lunes, 24 de febrero de 2020

LA PROPICIACIÓN


A menudo, pensamos y reflexionamos respecto de la muerte de Cristo desde una perspectiva humana. Las escrituras hacen referencia a esta verdad en múltiples pasajes como: Rom. 8:5 “…Cristo murió por nosotros”; 1 Cor. 15:3 “Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las escrituras”; Rom. 8:32 “el que no escatimó ni a su propio hijo, sino que lo entregó por todos nosotros”, entre otros. Es verdad, Cristo murió en lugar de hombres viles y perversos como nosotros.

No obstante, un aspecto olvidado respecto al sacrificio de Cristo es que, antes que todas las cosas, la muerte de Jesús fue un sacrificio para Dios. Durante la salida de los hijos de Israel de la tierra de Egipto, Dios ordenó a Moisés establecer un sistema sacrificial continuo para el pueblo, con diferentes ordenanzas, tipificando y anticipando un sacrificio perfecto.

Un aspecto esencial de las ofrendas y holocaustos tiene relación con la forma en que debían presentarse y a quien debían ser dedicadas. Por lo tanto, si hay una verdad que enseñaba el antiguo testamento respecto al sistema de sacrificios establecidos bajo el antiguo pacto, es que estos eran ofrecidos a Jehová. (Lev. 1:9, 13, 17; 2:2, 3, 9, 10,16; 3:5, 11, 16; 4:35, 5:13) Dios estableció un sistema de sacrificios para demostrar que la verdadera apreciación espiritual de sacrificio según las Escrituras, jamás conducirá al hombre a la exaltación de una justicia propia, sino que le llevará a una profunda humildad para reconocer el plan divino de la salvación por medio de un Sustituto[1].

Este sistema de sacrificios y ofrendas por el pecado tenía por objeto aplacar la ira de Dios, de modo que es Dios quien debe ser propiciado para satisfacer su justicia. En su libro Descubriendo el glorioso Evangelio, el pastor y misionero Paul D. Washer señala que “La palabra “propiciación” viene del verbo en latín propiciare, que significa “propiciar, apaciguar, o hacer favorable”. En el Nuevo Testamento en español, la palabra “propiciación” se traduce de la palabra griega hilasmós, que se refiere a un sacrificio que satisface las demandas de la justicia de Dios y apacigua su ira”[2] .

La razón por la cual Dios establece un sistema de sacrificios es para mostrar que la paga del pecado es muerte (Rom. 6:23), con un alto sentido gráfico que el alma que pecare morirá (Ez. 18:4, 20); que Dios en su misericordia estaba derramando gracia a través del sacrificio de un sustituto (Lev. 5, 17, 23); el hombre no puede ni tiene méritos para vivir una vida perfecta delante de un Dios Santo (Gal. 3:11); y lo más importante, que esos sacrificios tendrían su fin con la aparición del Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no pueden quitar el pecado (Heb, 10:4) ni hacer perfectos a los que los ofrecen. (Cp. 10:1)

En la biblia, Dios es alabado y exaltado principalmente por dos características de su carácter: su justicia y su misericordia. A priori, no hay razón para objetar tan grande verdad, sin embargo, presentan el principal problema de las escrituras: ¿cómo un Dios justo puede ser misericordioso y justo a la vez? En Éxodo 34:6-7 leemos: Y pasando Jehová por delante de él, proclamó: !!Jehová! !!Jehová! fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad; 7 que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado, y que de ningún modo tendrá por inocente al malvado. Este texto muestra ambos atributos de Dios, pero también nos presenta una evidente contradicción. Si lee con detención, habrá notado que el Señor se complace en hacer misericordia y perdonar todo tipo de pecados, pero que de ninguna manera tendrá por inocente al culpable.

Alguien podría argumentar: “si Dios es misericordioso, entonces no es justo porque perdona todo tipo de pecados”. Por otra parte, “si Dios destruye al pecador aplicando su justicia, dejaría de ser misericordioso”. Entonces, ¿cómo podemos compatibilizar bíblicamente ambas realidades? La respuesta de Dios para satisfacer su justicia y ser misericordioso a la vez, está en la cruz de Cristo.

