder a su justicia, sabía que su familia necesitaba ser libre del pecado, pero también sabía y conocía el amor eterno de Jehová quien cumpliría su promesa. “Sé que Dios es tan santo como misericordioso. No sé cómo podrá ser ambas cosas, pero sé que lo hará”. Abraham obedeció y fue.

Cuando levantó su mano y tomó el cuchillo para degollar a su hijo. (Génesis 22:9-10), en aquel mismo instante, la voz de Dios descendió hasta él desde los cielos: “¡Abraham, Abraham!”.  “Heme aquí”, respondió desde el precipicio.  temes a Dios, por cuanto no me rehusaste tu hijo, tu único" v. 12. Y, en aquel momento, Abraham vio un carnero atrapado por los cuernos en un arbusto. Abraham desató a Isaac y sacrificó al animal en lugar de su hijo.

Y este acto de fe le fue contado por justicia (Genesis 15:4-5) Dios tomó su propia justicia y la acreditó a favor de Abraham como si fuera suya. Dios hizo esto porque Abraham creyó en él. Abraham fue un hombre de fe, pero la fe no debe considerarse como una obra meritoria. Nunca es el fundamento de la justificación, sino tan solo el canal a través del cual es recibida, y también es un regalo de Dios (Ef. 2:8).

III.- FIESTA DE LA EXPIACIÓN
En el temible Día de la Expiación, el judío, literalmente, o vivía o moría, de acuerdo a la voluntad de Dios: “El día décimo de este mes séptimo tendrá lugar el Día de la Expiación; celebraréis una asamblea santa, ayunaréis y presentaréis ofrendas al Señor.”

Levítico 23:27

Este era un día para la confesión. Israel debía "afligir su alma" de forma individual y ser consciente de su pecado nacional. Este era el día en el que el Sumo Sacerdote de Israel entraba en el temible Lugar Santísimo, donde Dios mismo habitaba.  La Santidad de Dios requiere un sacrificio de sangre para cubrir el pecado. La paga del pecado es la muerte porque rechazar a Dios y rechazar Sus leyes no son cosas livianas, merecen la muerte.

Pero Dios, en su infinita misericordia dispuso que su pueblo tuviese una salida a esta muerte inevitable, la confesión de pecado y el arrepentimiento acompañado de un sacrificio y el derramamiento de sangre (de un animal). Una vez al año el sumo sacerdote intercedía por todo el pueblo por el perdón de sus pecados. Si Dios aceptaba el sacrificio, el sacerdote vivía y si no fuese aceptada, el sacerdote moriría.

IV.- JESÚS EL CORDERO DE DIOS QUE QUITA EL PECADO DEL MUNDO
Tenemos la certeza de que somos libres de condenación “Porque, así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados”. (1ºCorintios 15:22)

El libro de Hebreos lo llama el mediador de un nuevo y mejor pacto (He. 8:6; 9:15; 12:24). Las personas no pueden acercarse a Dios por medio de ningún otro mediador, ni pueden alcanzar la salvación por otros medios.

Todas las familias del mundo pueden expiar sus pecados en el primogénito de toda Creación. En lugar del hijo de Abraham. El carnero fue ofrecido como sustituto de Isaac, como muestra de la ofrenda que Dios en su misericordia ofrecería a la humanidad.

Como lo declaró Juan el Bautista: “El siguiente día vio Juan a Jesús que venía a él, y dijo: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29) De esta manera, el cordero ilustra la expiación sustitutiva de Cristo. Aunque todas las familias del mundo merecían la muerte, Cristo tomó el castigo, como el Sustituto perfecto para todos los que creerían en él.

Jesús, en la cruz, derramó su propia sangre para cubrir nuestro pecado. Él expió nuestros pecados; Él pagó el precio. Y lo hizo una vez para siempre. Ya no hace falta hacer el sacrifico de un animal en nuestro lugar porque es el propio Hijo de Dios Altísimo, es quien se ha sacrificado por todo aquel que cree, para librar de la muerte y dar redención y salvación.

"Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros. Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca

cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente”

En la Obra de Cristo en la cruz se alcanzó todo lo que Dios desde el principio decidió como canal para alcanzar al hombre, El profeta Isaías escribió: “Porque yo soy Dios, y no hay otro Dios, y nada hay semejante a mí, que anuncio lo por venir desde el principio, y desde la antigüedad lo que aún no era hecho; que digo: Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero” (Is. 46:9b-10). Por lo tanto, podemos orar con la confianza de que Dios salvará a todos aquellos a quienes Él ha escogido para la redención desde antes de que empezara el mundo (cp. Jn. 17:12; Hch. 13:48).

La muerte de Cristo como cordero inmolado es la obra, perfecta que satisface la justicia de Dios, es suficiente para toda la humanidad, pues en ella son borrados todos nuestros pecados. 14 Anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz, 15 y despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz.”
 
Si buscáramos en el Nuevo Testamento sobre el cumplimiento del Día de la Expiación sería en vano. Esta es la única fiesta que no es cumplida por la Iglesia, porque la Iglesia no debe ninguna expiación. La Iglesia no es inocente, por supuesto, pero es exonerada. Jesús pagó los pecados de cada uno de nosotros.

VI.- NUESTRO DESAFÍO COMO PUEBLO DE DIOS
Reflejar la plenitud de la expiación de Cristo, motivándonos a orar con más fervor y confianza por los inconversos. Todas las personas, sin que se den cuenta, se ven beneficiadas por el carácter completamente suficiente de la obra expiatoria de Cristo (Mt. 5:45; Hch. 14:17). Su muerte sustitutiva, por la cual fue sacrificado en nuestro lugar para llevar nuestros pecados a fin de satisfacer la justicia de Dios, es suficiente para toda la humanidad.).  Sin embargo, es eficaz solo en quienes creen en Cristo y su sacrificio.

Debemos orar y buscar las estrategias para compartir esta maravillosa verdad, que en Cristo Jesús todos pueden alcanzar el perdón de sus pecados, las personas pueden acercarse al padre solo a través de Jesucristo hombre (1 ti. 2:5).no existe ningún otro mediador, ni buenas obras, ni las practicas religiosas o legalistas, ni la meditación trascendental.

Es urgente que le pidamos a Dios que los corazones de los pecadores acepten la declaración de Jesús: 

 

Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí

(Jn. 14:6).