En contexto con lo expresado recientemente, el nuevo testamento señala que Dios puso a su hijo en propiciación por nuestros pecados (Rom. 3:25; 1 Juan 2:2; 4:10), es decir, un sacrificio cruento que tenía por objeto satisfacer las demandas de la santa ley de Dios y su justicia, para remover la ira de Dios que debía recibir cada uno de nosotros a causa de nuestras iniquidades, transgresiones y perversiones.

Sin embargo, en su propósito eterno y por su gran amor, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y bajo la ley, para redimir a los que estaban bajo la ley (Gal. 4:4), pero Cristo por su parte, obediente y voluntariamente, se sometió al propósito eterno de redención establecido por el Padre, llevando a cabo su obra de salvación de una forma perfecta en su vida de obediencia, así como también, en su muerte vicaria y sustitutoria en lugar de los pecadores, quienes no podían vivir la vida que vivió Cristo ni tampoco soportar la muerte que Cristo padeció.

En la literatura pagana, se puede apreciar el esfuerzo que el hombre realiza para apaciguar o propiciar a una deidad ofendida. No obstante, lo glorioso del Evangelio es que es el propio Hijo de Dios quien propició o satisfizo la justicia del Padre removiendo la ira de Dios contra los pecadores. ¿Cómo lo hizo? tomando mi lugar y el lugar de cada uno de sus escogidos en la cruz.

El apóstol Pablo describe esta realidad bajo la dirección del Espíritu Santo magistralmente: “al que no conoció pecado, por nosotros (Dios) lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Cor. 5:21); “Cristo nos redimió de la maldición de la ley hecho por nosotros maldición, porque escrito está: maldito todo aquel que es colgado en un madero” (Gal. 3:13); “siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús. (2 Cor. 3:24-26).

Cuando Cristo está a punto de expirar exclamó con fuerza: !Consumado es!. La obra de redención que Dios había ordenado estaba cumplida, las exigencias de una vida perfecta de obediencia y justicia habían sido cumplidas, el sacrificio por el pecado de los hombres había sido hecho por el verdadero Cordero sin mancha que prefiguraba la ley, quien por sí mismo, sólo una vez y por su propia sangre, se ha presentado como una ofrenda de grato olor delante del Padre. Cristo no sólo fue el sacrificio, sino el sumo sacerdote fiel y verdadero cuya ofrenda de sí mismo, una vida perfecta de obediencia y sin pecado, fue el sacrificio final, aceptable y completo delante de Dios, no hay necesidad de más sacrificios porque Cristo “habiendo ofrecido una vez y para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios” (Heb. 10:12) La expiación nunca más fue necesaria porque Dios quedó satisfecho o “propiciado”.       




[1] Eugenio Danyans, Conociendo a Jesús en el Antiguo Testamento. Clie, Barcelona, España, 2008. p. 366.
[2] Paul D. Washer, Descubriendo el Glorioso Evangelio. Gratia Mediae, New Albany, USA, 2016, p. 72.

jueves, 26 de diciembre de 2019

¡ CELEBREMOS NAVIDAD!


La controversia se ha instalado y el escepticismo ha dado paso a la incredulidad. Un grupo de personas inclina su oído para atender a la tradición y otros, para dar crédito a teorías conspirativas y a las tan populares “fake news” o noticias falsas; lo cierto es que el testimonio de las escrituras respecto al nacimiento de Cristo en la aldea de Belén ha quedado en un segundo plano y las discusiones respecto a la fecha del nacimiento de Cristo ha tomado la delantera en muchos círculos liberales, agnósticos, y aún entre los evangélicos de hoy. En tal caso, bien haría echar un vistazo a las evidencias bíblicas e históricas que rodean el nacimiento del Salvador.

En primer lugar, nos encontramos con algunas de las profecías cumplidas respecto al carácter mesiánico de Cristo:

-         El profeta Isaías anunció el nacimiento de Cristo: Por tanto, el Señor mismo os dará señal: He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel (Que traducido es Dios con nosotros). También nos dice: “Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz”.

 
-         El profeta Miqueas nos dice que nacería en Belén de Judea: Pero tú, Belén Efrata, pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel; y sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad.

Este último punto es de vital importancia para la argumentación de este artículo, porque el cronista y médico Lucas, quien escribe el libro de Los Hechos y el evangelio que lleva su nombre, señala que el nacimiento de Cristo se realizó en los días en que Augusto César era el emperador. A su vez, el imperio romano tenía gobernaciones y la gobernación que tenía jurisdicción sobre la región de Galilea y Judea, estaba a cargo de Cirenio, gobernador de Siria. (Lc. 2.1-2)

La tradición de los censos según el imperio romano, debía hacerse en las ciudades de origen. No obstante, Herodes el grande sabía que un censo bajo estas condiciones podría generar una revuelta de los judíos con el imperio romano, razón por la cual, el censo ordenado por Augusto César se llevó a cabo bajo el criterio judío, es decir, cada tribu en su lugar de origen. Debido a que las 10 tribus del norte fueron dispersadas y nunca más volvieron a sus tierras después del exilio por los asirios, los habitantes de Galilea y de otras regiones cercanas los cuales eran judíos en su mayoría, tuvieron que regresar a Judea para ser censados.

Dicho esto, el viaje desde Galilea a Judea sería de por lo menos 3 días, un viaje más largo de lo habitual ya que los judíos galileos marchaban por la región de Perea, es decir por el desierto y la llanura del Jordán evitando a toda costa, transitar por Samaria [1].

José y María, ambos descendientes directos del Rey David iniciaron su viaje hasta Belén, un viaje que para José debió haber tenido una motivación especial, ya que quiso dejar secretamente a María cuando se halló que había concebido del Espíritu Santo, pero como dice la escritura, avisado por el Señor que el fruto del vientre de María era nacido de Dios, recibió no sólo a María, sino que también, recibió a Jesús como su legítimo hijo.

La escritura no lo dice, pero personalmente creo que Dios le mostró a José su plan soberano relacionado con el Reino eterno prometido en los pactos abrahámico y davídico, las circunstancias que rodearon la maldición de Conías o Jeconías en lo concerniente a la privación de su descendencia para ocupar el trono de David debido a la maldición que pesaba sobre él (Jer. 22:24-30), y la forma cómo Dios sin faltar a su palabra a David y sin quitar la maldición que pesaba sobre el linaje de Conías, permite que a través del nacimiento milagroso y virginal de Jesucristo por medio de María, sin tener la descendencia genética de José, Jesús sea el heredero legítimo al trono de David.

Por otra parte, al examinar las evidencias históricas, Alfred Edersheim comenta en su libro “la vida y los tiempos de Jesús el Mesías” lo siguiente:

“Ahora ya no hay nada que esconder, sino mucho que revelar, aunque la manera de hacerlo sería extrañamente incongruente con el modo de pensar judaico. Y, con todo, la tradición judía puede demostrarse aquí útil e ilustrativa. El que el Mesías había de nacer en Belén (Consignado En el Talmud y en la Midrash) era una convicción establecida. Igualmente lo era la creencia de que Él se revelaría desde la Migdal Eder, “la torre del ganado” (Targum Pseudo-Jon. sobre Génesis 35:21). Esta Migdal Eder no era la torre de vigía para los ganados ordinarios que pastaban por los yermos más allá de Belén, sino los que yacían cerca de la ciudad, junto a la carretera de Jerusalén. Un pasaje en la Mishnah (Sheck. vii. 4) nos lleva a la conclusión de que los ganados que pastaban allí, estaban destinados al sacrificio en el Templo. De hecho, la Mishnah (Baba K. vii. 7) prohíbe expresamente guardar ganados por toda la tierra de Israel, excepto en los yermos; y los únicos ganados que podían pastar en otros sitios, eran los destinados a los servicios del Templo”.[2]

A pesar que el rabinismo judío mantenía un estricto monopolio sobre el cambio monetario y la venta de los corderos “sin defecto” destinados para los servicios del templo, providencialmente, Dios permitió que el nacimiento de su amado Hijo se llevara a cabo en el lugar donde pastaban los corderos para el sacrificio, concluyendo que el Cristo era el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, un cordero sin mancha y sin contaminación, ya destinado desde antes de la fundación del mundo y la ofrenda perfecta que establecía la ley para los sacrificios continuos en el templo.

 
Edersheim, comenta además:

“El mismo pasaje de la Mishnah también lleva a inferir que estos ganados pastaban allí «durante todo el año», puesto que se dice que estaban en el campo treinta días antes de la Pascua: esto es, en el mes de febrero, cuando en Palestina cae la lluvia en mayor cantidad. Así, la tradición judía, en una forma vaga, captó la primera revelación del Mesías desde la Migdal Eder, donde los pastores velaban los ganados del Templo todo el año. No hay necesidad de poner énfasis sobre el profundo significado simbólico de una coincidencia así.

Fue, pues, entonces, en aquella “noche de invierno” el 25 de diciembre que los pastores velaban los ganados destinados a los servicios sacrificiales, en el mismo lugar consagrado por la tradición como el punto en que el Mesías tenía que ser revelado por primera vez.  No hay razón adecuada para poner en duda la exactitud histórica de esta fecha. Las objeciones que se le hacen me parece a mí que no tienen base histórica. El tema ha sido discutido en un artículo por Cassel en Herzog, Real-Eneye. xvii., pp. 588-594. Pero nos llega una evidencia curiosa de origen judío. En la adición a la Megillath Taanith (ed. Varsov., p. 20 a) el 9." de Tebheth está marcado como día de ayuno, y se añade que la razón para ello no se especifica. Ahora bien, los cronistas judíos han fijado este día como el del nacimiento de Cristo, y es notable que, entre los años 500 y 816 d. de J.e. el veinticinco de diciembre cayó no menos de doce veces en el 9." de Tebheth. Si el 9." de Tebheth, o 25 de diciembre, era considerado como el día del nacimiento de Cristo, podemos entender el encubrimiento del mismo. Comp. Zunz, Ritus d. Synag. Gottesd., p. 126”.[3]

 

La única respuesta ante el cúmulo de evidencias que rodean el nacimiento del Salvador, es la adoración y la gratitud. No es solamente el hecho que Cristo naciera un 25 de diciembre o la fecha que sea, a pesar que las evidencias nos apuntan hacia esa fecha, es el acto de amor y bondad de Dios para salvar a una humanidad que no podía ni tendrá otra esperanza de salvación que no sea por medio de Cristo que nos motiva a adorar y a reconocer la importancia de este magnífico evento. Necesitábamos un Salvador, un obediente de la ley, uno que tomara nuestro lugar, alguien que nos representara e intercediera por nosotros delante del Padre, uno nacido de mujer y bajo la ley para redimirnos de la maldición de la ley, alguien que fuera Dios y al mismo tiempo hombre, y he aquí, el milagro de la encarnación y el nacimiento virginal. Cristo, hijo de David, Hijo de Abraham, Hijo de Dios, el Verbo encarnado, excelso y glorioso es su nombre, los ángeles lo reconocieron adorando con la más famosa de las doxologías “¡Gloria a Dios en las alturas, Y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!”.

 

“Oh noche divina,

nació Jesús”

 





[1] Judíos y samaritanos no se trataban entre sí, porque los samaritanos se mezclaron con los gentiles de modo que corrompieron la naturaleza del Israel étnico.
[2] Alfred Edersheim. (1988). La vida y los tiempos de Jesús el Mesías. Barcelona: CLIE, p. 225.
[3] [3] Alfred Edersheim. (1988). La vida y los tiempos de Jesús el Mesías. Barcelona: CLIE, p. 226.
 

martes, 3 de diciembre de 2019

RECONCILIACIÓN.

La reconciliación es el «restablecimiento de la concordia y la amistad entre dos o más partes enemistadas». ​Reconciliación para Filippo Aureli y Frans de Waal en su libro Natural Conflict Resolution es: «Reunión amistosa post-conflictual entre previos oponentes que restaura una relación social alterada por el conflicto. En este sentido, la reconciliación es un mecanismo de resolución de conflictos.

En las escrituras la palabra para reconciliación es el griego “katallasso” que quiere decir, volver a reunir en una relación a dos partes que estaban separadas; es la restauración de la unidad o armonía donde debe haber armonía, pero donde el alejamiento o conflicto es el hecho presente.

El asunto de la reconciliación es transversal para la iglesia cristiana, puesto que de este concepto se derivan algunas verdades que serán descritas a continuación:

1.   En primer término, la reconciliación es antecedida por el conflicto. Este conflicto entre Dios y los hombres tiene su origen en el pecado transmitido por Adán a cada persona de la raza humana. Adán pecó, por ende, la raza humana fue contaminada por el pecado y la corrupción, lo que produjo la repulsión e indignación del Eterno Dios. Alguien podría decir: Dios no está enemistado con nadie, porque Dios es amor. Sin embargo, debemos señalar que al mismo tiempo que Dios es amor, también es un Dios justo.  Las escrituras señalan que Dios está airado contra el pecador todos los días (Sal. 7:11); el Señor aborrece a todos los que hacen iniquidad (Sal. 5:5); el profeta Nahúm describe a Dios como “Dios celoso y vengador es el SEÑOR; vengador es el SEÑOR e irascible. El SEÑOR se venga de sus adversarios, y guarda rencor a sus enemigos” (Nah. 1:2), entre muchas otras citas.

 

Ahora bien, es necesario aclarar que aquellos calificativos que reflejan un aspecto negativo en nuestro carácter, en Dios resultan un aspecto positivo y digno de elogio y reconocimiento por una sencilla razón: Dios es Santo y nosotros no, Dios es justo y nosotros no; por lo tanto, su ira, su celo y su venganza, tienen que ver necesariamente con la aversión y repulsión de parte del Señor a todo lo pecaminoso y corrupto, por lo tanto, en este sentido, concluimos dos cosas importantes: la primera es que Dios no necesita reconciliarse con el hombre, sino que el hombre necesita ser reconciliado con Dios; y la segunda conclusión derivada de la primera, es que el hombre por sus propios méritos no puede ser reconciliado con Dios, por lo tanto, esto nos lleva a nuestra próxima observación.

 

2.   El hombre necesita reconciliarse con Dios: el hombre está inhabilitado moralmente para reconciliarse con Dios por sus propios esfuerzos, méritos u obras, debido el hombre por naturaleza es aborrecedor de Dios, en cuanto a sus actos, omisiones y pensamientos, los cuales van de continuo al mal y aún cuando tengan la intención de promover actos altruistas, estas buenas acciones están manchadas por el pecado. Desde la planta del pie hasta la cabeza no hay en él cosa sana, sino herida, hinchazón y podrida llaga (Is. 1:6) todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia (Is. 64:6)

 

Así como el pecado es inherente al hombre, el hombre no puede cambiar su naturaleza por su propia voluntad, esta verdad está contenida en las escrituras, las cuales señalan lo siguiente: ¿Mudará el etíope su piel, y el leopardo sus manchas? Así también, ¿podréis vosotros hacer bien, estando habituados a hacer mal? (Jer. 13:23); Como está escrito: No hay justo, ni aun uno; No hay quien entienda, No hay quien busque a Dios.  Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno. (Rom. 3.10-12)

 

Si lo que señala la Biblia respecto a la inhabilidad moral del hombre para reconciliarse por sí mismo con Dios es cierto, entonces es igualmente cierto que el hombre necesita un reconciliador. Este reconciliador no podía ser un ángel, ni tampoco un profeta, debía ser un hombre de carne y hueso, sin pecado, que pudiera apartar la ira, la culpa y el castigo que nuestros pecados merecen, actuando como sustituto de los hombres frente a Dios. Pero, aquel que venía a salvar a los hombres, no podía ser cualquier hombre, sino que debía ser Dios mismo, porque Dios es celoso y no comparte su gloria con nadie. Las escrituras son claras al señalar que el oficio salvador es sólo del Señor. (Sal. 3:8; Jon. 2:9; Is. 33:22).

 

En la historia de la humanidad hay sólo un hombre que cumple el perfil y las exigencias para reconciliar al hombre: Jesucristo el Hijo de Dios. El es verdadero Dios y verdadero hombre, tan real es su humanidad como su deidad. El escritor de Juan dice de Cristo: En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.  Este era en el principio con Dios. Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad. (Juan 1:1,2,14); …Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres (Fil. 2:5-7)

 

 

3.   Dios toma la iniciativa para reconciliarnos con Él: Sería iluso creer de alguna forma que la iniciativa de reconciliación proviene del hombre. Al respecto el apóstol Pablo escribe “No hay quien busque a Dios” (Rom. 3.11), esto muestra la corrupción moral y el deseo natural del hombre de ir contra la voluntad de Dios.

No obstante, las escrituras dicen lo siguiente: En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados (1 Juan 4:10). Este texto contiene las siguientes implicancias

a.      Fue su santo amor por el hombre perdido que permitió la reconciliación. Por amor Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, bajo la ley para redimir a los que estaban bajo la maldición de la ley. Cristo vino en estado de humillación, dejó voluntariamente su trono de gloria y descendió a lo vil, para rescatar a lo vil y hacer de ellos un pueblo para su gloria y alabanza.

b.     Dios envió a su Hijo y lo dio en propiciación por nuestros pecados, esto es el sacrificio cruento de un sustituto para satisfacer la justicia de Dios y aplacar su ira sobre nosotros. Esto no es igual que en la mitología griega donde los hombres comunes y corrientes hacían algo para aplacar la ira de los dioses. En el evangelio, Cristo quien es uno con el Padre, el Verbo encarnado, la imagen misma de la gloria de Dios, fue quien propició a Dios, satisfizo su justicia y removió la ira de Dios sobre nosotros y la llevó sobre su cuerpo, sufriendo él mismo nuestros pecados y nuestros yerros. El profeta Isaías dice que Él fue herido por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados, el castigo de nuestra paz fue sobre Él y por sus llagas fuimos curados. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual, por su camino, más Jehová cargó en Él, el pecado de todos nosotros.

El apóstol Pablo resume esta gran verdad de la siguiente forma: Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo…que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados. El mismo apóstol Pablo describe la reconciliación como uno de los resultados de la justificación: “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor JesucristoPorque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida. Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en Dios por el Señor nuestro Jesucristo, por quien hemos recibido ahora la reconciliación. (Rom. 5:1, 10-11); “Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo. Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación, aboliendo en su carne las enemistades, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz, y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades. (Ef. 2:13-16)

 

4.   SOMOS MINISTROS DE RECONCILIACIÓN.

La reconciliación recibida como resultado de la justificación (Es decir la declaración legal de Dios sobre nosotros quien nos declara justos, no en base a nuestros méritos, sino en los méritos de Cristo) hace que por medio de la gracia de Dios, proclamemos el glorioso Evangelio de nuestro Salvador Jesucristo.

 

El apóstol Pablo dice en la 2da. Carta a los hermanos de Corinto:

“Por tanto, conociendo el temor del Señor, persuadimos a los hombres, pero a Dios somos manifiestos... Pues el amor de Cristo nos apremia, habiendo llegado a esta conclusión: que Uno murió por todos, y por consiguiente, todos murieron. Y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para Aquel que murió y resucitó por ellos y todo esto procede de Dios, quien nos reconcilió con Él mismo por medio de Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; es decir, que Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo con Él mismo, no tomando en cuenta a los hombres sus transgresiones, y nos ha encomendado a nosotros la palabra de la reconciliación.  Por tanto, somos embajadores de Cristo, como si Dios rogara por medio de nosotros, en nombre de Cristo les rogamos: ¡Reconcíliense con Dios! Al que no conoció pecado, lo hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él.

 

Como parte del pueblo redimido, tenemos el enorme privilegio de ser embajadores de Cristo, no para promover ideologías, ni filosofías huecas, ni pensamientos humanos; somos llamados a predicar el Evangelio para que los hombres puedan reconciliarse con Dios, para que puedan disfrutar de una nueva vida en Cristo, para que sus pecados sean borrados y el Espíritu Santo haga morada en ellos.

 

Es una muestra de gracia inmerecida, el hecho que Dios haya llamado a hombres viles y miserables para ser portadores del mensaje más poderoso y glorioso de este universo, ser ministros de reconciliación.